Opinión Nacional

Resumen de la Política en Venezuela

Sobre “Hacer política”.

Da la impresión de que algunos, o muchos, entienden que hacer política, en Venezuela, se reduce a la participación en procesos electorales. Otros parece que piensan que la política es una especie de urticaria y que produce alergia; para otros, la actividad política esta ligada a una cierta parafernalia o modo de actuar, muy particular de algunos políticos en su afán proselitista de buscar votos: Siempre parecer simpático y “asequible”, sonriendo como si conocieras de toda la vida a personas que jamas has visto, ataviado con “ropa cómoda”, poseído de un lenguaje “dicharachero” y con una batería de respuestas a cualquier pregunta que se presente, desde macroeconomía hasta la recolección de basura en escaleras y veredas del barrio, y por supuesto con las “promesas electorales” a flor de piel. ¿Quién no desprecia semejante actitud?.

Por el contrario, hay quienes creemos que la política, ya desde los antiguos griegos, y en especial para Aristóteles, está en el origen de la sociedad humana, en la propia naturaleza del hombre, que como ser naturalmente sociable, no puede pretender a la felicidad hallándose aislado. La política es la actividad del ciudadano, y para este griego que vivió 300 años antes de Cristo, el ejercicio del poder era algo reservado a los ciudadanos más rectos y de conducta más irreprochable. Desde Aristóteles mucha tinta se ha vertido sobre el tema, mucho agua ha corrido bajo los puentes, y mucho licor se ha consumido alrededor de este tema. (Una de las cosas que yo le agradezco a este proceso es que me ha permitido reencontrarme con algunos viejos textos de mi profesión de politologo.). Hacer política es plantearse el tema del poder y como conquistarlo… incluso, mediante la vía electoral.

La interpretación de la política, de cualquier persona, es obviamente un producto de su historia personal. Ingrese a la escuela de Psicología de la UCV en 1968, y simultáneamente en la UCAB, a estudiar Teología, y por aquello de que todo lo que empieza en mística, termina en política, termine estudiando y graduándome de Politologo, en la UCV.

De allí que creo que mi generación es producto de una triple crisis: la del Movimiento Estudiantil, que degenero en el Poder Joven; la de los movimientos juveniles de la Iglesia Católica Post Conciliar, que tuvo su máxima expresión en la Toma de la Iglesia Santa Teresa en 1979; y la del Marxismo, que se hizo evidente con la invasión soviética de Checoslovaquia y concluyo con el desmoronamiento mundial del Socialismo, después de la caída del Muro de Berlín.

De ese mezcla viene esa propensión a evaluar los movimientos políticos por las características personales de sus actores y las de estos, por el contenido ético de su actuación política. En este contexto, inserto mi evaluación de la política, de la conducta de los dirigentes políticos y de nuestros partidos mismos.

La crítica a la política.

Lo peor del llamado “puntofijismo” es su legado: La “mentalidad puntofijista”; y eso no es exclusivo de los llamados “partidos del estatus”, pues ya vemos que las decisiones “cupulares” y la “dedocracia” pululan también en las filas gubernamentales, y algunos de sus voceros hasta han ido pasando, sin ningún recato, de un concepto de democracia participativa o radical, a una especie de “democracia dirigida”, donde lo malo no es hacer ciertas cosas, sino que las hicieran adecos y copeyanos:

– Usar los recursos del Estado (dinero, espacios en los medios, aviones, automoviles, etc,) para las campañas políticas no es corrupción; corrupción era cuando lo hacían adecos y copeyanos.

– Designar en “cogollitos” con el Presidente de la República los candidatos a presentar al electorado, decidir “cupularmente” la composición de los órganos deliberantes y luego designar a dedo los altos funcionarios del Estado, no es antidemocrático; antidemocrático era cuando lo hacían las “cúpulas corruptas” de los pasados 40 años.

