Opinión Nacional

¿Se vengó Escovar Salom de CAP en 1993?

“Tu sabes lo difícil que era ejercer un poquito de autonomía crítica”.

José Fabbiani Ruiz(1911-1975).

El historiador Germán Carrera Damas, maestro deberíamos escribir, conversó largamente con el periodista Ramón Hernández. Producto de ello es el amplio libro El asedio inútil.(Caracas: Editorial Los Libros Marcados, 2009. 236 p.) que merece toda la atención, sobre todo en estas graves horas que vive el país, aunque es un libro para hoy y para todos los días. Hay mucho que comentar sobre las agudas respuestas de Carrera y sobre sus análisis, con el cual en general concordamos, sobre el desarrollo del país y sobre todo sobre el sentido que tiene la democracia en nuestra experiencia colectiva desde la formación de lo que él denomina la República Liberal Democrática(p.64,66,86,88) proyectada y puesta a andar por Rómulo Betancourt(1908-1981). Pese a que debemos reseñar todo el conjunto de este libro de ineludible lectura, que es fundamental por la meditación de Venezuela que nos ofrece, queremos hoy solo tocar un punto, el único del cual discrepamos, que es el relativo a la figura del doctor Ramón Escovar Salom(1926-2008) en el cual se consideran como un solo hecho dos sucesos distintos: uno fue la sustitución de Escovar como Ministerio de Relaciones Exteriores(julio 15,1977), durante el primer gobierno(1973-1979) de Carlos Andrés Pérez, y otro el hecho de que Escovar haya encabezado jurídicamente el proceso de enjuiciamiento del aquel primer magistrado por los delitos cometidos alrededor de los 250 millones de la Partida Secreta(marzo 11,1993), hecho sucedido en 1989 y juzgado a partir de 1993, precisamente por una ejecutoria de Escovar como Fiscal General de la Nación.

Fue Escovar, no hay que olvidarlo, político en quien se dio la alianza entre la “intelligentzia” y la acción pública, hombre probo siempre, gran jurista, ser de honda formación intelectual y persona de honor. Veamos los hechos a partir de las propias palabras de Carrera, a quien no le quitamos el derecho de expresarlas, las respetamos y pero no las compartimos.

Creemos que para mejor entender todo esto, antes de entrar en los dos hechos a los que nos referimos, que son distintos a nuestro modo de ver, es nuestra personal opinión. Pero bien vale la pena primero examinar al personalidad y regimenes de Carlos Andrés Pérez. Lo hacemos aquí en base del propio análisis que hace Carrera en El asedio inútil. Solo le añadimos dos hechos más: que la democracia cayó en las manos de Pérez en 1977 y el proceso de corrupción administrativa, documentalmente probado por Ruth Capriles Méndez en el Diccionario de la corrupción en Venezuela(Caracas: Consorcio de Ediciones Capriles,1989-92. 3 vols). Pero vayamos por partes porque este lo consideramos de importancia suma. Sobre todo para entender el proceso de la historia y sus proyecciones hacia el futuro, hacia hoy.

Carrera presenta los hechos de Pérez en el poder insistiendo, en lo que coincidimos. Dice Carrera que hay tres cosas que hizo Pérez: “fue clave en el rechazo del fidelismo y de la invasión cubana(mayo 8,1967) cuando era Ministro de Relaciones Interiores…segunda: concretó…la nacionalización del petróleo…La tercera es que en el momento de la adversidad no insurgió contra la institucionalidad democrática. Nadie ha dicho que intentó un golpe militar o algo parecido. Aguantó, sobrellevó con entereza ejemplar, toda la carga que se le echó encima. No salió a refugiarse en una embajada ni dijo “Yo no fui”, “la culpa la tuvo otro”, “a mi me engañaron”…Dio un ejemplo de entereza y de dignidad sin paralelo en la historia del país”(p.32). Sin embargo, “le critico dos errores increíbles en un hombre de su trayectoria: uno, haber sobrevaluado el peso del prestigio en la resolución de una crisis política…pensar que su prestigio, comprobado y establecido, sería capaz de contrarrestar las maniobras de estos grupos y no haber dado una muestra de ingenuidad muy grave n un hombre de su experiencia y de su condición de tachirense, si evocamos el espíritu del Benemérito Gómez: haber creído que perdonar a los adversarios políticos generaría igual reacción de sus oponentes con respeto a él…Juan Vicente Gómez no cometió nunca el error de considerar que un adversario podía ser otra cosa que un adversario”(p.32-33). Y añade Carrera, muchas páginas más adelante: “¿Cuántos venezolanos reconocen heroísmo en la entereza de Carlos Andrés Pérez cuando fue acusado por las malos manejos de un fiscalete de la república y fue llevado, incluso a la cárcel? Se le acusó de cuanto se le podía acusar y en ningún momento dijo “yo no fui”…sino que tuvo la entereza de soportar aquel linchamiento. Se sentía responsable de un valor fundamental: el decoro de la democracia venezolana”(p.223. El subrayado es nuestro). Esto segundo todos los venezolanos se los reconocemos, fue valiente y sincero. Pero sin duda, aquel día, sobre todo el 4 de febrero de 1992 y los meses que le siguieron no se dio cuenta que la suerte que siempre había estado con él lo había abandonado, y para siempre, porque los errores habían sido mayores que los logros.

