Opinión Nacional

Rostro antiobrero del madurismo

Tras el resultado electoral del 14-A, el impostor Maduro ha emprendido una nauseabunda cacería de brujas contra los trabajadores del Estado que no votaron por su proyecto facho-bolivariano. El reposero de Miraflores vociferó que había que «desinfectar la sociedad» venezolana y varios de sus funcionarios,incluyendo al ministro Ricardo Molina, hablaron públicamente de la necesidad de hacer una «limpiezapolítica». Amenazas y atropellos que no nos deben sorprender puesto que el fascismo y sus variantes históricas siempre han sido enemigos de los trabajadores.

La llegada del socialfascismo al poder ha significado un claro retroceso para la clase trabajadora venezolana en cuanto al logro de reivindicaciones socio-económicas, la creación de sindicatos independientes, así como la conquista de nuevos espacios democráticos. Además, el régimen y su enjambre de esquiroles han tratado por todos los medios de doblegar y aniquilar al movimiento sindical clasista del país. En nombre de un socialismo «sui géneris» han modificado e ignorado leyes consagradas a la defensa de los derechos de los trabajadores.

Igualmente institucionalizaron la precariedad laboral, penalizaron el derecho a la protesta y a la huelga (Ley del Estatuto de la Función Pública), y se han negado a la discusión de los contratos colectivos. Además, haciendo uso de su mayoría en la Asamblea Nacional reformaron el Código Penal y aprobaron la Ley Orgánica contra la Delincuencia Organizada y Financiamiento al Terrorismo; herramientas jurídicas destinadas a intimidar y domesticar a todos aquellos ciudadanos, sindicatos y organizaciones gremiales que no comparten las políticas execrables del régimen. Se han revigorizado viejas y perversas tendencias represivas apuntaladas por el estamento policiacomilitar y las bandas armadas del régimen a fin de neutralizar las luchas sociales. Hoy más de 250 trabajadores y dirigentes sindicales han sido victimas de la estrategia del Estado de criminalizar el activismo sindical.

Pero además, el facho-madurismo devaluó el bolívar en un 46,5% -a pesar de que el precio del barril petrolero se cotiza a $106-, lo que constituyó un zarpazo a los ahorros e ingresos de los trabajadores. Esta nueva devaluación aunada a una inflación galopante ha deteriorado aún más la capacidad adquisitiva de los ya deprimidos salarios, generando un mayor empobrecimiento. Los trabajadores se han convertido en verdaderos parias de un capitalismo monopolista de Estado, desprovistos de todos sus derechos y sus conquistas laborales.

Lamentablemente el descalabro de los gobiernos neoliberales del pasado no ha conducido, a formas nuevas y más evolucionadas de democracia, sino a un paradójico resurgimiento de modelos autoritarios-represivos practicantes de políticas antiobreras de corte fascista.

El facho-madurismono no representa ninguna alternativa socialista, sino la oscuridad del abismo fascista.

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