– Utilizar los organismos represores del estado para “visitar” ciudadanos, “grabar sermones” o utilizar el arma de reglamento para revisar la dentadura de un técnico extranjero, es una actividad normal; e igualmente utilizar al ejercito para reprimir saqueadores en Vargas era defender al pueblo contra los desmanes de los desadaptados antisociales; hacerlo durante los sucesos que siguieron al 27 F era un acto desalmado que ameritaba un golpe de estado.

– Pedir a los organismos defensores de los derechos humanos que presenten nombres y pruebas concretas ahora, es normal y lógico; pero creer y defender apasionadamente esos mismos organismos e informes sobre violación de derechos humanos durante los gobiernos puntofijistas era un acto heroico y valiente.

– Chantajear a la prensa escrita, amenazándola con no otorgarles dólares para adquirir papel durante el periodo de Recadi era un acto deleznable; pero forzar a un periódico a que cambie a un Director molesto, presionar para que se cierre un programa de televisión molesto, o utilizar la fuerza del Jefe del Estado para “obtener entrevistas” es “libertad de empresa”.

– Amenazar periodistas, visitándolos con cuerpos represores del estado para que rebelen sus fuentes de información, era un atetado contra la libertad de expresión; pero hacerlo ahora, es un acto responsable en pro de la “información veraz” para evitar la subjetividad y el negativismo.

– Manipular cifras sobre económicas para presentar resultados, era una practica repugnante de la democracia corrupta de los últimos 40 años, pero hacerlo ahora en cadena de radio y televisión para presentar los resultados de la labor del Gobierno durante una campaña electoral, es una practica “bolivariana”.

– Acomodar a los “compañeritos” del partido en cargos de Gobierno, era una practica despreciable, propia de la corrupción “puntofijista” , pero aplicar ahora el mismo criterio de “quítate tu pa’ poneme yo” es luchar contra la corrupción.

– Que muchos de los aspectos contemplados en la Constitución de 1961 no se cumplieran era algo bochornoso, que llevo a la necesidad de modificarla; pero violar intrauterinamente la de 1999 es una mera “confusión”, producto de la época revolucionaria de “transición” en que vivimos.

Y así pudiéramos seguir, en una copiosa enumeración de hechos y actos, de conductas políticas, censurables cuando provenían de AD y Copei y de las “cúpulas podridas” de los 40 años de oprobio, pero que ahora son actos revolucionarios, o en todo caso, un “residuo”, una consecuencia, de la “corrupción” o ese “estado de cosas” que quedaron después de 40 años de ignominia y que no desaparecen de inmediato.

Por eso es tan importante formar los lideres con un sentido ético y crear partidos alejados de practicas poco trasparentes y poco democráticas, o que favorezcan conductas proselitistas, como las que señala o denuncia algunas personas, y que son comunes en nuestro quehacer partidista. (…besar viejitas, cargar niños orinados, beber café en pocillo roto, sudar como un estibador… )

La crítica a la Sociedad Civil.

Del puntofijismo quedan varias “viudas”, es verdad, y algunos hijos, “cimarrones”, todavía sueltos, que nutren las filas del sector gubernamental. Esta conducta no es de extrañar. La literatura sobre los movimientos de masa nos enseña que

1) los movimientos de masas y los partidos policlasistas captan a sus seguidores de entre los mismos tipos humanos y de una personalidad determinada;
2) al ser competitivos, cuando uno atrae muchos miembros, es en detrimento de los otros; y
3) pareciera ser que los movimientos de masas son intercambiables y pueden transformarse en otro cualquiera.

De allí que siempre se ha dicho que “el pueblo siempre juega a ganador”. La dirigencia a veces es algo distinta. Si tiene contenido doctrinario sólido (socialdemócrata, socialcristiana o socialista), posiblemente deambulara por allí sin rumbo fijo, hasta conseguir un nuevo asidero doctrinario. Pero, si ha sucumbido al pragmatismo cínico o a la corrupción, lo veremos haciendo piruetas, para ubicarse de manera oportunista.