Hemos señalado antes que hay dos hechos que hay que advertir para completar el análisis que hace Carrera de la personalidad de Pérez. Estos son uno que sucedió muy atrás, solo lo percibieron los analistas: al hacerse las cuentas fiscales de 1977 se comprobó, meses más tarde, aquel había sido el primer año en el que no había habido superávit económico en el país desde la muerte del general Gómez. Pero lo que es peor: eso sucedió en el momento en que Venezuela era más rica que ningún momento anterior de su historia. Y esto es plena responsabilidad de Carlos Andrés Pérez por no haber sabido administrar ni escuchar las grandes voces críticas que le señalaron el mal sendero, tal el magnífico doctor Juan Pablo Pérez Alfonzo(1903-1979) cuando le indicó que sus programas de gobierno constituían el “plan de la destrucción nacional”. Y allí aquel 31 de diciembre de 1977 cayó la democracia de 1958 porque los problemas económicos son los que engendran las crisis políticas. Desde hace ese día ya Carlos Andrés Pérez no se fue constructor sino destructor del proceso democrático.

El segundo hecho, a nuestro personal entender, asunto muy meditado nosotros por largo tiempo, es que cuando se miran las acciones de Pérez es imposible soslayar el proceso de corrupción administrativa surgido en el país, el cual erosionó la ética del vivir de los venezolanos. Este es un elemento que no puede dejar de ser tomado en cuenta y que es el que puso en acción a Ramón Escovar Salom desde fines de 1992 cuando se entregó al estudio del caso del presidente Pérez.

Vamos a las afirmaciones de Carrera sobre el Fiscal General de la Nación Escovar Salom, seguramente el mejor de los funcionarios en ejercer ese cargo, máxime si se piensa en los delitos en que había caído la misma dependencia durante el gobierno de Jaime Lusinchi. Y además la personalidad, el carácter de Escovar le permitieron hacer brillar la dependencia. Y hay un hecho que basta para enaltecer su gestión: la creación de la Dirección Derechos Humanos de la Fiscalía inexistente entonces y necesaria porque aun no existía la Defensoría del Pueblo, institución que algún día funcionara como debe ser y dejará de ser el mamarracho que hoy es.

Al examinar el punto que nos proponemos explorar dejamos de lado el hecho de denominar Carrera a Escovar “fiscalete”(p.223) porque ello se sale del discurso del historiador, que debe poner todos los datos sobre la mesa y analizarlos sin vituperar al personaje evocado en su conversa, sabrosa y profunda como es la que encontramos en El asedio inútil.

Dice Carrera: “En 2008 murió Escovar Salom, uno de los enterradores de la democracia en Venezuela, que satisfizo su ego de una herida que le causó la democracia, representada por Carlos Andrés Pérez, y, probablemente, en su alma pequeña se sintió reivindicado. Lo que sucedió en concordancia y los daños que causó al país no le importaron, le interesó su ego chiquitico…no fue capaz de distinguir su rencor personal, por haber sido despedido de su cargo como canciller”(p.39).

E indica: “No se entendió que al enjuiciar a Carlos Andrés Pérez no se procesaba a un político tachirense, adeco, gritón…sino que se atentaba contra un valor fundamental de la institucionalidad republicada: la Presidencia de la República. Hubo una confabulación de factores. Cualquier sanción que fuese algo más que un voto de censura, le atestaba un golpe muy serio a la institucionalidad democrática. Un grupo de obcecados, de tontos, de locos creyó que enjuiciar al Presidente era la perfección máxima de la democracia. No tenían conciencia histórica de lo que perpetraban…En 1993 no se tuvo…conciencia histórica y ahí empezó lo que vino después”(p.100. Subrayados nuestros).

