Opinión Nacional

¿Recuerdan a Edgard Sanabria?

La pregunta la hizo Beatriz Morrison. Aunque dedicada a las finanzas en una empresa privada, todos sabíamos de sus extensos conocimientos sobre la política venezolana, especialmente en lo relativo a nuestros vecinos. De ahí que Tomás Ibarra, el abogado, decidiera integrarla en la Tertulia. Ante la pregunta, nos quedamos atónitos todos. Claro que recordábamos al altivo profesor de derecho que, en un momento por demás difícil, había asumido la Presidencia de la Junta de Gobierno, luego que el almirante Wolfgang Larrazábal Ugueto, en gesto que lo ennobleció, había renunciado para postularse como candidato a Presidente de la República en las elecciones de 1959. Sanabria no sólo había enfrentado numerosas tentativas de cuartelazos, sino también a las concesionarias petroleras, con tacto siempre, pero con firmeza y había conducido la nave del Estado a buen puerto.

–¿A qué viene eso? —le había respondido el otro empresario del grupo, el ingeniero Alfredo Kellerhof.

–Porque hay un runrún. A mí me dieron el dato ayer en la tarde.

–¿Querrás decir que hay ruido de sables? –le preguntó a su vez Ibarra.

–De eso yo no sé. Habría que preguntarle a Gustavo.

–El llamado «ruido de sables» es natural en la época anterior a los ascensos, pero del dicho al hecho, hay mucho trecho. —respondió el almirante Gustavo Tellería.

–No hay duda de que la política militar del Gobierno resulta problemática para una institución piramidal como la Fuerza Armada, –señaló Ibarra– pero montar una conspiración exitosa es sumamente difícil. Para muestra basta el botón del 4F. Llevaban diez años reuniéndose y planificando. Sin embargo, llegado el momento, fracasaron. Dicen que en toda confrontación militar, siempre deben tomarse en cuenta los imponderables. Y así fue. Un susurro de un conjurado a un superior leal resulta suficiente para que el Alto Mando tome medidas.

–Apoyo la moción. –dije yo–. Lo expresado por Ibarra es, más o menos, lo ocurrido el 4F, según me ha expresado Fernando. El problema fue que el general Rangel se limitó a tomar medidas parciales y no informó al Ministerio. Si lo hace, ni siquiera ocurre la intentona. También comparto con Gustavo lo de la época de ascensos. Esa ha sido mi experiencia, desde antes de 1945, cuando papá era aún oficial.

El deporte del presidente

–El problema –apuntó Beatriz–. Es que el presidente Hugo Chávez ha vuelto a su deporte favorito de pisar callos y para hacerlo se ha buscado nada menos que a Bill Clinton. Eso puede traer graves consecuencias.

-Muy cierto, Beatriz. –terció Ibarra–. Estar creyendo ese cuento decimonónico del pueblo soberano e independiente a estas alturas del desarrollo humano es para sentarse a reír o, mejor dicho, a llorar, pues puede traer muchas lágrimas. Hoy día debemos recordar que no hay Unión Soviética y que si Estados Unidos, por boca de su Secretario de Estado de entonces, Olney, si mal no recuerdo, expresó que en «América los Estados Unidos son soberanos y su palabra, ley» hoy día lo menos que deben sentirse es molestos con los «gestos» trasnochadamente izquierdosos del presidente Chávez y del canciller Rangel. ¿Adónde apuntan el retiro de las maniobras militares conjuntas con Estados Unidos, el acercamiento a los grupos subversivos de Colombia y Ecuador y, por encima de todo, la continuada referencia a Cuba como «el mar de la felicidad»?

–Concuerdo plenamente con Ibarra. –expresé yo–. Y si a eso le sumamos los callos pisados en el interior del país, vamos conformando un modelo, un patrón, que probablemente apunta hacia una autocracia en ciernes.

Hice una pausa, mientras sorbía un trago del famoso madeira, contribución de Kellerhof al grupo, que siempre traía algunas cajas de licores distintos en sus viajes al exterior en jet privado. Beatriz, al probarlo por primera vez esta tarde, había expresado que era digno de reyes. Todos, esta tarde, nos habíamos puesto de acuerdo en una torta de chocolate estilo Imperial vienesa y cada uno tenía frente a sí un pedazo inversamente proporcional a su grado de gula. El mío había desaparecido hacía rato.

El mando único

–Hace unos días –continué– estuve de visita donde el expresidente Velásquez. Entre muchas cosas hablamos del golpe que derrocó a Gallegos Pérez Jiménez tomaría el control del Ministerio de la Defensa y, a su vez, la Jefatura del Estado Mayor General, una institución centralizadora típicamente prusiana, que le permitió a Pérez Jiménez consolidar el poder en las Fuerzas Armadas, pues esa Jefatura llevaba implícita la unidad del mando. Se hablaba de cuatro Fuerzas: Ejército, Armada, Aviación y Guardia Nacional; en realidad se trataba de una sola Fuerza Armada, el Ejército, relegándose las otras a servicios de éste. Por eso fue tan fácil para Pérez Jiménez consolidar su poder. Basta saber si ahora con el fulano cambio éste de la Fuerza Armada no estén afilando cuchillo para su propio pescuezo, como dicen y dándole la gran oportunidad a alguno. ¿No habrá por ahí alguna lapa esperando que el cachicamo haga su trabajo? Claro que esto sería para después de la relegitimación, que, como saben, ya está prevista para el 30 de julio.

–El problema –apuntó Beatriz– es que una enorme porción de la opinión pública no está de acuerdo con la fecha ni mucho menos con la división de las elecciones. El problema es que unas elecciones conjuntas, unas megaelecciones pueden conducir nuevamente a una megatorta. Además de que hay intereses políticos de por medio. Buscan un mayor debilitamiento de Chávez, que lo puede producir un aumento mayor del desempleo. De ahí que no sea nada raro lo que les conté al principio, pues está clara la división en la Fuerza Armada, entre chavistas y aristas. Por eso mismo de la forzada unidad.

Con una sonrisa, se levantó. La cortesía nos obligó a hacer lo mismo.

–La conversación ha sido muy grata, –dijo Beatriz– pero yo tengo que irme. Nos vemos el próximo miércoles, Dios mediante.

(*) Diplomático y periodista;
Ex Embajador en Canadá y Austria

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