En la contienda electoral, cuyo desenlace se aproxima, participan obviamente el polo gubernamental, los partidos tradicionales y algunos grupos que se han venido preparando y creen llegado su momento para llenar algunos vacíos. Así, no nos sorprende que en torno al “frente democrático”, y la candidatura de Arias Cardenas, además de muchos que legítimamente aspiran a fundar una nueva democracia, se congregan agazapados algunos “sobrevivientes” de los partidos tradicionales. Me parece perfectamente legitima, entonces, la posición de quienes dijeron, “…yo quiero hacer política, pero me niego a participar en esta próxima contienda electoral con las condiciones que nos están ofreciendo….”

Pero lo que más me sorprende en este proceso no son los intentos de algunos “oportunistas”, “viudas” o sobrevivientes directos de los partidos tradicionales, de buscar algún “portaaviones” o “pequeña fragata” que les garantice una cuota de poder. (A fin de cuentas, todos merecen la oportunidad de demostrar que han cambiado); lo que más me sorprenda es la actitud asumida por algunas personas, en contra de la llamada “sociedad civil” y en contra de algunos nuevos lideres surgidos al calor de este proceso.

Resulta que ahora invocar la actividad política desde la “sociedad civil” es una mala palabra; aspirar a una conducta política diferente es una mojigatería pseudo cristiana, propia de las beatas de las caricaturas de Zapata. “… llegó la hora de la política. Es decir: de los políticos…” proclaman, y acto seguido pareciera que sugieren que lo políticamente digno e imitable es … ser como éramos antes. Es más, como bien lo caracterizará Ibsen Martínez hace ya algún tiempo en su polémica con Carrera Damas: «Todo intelectual que haya descubierto la política doméstica y contingente después del 8 de noviembre del 98, fecha del sálvese quien pueda, es sospechoso de ser un damnificado de la Cuarta República» . Es decir, para hacer política, hasta pedigrí tienes que tener; solo si fuiste alguna vez adeco, copeyano, comunista o del ala “luminosa” del Medinismo, tienes derecho a participar en las elecciones, desde ahora y hasta el fin de los siglos.

Bajo este esquema, todo esfuerzo por formar ciudadanos esta irremisiblemente condenado al fracaso, pues hacer política es hacer lo que hacían los tradicionales dirigentes adecos, copeyanos, y de izquierda, – los “corruptos” claro – y sus legítimos herederos, del polo patriótico.

¿Son necesarios los partidos?

La respuesta a esa pregunta es clara: Si, sin duda; pero no los que conocemos, o como los conocemos. Desde hace varios años, y en especial desde el triunfo de Caldera en 1993, se han ido derrumbado varios mitos con relación a los partidos políticos en Venezuela. Veamos, solo algunos, como ejemplo:

– El primer Gobierno de Caldera se encargo de acabar con el mito de la tecnocracia copeyana; el “maletinazo” del Radio City, que propulso la candidatura de Lorenzo Fernández contra la de Luis Herrera en 1973, no se diferencio en nada de la forma en que perdió las “primarias” el maestro Prieto Figueroa en 1967 con Gonzalo Barrios.

– El Gobierno de Luis Herrera, a partir de 1978 nos demostró hasta la saciedad de que en todas partes se cuecen habas y que lo que más se parece a un adeco, además de otro adeco, es un copeyano herrerista. (por cierto, entre los ministros del primer gabinete Herrerista figuraba el hoy exconstituyentista, y Juez de Jueces, Manuel Quijada).

– El silencio de AD, durante los desmanes del Gobierno de Lusinchi, fue toda una sinfonía de la complicidad partidista y de la claudicación a principios doctrinarios. Así como la falta de apoyo o saboteo del partido blanco a las políticas de Pérez, durante su segunda Presidencia.

– La derrota de Caldera por su delfín Eduardo, en 1988, y la posición de “pasar a la reserva” del viejo líder, acabo con el mito de la “lealtad doctrinaria” como algo que esta por encima de las apetencias personales; la disolución del mito fue confirmada años más tarde, otra vez por el Viejo Líder, cuando se lanza contra el candidato del partido doctrinario que había fundado decenas de años antes.

