Opinión Nacional

Rebelde moderno

“El revolucionario es el que quiere cambiarlo todo menos a sí mismo.”

– Vittorio Messor

Temblé. No te miento, desde el pulgar del pie derecho hasta el último de mis rizos. Te veías tan seguro de ti mismo que en el fondo, más que miedo, sentí envidia. Y cómo no sentirla. Eres único. Diferente. La originalidad personificada. La rebeldía hecha hombre. Nunca imaginé que ser un mamarracho podía ser tan sensual. Y no te hago mofa, hablo en serio. Eres guapo. Tu mirada de cachorro así lo confirma. Turbas hasta el último de mis sentidos con el contraste de tus ojitos suplicantes con las rudísimas arracadas y tatuajes que llevas en el cuerpo. Antes de seguir, tengo que preguntártelo: ¿En que estética compras tu shampoo y acondicionador? Mi hermana (que es modelo), por más que intenta que su cabellera brille como la de sus colegas famosas de los comerciales de Pantene, no lo logra. Tú, en cambio, refulges como si en la cabeza llevaras un millón de estrellas. Tu cabello, pese a aparentar que un huracán pasó sobre él, luce genial, como si el furibundo meteoro de manera deliberada lo hubiera peinado de forma escrupulosa, sistemática y milimétrica para darte un aire atrevido pero al mismo tiempo desaliñado, como quien se levanta por la mañana y sale a la calle sin detenerse a contemplar su apariencia frente al espejo.  

De ideologías ni hablamos. A un kilómetro de distancia se nota que eres radical. Nacionalista. Idealista. Demócrata. Anarquista. Globalifóbico. Y también de izquierda. Llevas enfundada la camisa con la fotografía del Che Guevara. Conoces su vida al derecho y al revés, tanto como tu cerebro pudo digerirla en dos horas frente a una pantalla de cine mientras Gael García intentaba impostar su mejor acento chilangoargentino. Aseguras ser comunista. Te indigna cómo se ha comercializado el mundo. Te sientes traicionado. Incluso Avril Lavigne (tu secreta heroína), que era la máxima exponente de la rebeldía moderna, ahora baila coreografías. Ya no hay dignidad. Estás furioso. La manera de expresar tu rabia es colgarte unos lentes oscuros en el cuello de la camisa y llenar tus antebrazos con pulseras de cuero y banditas multicolores. Todos tus pantalones están rotos en protesta al consumismo, aunque los hayas comprado rotos de fábrica. Desprecias al capitalismo. Odias a los Estados Unidos. Tienes la certeza de todo y por eso eres un ferviente admirador de Cuba y de la China comunista. Fidel Castro es el único Dios al que rindes tributo. Para ti el mundo es una mierda. Y lo es tanto que merecemos morir. Si en tus manos estuviera oprimir el botón del fin del mundo (que aseguras está en la Casa Blanca), lo oprimirías sin chistar. No merecemos vivir. Somos bestias. Animales. Tantas guerras, tantos siglos y siglos de vida humana y de historia no han valido la pena en absoluto. Estamos como en la época de las cavernas. Tus argumentos son totalmente convincentes y tu percepción de la vida es única y absoluta, y por eso nos asombra tu sentido común y sapiencia infinita. A veces me sorprende que nadie te haya postulado como gobernador, presidente de tu país o incluso de la ONU. Pero claro, nos recuerdas que no crees en las instituciones. Que hay que ser trasgresor. Un irreverente. Mandar al diablo todo. A la Iglesia (sólo mencionas a la Iglesia católica, pero sospecho que te refieres a todas las religiones del mundo), al gobierno, a los políticos, y a toda institución educativa.

Por eso, te digo y te repito, nos matas de miedo a nosotros los imperialistas cuando caminas por las calles con tu rostro adusto y tu inagotable repertorio de mohines. Ojalá algún día todos lleguemos a ser como tú. Un ser que busca la igualdad. Que todos seamos idénticos. Igualitos a ti. Vivamos en tu mundo. Creamos en lo que tú crees, claro, si es que crees en algo. Nos vistamos como unos pordioseros para estar al último alarido de la moda, porque si no lo habías notado, toda la ropa que vistes es de marca. Escuchemos tu música. Leamos tus libros. Nos alimentemos de tu odio hacia el mundo y cualquier tipo de regla o ley impuesta por las instituciones. Seamos trasgresores, irreverentes y rebeldes como tú. En verdad, ese sería el mundo perfecto. No existiría la envidia. No pulularían los payasos que sueñan con salir en telenovelas y en revistas de cotilleo. Nadie soñaría despierto con ganar el Oscar, el premio Nóbel o ser una estrella de rock. Ni uno sólo de nosotros tendría alguna aspiración en la vida más que ser como tú. Un rebelde. Un rebelde moderno. 

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