Opinión Nacional

¿Qué cosa es eso que llamamos el pueblo?

I.- La falsa democracia ateniense

Cuando Abraham Lincoln contempló el asolado campo de Gettysburg, definió la democracia por la que luchaba como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Si la democracia está tan vinculada con el pueblo, a la hora de pensarla y defenderla –como es el caso nuestro en Venezuela- podría ser interesante y útil preguntarse: ¿qué cosa es el pueblo?

Un buen número de constituciones abren su articulado con la frase ‘nosotros el pueblo’, pero ¿quiénes conforman ese conjunto que llamamos el pueblo? El significado que le demos a la condición de pertenencia a ese colectivo puede marcar la diferencia entre un fresco y transparente régimen democrático y un tenebroso régimen totalitario como el de Adolfo Hitler.

En la primera democracia conocida y documentada, la ateniense, el vocablo significa gobierno del démos, del pueblo. Pero: ¿forman parte del démos o del pueblo todos los individuos? En sentido estricto no. Los atenienses hacían una clara distinción entre los individuos con derechos políticos –los ciudadanos- y cualquier otro individuo que vivera en la ciudad: sólo eran miembros del démos los varones mayores de edad e hijos de atenienses por los cuatro costados. Es una diferenciación que de alguna manera se sigue manteniendo, ya que no todos los que viven en Venezuela tienen derechos políticos: los extranjeros son el ejemplo más visible, pero también hay casos de personas con derechos políticos incompletos, como los niños, los presos y los individuos gravemente discapacitados física o mentalmente.

Al llegar a la mayoría de edad, los niños adquirirán la ciudadanía completa, así como al salir de la prisión los internos recobrarán sus derechos plenos. Igualmente, quienes por grave enfermedad dependen de las decisiones de terceros sobre sus vidas (médicos, familiares cercanos) recobrarán plenamente la autonomía en el momento en que recuperen la salud. Y los extranjeros que se nacionalicen adquirirán derechos políticos casi plenos, excepto para optar a determinados cargos como ser Presidentes de la República o magistrados de la Corte Suprema.

Lo anterior nos sugiere que no es lo mismo ser habitante de un territorio, de un país, que ser un ciudadano del mismo, y que por eso no todos forman parte de ‘el pueblo’. Pero es bueno señalar que aunque un individuo no forme parte de un pueblo en el que vive, aunque no sea ciudadano y por ello no tenga derechos políticos, sí es sujeto de derechos humanos, que son universales, están por encima de las constituciones y le cobijan dondequiera se encuentre, en su país natal o en otro.

Las exclusiones señaladas arriba –menores de edad, extranjeros, etc.- nos siguen pareciendo normales, razonables: pero cuando la condición de pueblo entendida como ciudadanía nos es quitada por otras razones, es cuando se pasa de una democracia a una tiranía. Baste señalar que las mujeres no tenían derechos políticos en Atenas, que no los tenían al nacer la nación norteamericana con la constitución de 1787, y tampoco en Venezuela en 1811: entre nosotros adquirieron el derecho al voto con la Constituyente de 1947. Las mujeres no formaban parte del pueblo, aunque las dos Constituciones mencionadas arriba abren su articulado con la frase ‘Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos’ (1787) y ‘Nos, el pueblo de los Estados de Venezuela’ (1811).

La exclusión de más de la mitad de la población –estadísticamente las mujeres son mayoría porque el promedio de vida de los hombres es menor- es un acto de discriminación y exclusión que de entrada nos pone en alerta: la de Atenas no era una democracia como las poliarquías que entendemos hoy, y tampoco lo era la de USA en 1787. Añádase que en Atenas había mano de obra esclava –igual que en USA y Venezuela cuando emergieron como naciones- de manera que la ciudadanía, la condición de pueblo, estaba muy restringida.

2.- El pueblo como raza

Hitler homologó pueblo y ciudadanía con la raza: quien no era ario no pertenecía ni a la nación ni al pueblo alemán, y por ello tampoco tenía derecho a vivir dentro de su territorio. Por ello, al principio se impulsó el éxodo de los judíos y gitanos, luego se los aisló de la población aria en ghettos y finalmente se procedió a exterminarlos masivamente en campos de concentración. Además se le añadió a la condición aria un valor cualitativo adicional y atroz: era una raza superior. No fue un invento alemán: los mismos atenienses se sentían superiores a los pueblos y razas que no hablaban griego sino lenguas que sonaban como un ‘bar, bar’ (bárbaro). Mediante tal artilugio justificaban la esclavitud: si no eres griego no eres un hombre completo, y por eso puedo tomar tu vida o someterte a esclavitud. Esta ecuación fue repetida por los nazis: ¿estoy matando a un ser humano al meter a este judío en la cámara de gas? No, en realidad estoy eliminando a un sub-humano. Por ello, no sentían remordimientos ni culpa al ejecutar a centenares de personas en cada horneada.