– La derrota de Eduardo Fernández en las “primarias internas” de Copei por su hermano delfín Alvarez Paz, nos demostró que también es un mito eso del “control del aparato” para asegurarse el control de un partido y ser su candidato.

– En este mismo contexto, el mito del “voto duro adeco”, de mas de un millón de militantes, o eso de que adeco es adeco hasta que se muere, hace rato que desapareció; o sino, que lo digan Alfaro Ucero o los candidatos adecos a la ANC o los “imperdibles” candidatos adecos a gobernadores en algunos estados, sobre todo orientales o llaneros. Pareciera que ese “voto duro adeco” hace tiempo que se cobija bajo las alas del Chavismo.

– Otro mito es el de la necesidad de una maquinaria partidista, bien aceitada y consolidada para ganar elecciones; Caldera primero, con el “chiripero” y con ese “estado de espíritu” que resulto Convergencia; Salas Romer después, que con una maquinaria regional que obtuvo mas del 30% de los votos en las pasadas elecciones presidenciales y por último, ese “saco de gatos” que es el Polo Patriótico y que llevo a Chavez al poder, acabaron con ese mito. (Sin quitarle el mérito personal a ninguno de esos personajes.)

Volvamos a la pregunta inicial, ¿Son necesarios, estos partidos?.

La formación de lideres

Decía J.A.C. Brown, hace ya más de 35 años, en “Técnicas de Persuasión”, (finalmente publicado por Alianza en 1978) que “…cuando los pueblos están dispuestos a hacer un movimiento de masas suelen estar dispuestos a realizar cualquier movimiento que tenga posibilidades de resultar efectivo y no solo aquellos que vayan unidos a una determinada doctrina o un programa en particular.”

Si las motivaciones que cada cual tiene para aspirar al poder, u ocupar un cargo público, muchas veces no se conocen, ni siquiera por el personaje que aspira a esa posición, mucho menos se conocen las razones por parte de quienes llamamos “masa o pueblo” para elegir a un determinado candidato; y cuando hablo de “masa o pueblo”, en este caso, no me refiero al sector más depauperado de la población, sino a esa cosa amorfa que llamamos “clase media”. ¿Cuál es la razón de fondo para inclinarse por una determinada persona o tendencia?, esa es una pregunta muy difícil de responder. Esas motivaciones son un objeto digno de estudio, sobre el que muy poco se ha profundizado por parte de las ciencias sociales.

Algunos dicen que los lideres se escogen por sus características personales, su simpatía, su carisma, la firmeza de sus convicciones, etc; los marxistas dirán que son el producto de determinadas circunstancias históricas. Lo cierto, y lo malo, es que por lo general el pueblo no siempre selecciona al líder que esta mejor preparado para resolver los problemas, sino a aquel que en el momento refleja mejor sus sentimientos, sus frustraciones, al que logra aunque sea intuitivamente una mejor comprensión del sentimiento real del pueblo y utiliza mejor el aparato propagandístico para decir lo que el pueblo quiere escuchar; es decir, normalmente elegimos a aquellos que logra comprender y manipular mejor algunas de nuestras facetas menos racionales.

Brown, el autor que ya he citado más arriba, evaluaba el mundo entre las dos guerras y el impacto social de fenómenos como el nacional socialismo, el fascismo y el socialismo, y señalaba que: “… la gente frustrada es más crédula que la que no lo esta… la gente frustrada quiere sufrir y sacrificarse por la causa y de ahí que responda, no ya a las promesas de una victoria fácil, sino, como muy bien comprendió Churchill…a las promesas de sangre, sudor y lagrimas…y aparte de su credulidad natural, la gente frustrada disfruta siendo embaucada…”

Guardando las distancias y haciendo las debidas adaptaciones para el caso venezolano, pienso que como esquema de análisis lo podemos aplicar a nuestra realidad de disolución de partidos y del orden político y organizativo que hemos conocido desde 1958.