Hay dos hechos distintos que se han considerado uno solo, de lo cual contamos hoy incluso con la propia versión de Escovar vertida en sus Memorias de ida y vuelta(Caracas: Los Libros de El Nacional, 2007. 416 p.). Al unir los dos hechos se ha considerado que Escovar al acusar a Pérez de los delitos cometidos con la Partida Secreta(febrero 22,1989) lo hizo en venganza por haberlo aquel sustituido en la Cancillería en su anterior gobierno. Pensarlo así sería no conocer la personalidad de Escovar, olvidar que siempre fue un buen servidor de Venezuela.

Sabía Escovar que todo ministro puede serlo hoy y dejar de serlo mañana, todo depende de la decisión del Presidente de la República. Solo que no se puede cambiar a un Canciller cuando está viajando en representación del país ante una nación del exterior. Eso no se hace en ese momento. Pérez, lo cual era lógico, debió esperar a Escovar regresara y tomar la decisión. Decisión que ya llevaba meses Escovar planteándosela al presidente Pérez su necesidad porque se había dado cuenta claramente que la confianza entre ambos se había roto y le había pedido al presiente ser sustituido. Pérez no lo hizo. Prefirió humillarlo. Escovar resistió, era un político bien formado y sabía que ello estaba dentro de lo posible. Lo que no estaba dentro de lo posible de un mandatario era maltratar a uno de los funcionarios más destacados de su administración. Y eso hizo Pérez con varios de ellos. No sólo con Escovar. Lo mismo hizo ante las denuncias presentadas por Francisco Herrera Luque(1927-1991) sobre los tráficos dolosos en nuestra diplomacia. La historia es bien conocida y también está bien documentada. Fue tal que Herrera Luque tuvo decirle, tiempo después, al propio Pérez, ya ex presidente, que su actitud al hacer aquellas denuncias habían sido las propias de los “hombres que no se inclinan ante el poder”. Y Herrera Luque era, como Escovar, un venezolano raigal.

Terminada su gestión Escovar como Canciller publicó una serie de artículos en su columna de El Nacional enjuiciando el gobierno de Pérez y dándole numerosos consejos. Tales análisis eran tan hondos y certeros que nosotros, que vivíamos en los Estados Unidos y recibíamos el periódico, le escribimos a Escovar incitándolo a publicar esos artículos en un folleto dada la relevancia analítica que tenían, más cuando, desde el norte ya lo podíamos ver, que la democracia venezolana necesitaba grandes reformas porque ya se veía su crisis en aquel 1977, días de la austera presidencia de Jimmy Carter en los Estados Unidos, de recesión económica en aquella nación, mientras Venezuela vivía la locura colectiva, la llamada “Gran Venezuela”, que no fue tal, el “favoritismo mayamero”. Escovar actuó en aquellos artículos como el hombre prudente que siempre fue. Y sin prudencia no se puede gobernar, igual que no se puede hacer política sin conocer la historia.

Es desde este ángulo que se debe entender el segundo hecho, que repetimos no se debe confundir con el primero y menos considerarlo su consecuencia. Nos referimos al pedido de enjuiciamiento de Pérez que fue lo que lo obligó a la salida de la presidencia como consecuencia de las acciones que Escovar encabezó desde que pidió a la Corte Suprema Justicia el enjuiciamiento de Pérez, lo hizo dentro de proceso legal y constitucional en todos sus puntos. Y lo hizo por comprender cual había sido el desarrollo político del país y porque la madurez había llegado a nuestra gente. Y que era posible enjuiciar a un presidente, más uno que había creído, como Richard Nixon(1913-1994) en los Estados Unidos, que un presidente no debía dar cuentas de sus actos. Por ello, por creerse alguien libre de toda sujeción legal cayó el californiano. Lo mismo sucedió al rubiense aquí.

Todo el proceso de la investigación del delito cometido por Pérez se puede conocer bien en la crónica, cuidadosamente urdida, por el diputado social cristiano Nelson Chitty La Roche en su libro 250 millones: la historia secreta.(Caracas: Pomaire, 1993. 315 p.). Fue Chitty quien presidió la comisión parlamentaria que investigó estos hechos.

