Opinión Nacional

Proyecto Mengele

Venezuela está sometida a una situación con pocos precedentes: un siniestro ensayo que se propone destruir, desintegrar («demoler» es la expresión favorita) deliberadamente la sociedad, sus instituciones, su economía, sin sustituirlas con nada, como quien arremete contra una cristalería para oír el ruido de los vidrios. Según los oscuros experimentos de Giordani, Mengele de la economía, como sólo los pobres apoyarán el socialismo, el Gobierno desindustrializa el país, crea desempleo, lesiona el comercio, intenta monopolizar la distribución de alimentos para que, la corte de los milagros, tengamos que pasar con nuestro tazón a recibir la sopa comunal.

El ministro y su patrón piensan que serán más poderosos mientras más damnificados, pobres, abandonados y dependientes sean los venezolanos. Si el sueño de los socialistas anteriores era la justicia social, el de éstos es la indigencia. El objetivo es africanizar, convertir al país en el Sambil de Candelaria, andrajos indefensos comiendo de la mano del Gobierno. Mengele arrojaba hombres y mujeres de alturas para fracturar sus columnas vertebrales y estudiar la resistencia frente al dolor extremo.

Deliberadamente a la pobreza

Cauterizan así con premeditación los factores de bienestar creados en los cuarenta formidables años de democracia y progreso. Dejan los ciudadanos en manos de la delincuencia para que vivan acosados. Atacan los elementos simbólicos de la identidad, la cultura, la autoestima. Producen lo que según las teorías del padre Sosa pertenecía a la Venezuela democrática: la anomia.

Eso buscan las confiscaciones, romperle el espinazo moral a la sociedad. No se conoce nada parecido. Otros exterminadores, Castro, Perón, Vargas desataron un incendio tratando de encender una fogata dentro de la mina. Querían hacer el bien por medio del mal. Éstos hacen el mal por medio del mal. Aquéllos querían poner fin a los techos de cartón y la miseria. Éstos quieren sumirnos en la miseria y los techos de cartón. Algo parecido intentó Pol Pot en Cambodia y pese al horrendo derramamiento de sangre, fracasó.

Los socialismos del siglo XX, -que también se desplomaron porque tenían el corazón podrido-, correspondían a una ingeniería social, a un «proyecto de sociedad» como se le conocía en la jerga. No eran un mero afán destructivo, pues para Marx el socialismo sería una «superación del capitalismo» no su hecatombe.

Él pensaba que ya la humanidad había creado las fuentes de la riqueza y se trataba de democratizarla, llevarla a todos. Marcuse un siglo después habló del «final de la utopía», ahora según él, perfectamente realizable por la infinita capacidad de producir riqueza de las altas tecnologías. Para los socialistas del siglo XX, había que rescatar «los medios de producción» y parecía tener lógica.

En la literatura latinoamericana novelistas y poetas soñaban con nacionalizar el cobre, el estaño, el caucho, el petróleo, del capital imperialista y ponerlo «en manos nacionales», para que la riqueza no migrara. Fidel Castro confiscó la industria azucarera, porque era una de las principales fuentes de divisas en Cuba. Se necesita una dosis para caballos de estupidez con maldad para expropiar cultivos de cebolla y fábricas de frascos, teniendo el petróleo.

El comunismo regresó

A Lenin lo prendió la parca cuando intentaba su propia Perestroika, devolver la producción privada al campo ruso después del fracaso del «comunismo de guerra», y Denxiao Ping la reimpuso en China a partir de 1976, luego de los desmanes de aquél otro lisiado moral, Mao.

En la desventurada Venezuela todas las «industrias básicas» son del Estado, comenzando por la que produce el 95% de los ingresos en divisas, más la siderúrgica, el aluminio, la electricidad, el subsuelo, lo que hubiera realizado el sueño leninista. No se trata de un proyecto político, por descabellado que pudiera ser, sino de una explosión de resentimiento y complejo de inferioridad, deseo de hacer daño a una porción determinada de la sociedad, porque son prósperos, de piel clara, estudiados, o lo que fuere.

Es el motín que toma el penal, y aplicado a un país, la operación política más desquiciada, malévola, inhumana y destructiva de la que tengamos noticia, en este continente rico en ellas. Es lo que pasa cuando una sociedad moderna cae en manos de la barbarie simple, plana, con el odio de un ejército de ocupación.

Parece incomprensible que apliquen lo que se desecha en Cuba pues «ni en Cuba sirve», país que realiza un terrible programa de ajustes que expulsará del empleo ficticio comunista a un millón de funcionarios, elimina los comedores populares y reduce las miserables pensiones. ¿Quién explica semejante pesadilla? ¿Cómo es que Giordani y su amo son más comunistas que los chinos, los vietnamitas y los Castro?

La tendencia que lleva escrita en la frente como Caín, es implotar. Ya estamos en varias ingobernabilidades, pues no puede llamarse distinto un país que naufraga económicamente después de recibir un millón de millones de dólares, ocho veces lo que la odiada democracia, ahora con la mayor inflación del mundo, una moneda envilecida mientras en el resto de Latinoamérica se revalúa, con las industrias básicas devastadas, particularmente la petrolera, insuperables problemas para generar corriente eléctrica. No tienen capacidad para responder ni siquiera en forma primaria a una catástrofe natural.

Un año para recordar

La conflictividad social arranca de los trabajadores y sindicatos chavistas y eso, como el segundo semestre de 2010, va a signar 2011. Mengele y su amo acarician la pistola con la bala de Polar y estudian el momento para disparar. Los frena que tres empresas, entre ellas la mencionada, manejan la distribución del 70% de los alimentos y que el 30% que el Gobierno coloca, sencillamente se pudre.

Pero parece inevitable que marchemos hacia la escasez y si expropian Polar, a Ruanda. Las fuerzas democráticas deben luchar contra el caos y el rescate de la gobernabilidad, aunque eso depende principalmente del Gobierno.

Los mandamases se sostienen en la mermada aunque considerable cuota de apoyo clientelar comprada con el ingreso fiscal. Los gastos son crecientes y se reduce la capacidad de pago, pero no olvidemos que quedan las reservas internacionales.

La tentación de patear el arpa es grande -pero si lo hacen, lejos de terminar sus problemas, comenzarían, en cuenta regresiva-, porque el andamio cuelga de la «legitimidad de origen» y de los elementos democráticos que quedan. Dos mil quinientas protestas este año son una extraordinaria válvula de escape, que si se cerrara…

No ha habido represión indiscriminada, ni detenciones masivas, y eso apuntala el andamio. Salvo el monstruoso caso de los policías, han sido hábiles en soltar presos, no torturar ni matar como constante. Eso implica que han logrado mantener en cintura sus grupos paramilitares, que es algo. No luce fácil que impidan las elecciones.

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