Opinión Nacional

Por una curaduría de la identidad (O por qué no me he metido en facebook)

El problema estaba ahí, durmiente, desde un principio. Él tenía mi nombre. O viceversa, yo tenía el de él. Mejor: ambos nos llamábamos Alberto. Pero él era Barrera. Yo era Rodríguez. Aunque yo, cuando él era sólo Barrera, era Rodríguez Barrera. Esto confundía mucho a la gente, que subconscientemente me eliminaban el Rodríguez, lo cual nos hacía a los dos Alberto Barrera. Ayudaba a la confusión el hecho de que los dos, desde temprano, seguíamos el oficio de escribidores; inclusive, cuando yo había dejado de escribir teleculebrones, él comenzó a hacerlo.

Y entonces mi sobrino, Alfredo Sánchez Rodríguez, que entendía el dilema porque era hijo de Sánchez Luna y tuvo que descifrar el misterio de que su papá era Alfredo Sadel, se esmeró entre los lindos culitos de Playa El Agua para arrejuntarnos y presentarnos; descubrí que el otro Alberto era algo pelirrojo y con anteojos, siendo yo entonces pelinegro con 20/20 de achinada visión. Ambos, Barrera y Rodríguez Barrera, aclaramos las cuitas de la confusión ajena, reafirmándonos en el hecho de que los dos no éramos uno, ni el mismo, cosa que nos habilitó para que yo siguiera siendo Alberto Rodríguez Barrera y él comenzara a seguir siendo Alberto Barrera Tyzca. (Pese a ello, cuando hoy coincidimos en Internet escribiendo en un mismo sitio, los duendes cibernéticos persisten en la confusión, ahora digital, y ahí donde firma Alberto Barrera Tyzca colocan a veces la fotografía de Alberto Rodríguez Barrera, y viceversa, o se recurre a descartar la marca registrada de alguno de los apellidos.)

Pero no todos los episodios de intercambios de identidad son así de divertidos o ingenuos. Porque la temática de identidad en línea está cambiando y lo que entendemos por privacidad ya no es lo mismo y requiere de más transparencia y control personal sobre los contenidos generados por los usuarios. Antes, la cosa era mantener nuestra data en secreto. Ahora tenemos que asegurarnos de que no la mezclen con la de otro, la controlen y la rieguen por la Web como si fuera un producto en venta. Y más cuando esto permite que otro asuma el nombre y la data completa para motivos ajenos a nuestra identidad trampeada.

Esto implica la necesidad de administrar nuestra data y hacerle la curaduría pertinente. Porque tu presencia en el Webeo de Internet está siendo cada vez más objeto de distribución con objetivos comerciales. Ya tu data no es sólo tuya: pasa a pertenecer al mercader que te vendió el horrendo camisón rojo talla 12 que tanto te gustó ayer y que hoy detestas, y pertenece también al fotógrafo que tomó tu foto en la playa, y a Susanita que por ahí dice cosas de tí, y también pertenece a quien quiera ser tu amigo… Todo lo cual se compra y se vende en paquetes de inocencia o ingenuidad.

¿Debería tener yo el derecho a controlar lo que otra persona diga de mí? Si soy un fanático del Magallanes, y tú les has dado permiso a algún vendedor para que me encuentre y me meta por los ojos toda la parafernalia del Caracas, ¿no debería yo tener algún control sobre el hecho que tú puedas ver publicidad del Magallanes cuando visites mi página Facebook? Si alguna otra persona utiliza mi nombre para hacer algo vergonzante, ¿cómo puedo mantener mi identidad aparte o a salvo? ¿Quieres, por ejemplo, que cada quien tenga algún tipo de identidad única, o eso es algo que te aterroriza?

Esas preguntas reflejan la nueva dimensión de la identidad: la habilidad o inhabilidad o inhabilitación del usuario para controlar su propia presentación. La dificultad para hacer esto se intensifica a medida que los publicistas y los dueños de websitios tratan de hacer dinero del contenido generado por el usuario.

Los derechos conjuntos -en este caso, aquellos del individuo y del dueño de la plataforma para la información o la presentación- llevan invariablemente a tensiones, trueques y conflicto. Los principios generales sobre cómo acomodar a ambos dueños es algo que puede ser útil, pero los individuos tienen diferentes intereses y sensibilidades. Satisfacerlos requiere de contratos, idealmente en la forma de permisos y restricciones que pueden ser fácilmente establecidos.

En el transcurso del tiempo, los vendedores y los usuarios, conjuntamente, desarrollarán las herramientas y prácticas para tratar estas cuestiones. Pero las actuales políticas de «privacidad» en websitios no son suficientes. Todas están llenas de abstracciones, eufemismos y generalidades, tales como: «Nosotros podríamos, en cualquier momento del tiempo, proveer cierta información Especificada para seleccionar los Socios de Mercadeo…»

¿Porqué no poner en lista la misma información específica que le está siendo vendida a esos «socios de mercadeo»: nombre del usuario, dirección, historia de créditos, comportamiento de compras, y demás? ¿Y luego la lista, digamos, de los primeros 10 socios de mercadeo, y la lista total que pueda investigarse en demanda? ¿O permitirle al usuario decidir qué publicidades pueden patrocinar su presencia en el sitio? Todas estas opciones permitiría a los usuarios hacer informadas elecciones.

Hasta donde yo sé, Alberto, sea Rodríguez Barrera o Barrera Tyzca, o Barrera sin Tyzca y Rodríguez sin Barrera, es el que es, no el que no es. Y los dobles para las escenas difíciles están (o deberían estar) en otra película…

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