En 1988 el pueblo eligió a Pérez porque creyó que con él regresábamos a la “Gran Venezuela”; pero desde los primeros días, después de ser proclamado, apenas al comenzar a designar a su gabinete y con las primeras medidas ya era obvio que la ruta que seguiría era diferente a la que se esperaba. El estallido, contenido mucho tiempo, no se hizo esperar y el pueblo aprovecho la primera oportunidad para manifestar su descontento, insatisfacción y frustración. Unos reaccionaron de inmediato, violentamente, saqueando y destruyendo; otros reaccionamos con horror y verdadero miedo por lo que estabamos presenciando, otros tardaron algo más en reaccionar, con pitos, cacerolas, y diversas manifestaciones de rechazo hacia el orden político establecido desde hacia más de 35 años.

En 1993, el pueblo se decidió por Caldera, bajo claras promesas populistas que el viejo líder no tuvo empacho en formular y luego en olvidar. (No aumento a la gasolina, no aprobación del IVA, etc.). Esta vez no hubo el mismo estallido; todos nos habíamos asustado y aprendimos; los cuerpos represores del Estado, habian aprendido más que todos los demás, y estaban mejor preparados; y de todas formas, la “crisis” financiera, real o acelerada, el posterior control de cambios, y las marchas y contramarchas de la política económica, nos sumieron más y más en una aguda depresión y fatalismo del cual aun no hemos salido.

Actualmente, en mi opinión, el apoyo al chavismo en muchos sectores de clase media y clase media alta, o su indiferencia electoral frente al triunfo de una opción política que racionalmente les puede ser adversa, nos esta demostrando el grado de descontento que se continuo acumulando y que no es necesariamente proporcional al grado de miseria; nunca han sido los pobres absolutos los que tumban gobiernos o hacen revoluciones, (si así fuera en muchas partes del mundo ya habrían estallado, antes incluso que en Venezuela), por el contrario, los “nuevos pobres”, los que han visto deteriorarse su ingreso y su nivel de vida, los que se han empobrecido con el deterioro de la economía petrolera, e incluso los que han mejorado “repentinamente” su condición económica, son los que impulsan los cambios profundos.

Insisto entonces en lo que ya muchos han señalado, en la importancia de educar; y muy particularmente, en la importancia de formar lideres con un sentido ético y crear partidos u organizaciones políticas alejadas de practicas poco trasparentes y poco democráticas, en donde no se favorezcan conductas proselitistas, como las que son comunes en nuestro quehacer partidista para ganar el favor popular. (…besar viejitas, cargar niños orinados, beber café en pocillo roto, sudar como un estibador… ).

Hace algún tiempo, al conocerse los resultados de la elección de la ANC, me pronuncie por la necesidad de construir una organización moderna, popular, policlasista y que se plantee claramente la toma del poder sobre la base de un programa explícito, y un compromiso personal y colectivo con ese programa. Un programa mínimo de postulados éticos y que deben estar presentes en cualquier organización política en las que estemos dispuestos a participar; por ejemplo, la transparencia en el actuar y en las funciones de gestión pública; la correcta separación entre los legítimos fines privados del político, los fines del partido y los fines del Estado; la conciencia, en el político, de que su función pública, es una función educativa.

Establecidos estos puntos -éticos- fundamentales, es valido que nos plateemos otros principios: ¿Cómo hacemos para que nuestro mensaje le llegue a las grandes mayorías del país?. ¿Cómo hacemos para que el pueblo entienda que nuestro mensaje es el suyo y que el desarrollo capitalista que queremos para el país, es lo mejor para él, y nos solo para nosotros?. Ese es nuestro verdadero reto. En el programa al menos sus aspiraciones globales están claras, definidas. El problema ahora es como hacemos que llegue a todos los venezolanos, y como lo convertimos en postulados compartidos y en ideales de lucha común.

Citas:
(i) El Nacional, domingo 2 de enero de 2000

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