Al analizar el segundo suceso, enjuiciamiento y salida de Pérez de Miraflores, explica Carrera que este fue un error porque “se atentaba contra un valor fundamental de la institucionalidad republicana: la Presidencia de la República”(p.100) y que este fue hecho por “Un grupo de obcecados, de tontos, de locos creyó que al enjuiciar al Presidente era la perfección máxima de la democracia. No tenían conciencia histórica”(p.100). Discrepamos abiertamente del punto. Pensar lo contrario es darle un lugar a la corrupción dentro del país. Esta a pesar tan vieja como el país, de más de cinco centurias, debe ser combatida. Y al enjuiciar a Pérez eso fue lo que se hizo. Incluso contra un presidente que no había respetado la ley ni los procedimientos administrativos al usar la Partida Secreta de la forma como lo hizo. Podía ayudar al restablecimiento de la democracia en Nicaragua, a Violeta Chamorro en particular, en esos todos estamos contestes, pero no podía hacerlo sin respetar la ley. Y esa fue la razón por la cual la Corte Suprema de Justicia lo juzgó. Y, claro, insistimos, Pérez dio un gran ejemplo al acatar la ley cuando lo suspendieron de la presidencia(mayo 20,1993) porque no huyó, le sobraban aviones y pistas de aterrizaje privadas para hacerlo, dio la cara: siguió el juicio, estuvo preso, cumplió su condena. Y, sobre todo hizo verdad su lema “Va adelante y da la cara”. Eso no puede ser soslayado, de ninguna manera. Fue un gran ejemplo en una nación que requiere y necesita de muchos.

Pero de todas maneras Pérez no ha sido totalmente enjuiciado: falta el juicio por la masacre del Caracazo(febrero 27-marzo 1,1989) que son crímenes contra la humanidad y que no posponen: un celda, en la prisión de la Corte Internacional de Justicia en La Haya, Holanda, lo espera aún. Incluso el Tribunal Penal Internacional cito en Roma. E incluso debe responder por los asesinatos cometidos a las puertas de la Cárcel Modelo de Caracas la noche del 27 de noviembre de 1992 cuando la Guardia Nacional abrió las puertas del penal y comenzaron a escaparse los presos pero a la vez los soldados armados dispararon contra ellos que era la orden que les habían dado. Y todos sabemos que eso no hace en Venezuela, país presidencialista si los hay, sino por una orden suprema emanada de Miraflores.

Enjuiciar a Pérez no fue un acto contra la democracia. Los presidentes no pueden estar ni por encima ni fuera de los límites que le asignan la Constitución y las leyes y pueden y deben ser enjuiciados si cometen delitos. Y Pérez para nada en aquella hora merecía más que un voto de censura, porque su acción había pervertido el estado de derecho. Y además este hecho, encabezado por el Fiscal General Escovar no fue lo que causó lo que vivimos, ni el fue por aquel acto ético quien destruyó el vivir político de Venezuela. Todo eso lo desató la crisis económica y la perdida por parte de los partidos políticos de sus ideales y doctrinas, el haberse convertido en instituciones de sola acción, de momentos y sin buscar la proyección para más adelante. Incluso fueron nuestros partidos políticos los que cayeron en la corrupción. Por ello no fue el enjuiciamiento de Pérez un acto contra la democracia y ni quienes lo hicieron carecían de sentido histórico porque ello fue una necesaria acción quirúrgica. Y porque, como lo dice Escovar en la página 270 de sus Memorias de ida y vuelta:”La democracia se perdió en manos de la inacción, de la indiferencia, de la frivolidad para mirar el escenario crítico que se tenía a la vista y que fue haciéndose crecientemente presente desde 1977”. Así es, así duela, así lo sintió el Fiscal convertido entonces en moralista y la verdad habló desde sus papeles de su acusación, ese fue su palabreo jurídico porque como recuerda el maestro Ángel Rosenblat(1902-1984) la boca “en Venezuela se siente como cuna y fuente de la palabra. Su boca sea la medida, aun siendo expresión rústica, evoca, por proyección espiritual de la palabra, que se identifica con el hombre”(Buenas y malas palabras. Caracas: Edime,1969,t.II,p.27. Subrayado de Rosenblat). Y el alegato del gran Fiscal fue medida de su boca aquel día, según el viejo refrán castellano, un modo de alumbrar nuevos días.

Nota: Debemos señalar para concluir que es una lástima que al imprimir el “Índice onomástico” de El asedio inútil se haya corrido el pliego y las páginas en las que se indican en donde están las referencias a Escovar sean otras. Un índice que no es preciso y exacto no sirve porque no responde a las preguntas que se le hacen. Y hay más: en este índice no se registran personas que aparecen dentro de los paliques, caso Gonzalo Barrios(p.100) o José Fabbiani Ruiz(p.180) por ejemplo. Si el índice hubiera sido bien compilado y luego correctamente publicado podría haber facilitado la consulta del punto a los lectores que solo desearan conocer el asunto que tratamos. Y que se nos perdone esta digresión: pero un crítico no debe comentar solamente lo que todo libro dice sino también su estructura interna, la presentación de todas sus partes, su diseño, su corrección tipográfica incluso.

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