Opinión Nacional

¿Quién le tiene miedo a los patiquines?

Parafraseando el refrán de aquella edificante cancioncita de los tres cochinitos de Walt Disney, el gran dramaturgo inglés Edward Albee escribió un drama estremecedor, llevado a la pantalla con un guión de Ernest Lehman por Mike Nichols en 1966 bajo el título de “¿Quién le tiene miedo a Virginia Wolf?”, teniendo de protagonistas a ese par de monstruos de la cinematografía de los años cincuenta y sesenta, Liz Taylor y Richard Burton. Era, entre muchas otras lecturas posibles, una bofetada a la gazmoñería cursilona de las buenas conciencias femeninas americanas, personificada por una joven y estúpida esposa norteamericana, representada de manera extraordinaria por Sandy Dennis. Ella y la Taylor, en la película extremos opuestos de la feminidad, obtuvieron el Oscar a las mejores actrices por el filme. Se lo merecieron.

La película me viene a la memoria leyendo la columna de nuestra buena amiga Maripili Hernández y su emocionado pladoyer contra los “patiquines” que – Maripili dixit – incitan a la violencia. Sin arriesgar por cierto – podrían ser sus palabras – ni una mancha en sus bien cortados trajes. Pues un patiquín, según refiere el Diccionario de Venezolanismos, es un “joven de la ciudad, presumido en el vestir y en los modales, a quien no le gusta trabajar”. Por mera oposición, podría uno pensar que nuestra dulce Maripili, prefiere a los hombres rudos, mal vestidos, “pata’en el suelo”, de esos de hablar ruin y soez que suelen llamar a medianoche a sus mujeres “para darles lo suyo” – así las dejen insatisfechas – luego de haberse explayado sobre el peso y la entidad de sus “cojones”.

No sabe la pobre Maripili en qué camisón se mete por acusar de patiquines a Antonio Ledesma y a Julio Borges. Si se hubiera asomado a la historia de Venezuela de la mano de algo más enjundioso que con los panfletos del MBR-200, hubiera aprendido que el primer prócer venezolano acusado de patiquín – término que sólo existe en nuestro país y en ningún otro de la América hispana – fue el mismísimo Bolívar, acusado y menospreciado de tal por las tropas de Páez: “En la guerra de la emancipación” – nos cuenta Ángel Rosenblat – marcharon por primera vez juntos, no sin graves conflictos iniciales, el patiquín y el pata en el suelo. Para los llaneros de Páez, Bolívar era un patiquín. Un patiquín que terminó por llevarlos detrás de él por los caminos más escarpados de América”. Siguiendo el modelo recogido por Rosenblat, podríamos imaginarnos de Maripili lo que “Hilario Guanipa, el rudo protagonista de La Trepadora, dice de su hija, en la que cifra todas sus ambiciones: ‘A ésa no la estoy alimentando yo para que se la lleve un patiquincito de Caracas’”. Así ésta le haya salido más bien patiquina ella misma.

El asunto es largo y sirve, en el caso de Rosenblat, para cinco páginas de letra densa y menuda que penetra hasta en la médula de la sociología venezolana. De entre lo que resalta esa división profunda, raigal y terrible que fue la división del país entre patiquines y pata en el suelo. Dicho en términos actuales: entre la modernidad y la regresión. A la que sirve con tanto gusto una dama de nuestra mejor sociedad – si a ver modales vamos – como Maripili Hernández. ¿No estaremos ante esa extraña fascinación de la delicadeza hacia la ruindad, de la exquisitez hacia la inmundicia de la que se habla en Occidente desde el Prólogo a la Fenomenología del Espíritu, el que recuerda la dialéctica del Señor y el vasallo?

Buscar y encontrar patiquines, algunos de ellos tan ambiguos que causan sonrojo, entre las filas de los defendidos por Maripili – no pocos de ellos en el mero entorno y ocupando espacios ministeriales – no es tarea imposible. Como encontrar pata en el suelo en las filas de la oposición. En este último caso, para honda preocupación de damiselas chavistas como nuestra dulce enemiga, marchan juntos, como en los tiempos emancipadores. Y amenazan con aplastar para siempre a quienes exhiben los modales del patán prostibulario que parece provocar respeto en quien detesta a los patiquines.

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