La condición de pueblo entendida desde un punto de vista cualitativo es la más peligrosa, y no sólo en el caso griego o nazi: cuando se homologa pueblo con religión, surgen de inmediato los mismos peligros. Si no perteneces a la religión musulmana, no eres un ser humano completo, porque eres un infiel. Ello justifica –en la retorcida mentalidad de los mártires islámicos- que lancen dos aviones repletos de pasajeros contra las Torres Gemelas en Nueva York o que pulvericen la estación de Atocha matando no exactamente a miles de seres humanos, personas o pueblo, sino exterminando a miles de infieles que no valen la pena a los ojos de Alá.

Los talibán no le otorgaban derechos a las mujeres, y tampoco a quienes no formaran parte de su secta, de su denominación. Era lícito para ellos entonces eliminar a cualquier no talib por quíteme esta paja.

No se crea que es una ocurrencia exclusiva de ellos: incluso nuestra constitución de 1811 consagraba que la religión católica, apostólica y romana era la única verdadera, de manera que aquella carta magna no amparaba a los protestantes, musulmanes o judíos: podían contar con la exclusión o la muerte aun siendo inocentes.

En el caso de los musulmanes, su condición religiosa les otorga una ciudadanía universal: nazcan donde nazcan, vivan donde vivan, si son musulmanes pertenecen a un ‘pueblo’, a un colectivo, que para ellos está por encima de las constituciones: son hijos de Alá y creyentes en Mahoma. De allí lo conflictivo para USA de enviar soldados norteamericanos de religión musulmana a sus dos últimas guerras.

3.- Reyes es el pueblo

Una última diferenciación nos toca muy de cerca, y es la que origina esta breve reflexión: ¿qué cosa es el pueblo de Venezuela?1 Imaginemos por un momento que Reyes es Presidente de la República, y que en un discurso ante la ONU argumenta: ‘Yo estoy aquí en representación del pueblo de Venezuela, que me ha re-elegido en los comicios de diciembre del año pasado.’ En este caso, Reyes sugiere tácitamente que el pueblo de Venezuela está integrado por todos los que votaron en las elecciones, es decir, la condición de pueblo es igual a la condición de ciudadano: visto así el asunto, nos parece normal este modo de pertenencia o no pertenencia al conjunto ‘pueblo’, porque se trata de una legítima condición política, no racial ni religiosa. Pero en su siguiente programa dominical ‘Habla el Presidente’, Reyes espeta con burla: ‘Es que estos malditos oligarcas no entienden que con Reyes gobierna el pueblo’. Esta es una acepción de ‘pueblo’ muy diferente a todas las anteriores, y sumamente molesta. Se trata de una discriminación socio-económica: en principio, sólo los pobres son pueblo. Luego vendrá otra más tenebrosa, que veremos más adelante.

Giorgio Agamben –con su sapiencia de filósofo del derecho- nos recuerda en su artículo ¿Qué cosa es el pueblo? que los romanos, en aquella lengua latina tan plena de lógica y de matices, usaban dos palabras para diferenciar dos tipos de pueblo. El pueblo entendido como la totalidad de los ciudadanos era el populus romanorum, cuyo poder soberano descansaba en el senado, los consulados y demás instituciones políticas. Pero para el pueblo entendido como los pobres usaban plebs, y éste tenía una institución especial de representación, los tribunos electos por la plebe, que tenían derecho a voz pero no a voto, y podían exponer y exigir ante el senado en nombre de los intereses de sus representados. Nombres claros y distintos ayudan a conservar la paz.

Fueron los franceses –cuándo no- quienes pervirtieron la palabra pueblo durante su desastrosa revolución. Si la convocatoria a los Estados Generales entendía aún que el pueblo de Francia eran todos los ciudadanos y sus gremios, ya para la época del terror el concepto de pueblo se había homologado con el de pobreza, convirtiendo así la pertenencia a tan venerado colectivo en lo que Hannah Arendt en Sobre la revolución llama ‘la cuestión social’. Sólo los pobres son el pueblo verdadero, porque han sufrido, han sido humillados y han sido robados por los ricos. Marx hereda esta acepción de pueblo verdadero=pobres: de allí deduce que el proletariado tiene todo el derecho a borrar de la faz de la tierra a quien no tenga la buena ¿o mala? suerte de nacer pobre.

