Opinión Nacional

Revolución en finales

Hacerlo bien no es fácil, pero hacerlo mal, tampoco lo es. Esta revolución está caída, porque no le ha sido fácil hacerlo mal. Pare de sufrir y diviértase con las barrabasadas que estos párvulos hacen cada día. Ellos mismitos, se aproximan a toda velocidad hacia su final.

Una revolución es algo serio y trascendental. Es un cambio de cultura, que debe asumir una sociedad, adoptando códigos y reglas que se instauran en beneficio de todos. Una revolución es, como la palabra lo indica, un giro, una vuelta, un estado de cosas nuevo. Una revolución no puede ser bueno para ti y malo para mí. Una revolución no puede ser esta corrupción abierta y desmedida a los ojos de un presidente, que sabe lo que pasa y no lo reconoce “por ahora”. Una revolución destruye lo que existe para dar paso a algo nuevo; caras nuevas, mandos renovados y formas de pensar diferentes. Una revolución no puede hacerse con una banda de delincuentes, que estuvieron al acecho del poder para llenar sus alforjas. Hacer una revolución no es nada fácil, requiere de tesón, modelaje, valores compartidos, autoridad, disciplina y un claro norte.

Hacer una revolución es más que tomar un micrófono todos los días para engañar viejitas y muchachos. Una revolución debe acompañarse de mucha eficiencia, y resultados, pues son esos resultados tempranos, los que convocan voluntades para continuar haciendo cambios en la sociedad. Un gobierno no puede empujar por el buche una revolución a nadie, si no logra convencernos de que esa revolución significará progreso, calidad de vida, empleo, seguridad, educación, cultura y paz. Una revolución mal ejecutada, no va a ningún lugar, salvo a su fracaso. Una revolución llena de mentiras, que intenta hacernos ver que el capitalismo y la oligarquía tienen la culpa de todo, no puede avanzar, no puede romper la resistencia natural de una sociedad a la que no logra convencer de sus verdaderas intenciones.

Una revolución que habla mucho, pero dice poco no tendrá resultados. Una revolución le debe explicar a su pueblo, que hacen sesenta mil cubanos en Venezuela, metidos hasta los tuétanos de nuestra vida, trabajando en los registros, en identificación, en deporte, en cultura, en educación, en identificación de ciudadanos y en todo el estamento militar. Esta revolución nos debe todavía las cuentas de todo el dinero manejado y derrochado. Esta revolución no puede seguir comprando avioncitos para nuestro presidente y sus amigos continentales, lujo, relojes y cuanta cosa se les ocurre a los Chávez. Con ese modelaje, no se construye una revolución.

Esta fallida revolución, que no supo mantener y mejorar la industria eléctrica, que puso a caminar un tren chucuto desde Charallave a Caracas, que no encuentra caminos para construir viviendas, ni con ayuda iraní, que destruyó las industrias de Guayana y acabó con la joya de la corona: La industria que produce el dinero de esta nación; la que extrae, refina y vende el petróleo, está en finales, gastando el dinero que no tiene, para intentar mantener un rojo control sobre todo. Esto termina pronto, porque la mentira siempre tiene piernas cortas.

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