Opinión Nacional

Religión y política

La secularización de la política ha sido un reclamo de la modernidad desde las nefastas guerras de religión del siglo XVIII. La ilustración filosófica de Locke, Montesquieu, Hume, Rousseau, Kant, entre muchos otros, pusieron en claro que la libertad es la esencia de la religión.

Se tiene fe porque se está persuadido y convencido internamente, no porque ningún poder político lo impone.  Se rompe de esta manera la religión del (Estado, aquella que se práctica al amparo del poder de coacción civil y militar. De igual forma, las acciones políticas deben justificarse así mismas en razón de su conformidad con los derechos humanos, los principios y normas constitucionales, el  derecho internacional y la naturaleza de la forma de Estado convenido.

Por su misma naturaleza la acción política está siempre circunscrita a unos límites muy determinados y precisos. Los ciudadanos deben vigilar que las acciones de los gobernantes se ajusten a los principios de legitimidad de origen y de procedimiento que la sustentan y que son empíricamente verificables.

La naturaleza libre y democrática de las sociedades deseables refuerza lo anterior desde la dinámica permanente de participación de los ciudadanos en la vida pública. La acción del Estado y los gobernantes debe ser constantemente evaluada por la sociedad civil y contrastada con las aspiraciones del bien común.

Así pues, como las religiones y las iglesias deben ser libres del Estado para garantizar la libertad de los creyentes, así también la política debe ser una actividad no confesional, solo vinculada a los referentes que la comunidad política ha constituido y a la legitimidad democrática que sustenta sus prácticas.

En Venezuela, el gobierno desarrolla un proyecto socialista que adjetiva como cristiano. Tenemos un Presidente que en nombre del “verdadero cristianismo” (ajusté) fustiga el discurso y las acciones de la jerarquía de la Iglesia católica. El partido oficial, convoca a una oración por la salud del Presidente. Muchas misiones sociales han sido bautizadas con nombres de clara referencia a la religiosidad popular.

Si algo ha pretendido el chavismo es venderse como un proyecto político que hunde sus raíces en nuestras tradiciones míticas y en la religiosidad común del venezolano, esa en la que no hay contradicción entre profesarse católico y a la vez practicar la santería cubana, rezarle a María Lionza y al Dr. José Gregorio Hernández.  

Nuestro populismo se fortalece en la promoción religiosa de su principal líder y de su proyecto político y en la configuración de un partido que en sus manifestaciones televisivas se asemeja a una iglesia fundamentalista.

A los venezolanos nos conviene menos religión en la política y más trascendencia religiosa.

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