La primera revolución moderna –y la menos entendida, estudiada y reconocida en sus profundas implicaciones políticas- fue la norteamericana, y no se ocupaba precisamente de la cuestión social, no trataba de remediar la miseria, justamente porque ocurrió en una nación donde ciertamente había pobres, pero donde la gran mayoría eran granjeros clase media propietarios, una nación que no conocía las espantosas hambrunas de la Europa de Los Miserables de Víctor Hugo, ni los ejércitos de mendigos del Londres Charles Dickens. La revolución norteamericana se hizo para lograr la libertad, mientras que la francesa fue concebida para acabar con la pobreza. En vez de crear primero la riqueza para luego repartirla y que así no hubiera miseria como fue el caso de USA, los franceses simplemente inventaron la guillotina para acabar con los nobles y los ricos, creyendo que así el pueblo podría al fin comer y vivir dignamente. Los norteamericanos aplicaron una solución económica: los franceses preludiaron el totalitarismo de Hitler y Stalin.

De este infausto jacobinismo proviene el uso perverso y doble que Reyes hace de la palabra ‘pueblo’. Dependiendo de la ocasión y del lugar, Reyes habla del pueblo entendido como todos los ciudadanos: cuando se va de gira -que es a cada momento- usa la palabra pueblo entendida como el colectivo de todos los ciudadanos de la nación. Cuando pisa suelo patrio, pueblo son sólo los pobres, mientras que los oligarcas que se oponen a su revolución por ello mismo dejan de ser parte del ‘pueblo’ para caer en un limbo, en un estado de excepción permanente sobre sus cuerpos, porque se les pueden violar los derechos debido a su perversa condición.

Pero en una encuesta reciente Reyes descubrió que su popularidad bajaba, incluso entre los sectores más desposeídos que antes le apoyaron ampliamente. De manera que había pueblo=pobres que ya no estaban con él. Su solución fue abyecta y brillante: comenzó una campaña comunicacional con vallas, cuñas de televisión, radio, afiches, en las que aparecía con su camisa roja de siempre, abrazando a una ancianita con el eslogan ‘Reyes es el pueblo’.

¿Cuál es el resultado de esta última homologación, de esta última hipóstasis? Que si Reyes es el pueblo todo aquel que no esté con Reyes deja de formar parte del pueblo, es un traidor al pueblo al que le se puede encarcelar, golpear, exilar o dar de cadenazos y tiros en cualquier plaza cuando manifieste sus posiciones políticas opositoras.

Mi amigo Fernando Mires, de paso por Caracas, soltó en un foro en el Ateneo la frase de que en Venezuela realmente está gobernando el pueblo. Los presentes se quedaron atónitos. Fernando completó la idea: ‘Claro, pero ¿qué clase de pueblo han creado ustedes?’ Muchos sintieron algo de culpa, excepto, claro, este modesto servidor, que nació y creció pobre –siempre fue pueblo- pero que se graduó con esfuerzo en la universidad, llegando a ser ahora clase media, pero creyendo que no por eso ha perdido su condición de pueblo, ni por el hecho de ser ahora integrante del partido Un Nuevo Tiempo.

A muchos ciudadanos de la oposición les ocurre que cuando marchan o protestan, los afectos al actual proceso los insultan con frases del tipo ‘Ustedes no quieren al pueblo’. Si alguien le dice algo así a usted, en vez de pelear haga como Sócrates; comience a interrogar con voz suave y cordial ¿Y qué cosa es el pueblo? ¿Las políticas del gobierno no son todas para el pueblo? ¿La reconversión del bolívar no es para todos, para los pobres, para los ricos, para la clase media? Si el gobierno trabaja para el pueblo, entonces trabaja también para mí porque yo también voy a usar lochas, mediecitos y reales, de manera que yo como que también formo parte del pueblo, ¿no te parece?

Es decir, no le dé pena decir que usted también es parte del pueblo, no se deje atrapar en esa trampa cazabobos de que el pueblo son sólo los pobres o los que apoyan el actual proceso: deconstruya, hermano, que en cada ciudadano hay una cabeza pensante, aunque sea muy dura.

Devolver la categoría pueblo al espacio político–semántico ‘todos los ciudadanos’ es una recuperación democrática imprescindible. Es tiempo ya de que quienes nos ubicamos en el campo opositor y democrático comencemos a construir nuestro propio lenguaje político, nuestro nuevo registro: mientras sigamos hablando el que nos han impuesto desde hace ocho años tenemos pocas posibilidades de recobrar las libertades que cada día menguan más en este amado terruño.

* Coordinador Académico del Centro de Formación Política y Ciudadana de Un Nuevo Tiempo.

NOTA
1.-Debo mi acercamiento a la obra de Giorgio Agamben a la profesora Carmen Alicia Di Pasquale, quien me puso en contacto con textos como Homo Sacer y Estado de Excepción, los cuales leímos en la cátedra de la profesora Sandra Pinardi en el post-grado de filosofía de la Universidad Simón Bolívar en Caracas. Di Pasquale incluso se tomó el trabajo de traducir el artículo ¿Qué cosa es el pueblo? del original italiano y de enviárnoslo, por lo cual expreso mis agradecimientos públicamente.

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