Opinión Nacional

Secuelas de la crisis

1.-

Más que un alivio, es peligrosísimo tener buenos amigos en los tiempos difíciles. Sobre todo cuando cometes el error de hacer público que te acaban de echar de tu trabajo sin ninguna justificación aparente.

-¿Tienes experiencia en ventas? –me pregunta una chica menor que yo al leer mi currículum vitae.

Permanezco en silencio. Mi silencio me incrimina. Soy un mentiroso profesional, pienso, no debo tener problema para vender lo que sea.

-¿Qué sería exactamente lo que vendería? –pregunto (el dedo índice y pulgar de la mano derecha frotando el mentón) para hacerme el interesante.

La chica no se sorprende por mi pregunta. Sabe que el trabajo es mío si así lo deseo, pues fui enviado a la entrevista por su jefe, es decir, un buen amigo que en un intento por sacarme del desempleo me dijo que fuera a solicitar un puesto vacante en una de sus múltiples empresas.

Quince minutos después abandono las oficinas con la promesa de llamar en dos días a la chica de recursos humanos para confirmar si pienso ser de ahora en adelante empleado de mi amigo. La idea, naturalmente, me aterra, no porque mi amigo tenga que verse en la penosa necesidad de despedirme al cabo de un par de meses al descubrir que soy el vendedor más incompetente sobre la faz de la Tierra, sino por tener que tomar un curso de inducción de ventas durante quince días, vestir a diario un uniforme de la compañía y luego memorizar toda suerte de productos de limpieza, sus propiedades, bondades y beneficios, y finalmente salir a la calle a tocar de puerta en puerta y mentirle y/o rogarle a otros empresarios para que por favor compren unos productos químicos los cuales estoy casi seguro no necesitan.

2.-

Juanito, mi talentoso y aclamado amigo caricaturista, me conoce muy bien, por eso, en un restaurante de comida italiana donde celebramos su cumpleaños, me dice:
-Te tiene que haber dolido.

-No, para nada, estoy de maravilla –miento-. Ya surgirá algo –vuelvo a mentir.

-Te tiene que haber dolido.

-No, en serio, no es el fin del mundo –sigo mintiendo.

-Admiro tu aplomo –me palmotea la espalda-. Es un nuevo inicio en tu carrera.

-Sí, un nuevo inicio –digo una mentira más para evitar romper en llanto.

3.-

Una amiga me escribe un e-mail diciéndome que soy un hombre valiente al publicar la historia de mi despido injustificado, no como los intelectuales que cuentan este tipo de anécdotas cuando han pasado muchos años y son ya autores renombrados, esto con el fin (sospecha ella) de que los lectores nos enteremos de las penurias que pasaron los pobrecitos antes de convertirse en ricos y famosos.

Pienso (no lo digo, menos lo escribo) que sin dudarlo vendería mi alma al diablo por ser uno de esos pudorosos best-sellers que aparecen en la televisión dándose aires de semidioses, que en sus inicios en vez de andar lloriqueando lograron guardar silencio cuando fueron echados a patadas de los periódicos.

4-

Una chica venezolana, un encanto de mujer y por añadidura mi nueva amiga, pide hacerme una entrevista. Accedo, no porque me haya confesado que es activista, periodista y escritora sino porque en sus ratos libres es modelo, pues así lo confirma una pasarela de sensuales fotografías que desfilan en la pantalla del Messenger a sugerencia mía.

A cada una de sus preguntas respondo un disparate. No veo el momento de que se dé color que ha sido un error y una pérdida de tiempo entrevistarme. Sin embargo ella, estoica, imagino que por lástima, continúa haciéndome preguntas sobre el uso y manejo de la lengua española, y yo, un pobre diablo de nacimiento que reprobó redacción en la preparatoria, continúo respondiendo absurdos a diestra y siniestra.

Finalizada la entrevista, en un arranque de egolatría, me aventuro a preguntarle cada cuándo entra a leer mi blog.

-Nunca, te leo en un periódico venezolano –responde para mi sorpresa.

Acto seguido me sumerjo en la red. Dos y no uno son los periódicos venezolanos que me publican. Ambos imagino han de ser antichavistas, de lo contrario tendrían plata suficiente para pagar por mis colaboraciones.

5.-

Un amigo de izquierda se congratula por mi despido pues gracias a ello, asegura, ahora me publican en La Jornada.

Incrédulo de verme publicado en un medio de fama nacional, entro a la página de Internet del periódico y tal como sospechaba no encuentro ni un solo escrito mío. Investigo un poco más en el ciberespacio y descubro dos cosas: la primera, en Nicaragua (como en el resto de Latinoamérica) no son muy creativos a la hora de bautizar sus periódicos; y la segunda, las historias de Campeche gustan más a los editores fuera que dentro de Campeche.

6.-

Mi amigo científico, maravilloso articulista y maestro, dice que no debo preocuparme, pues no tardaré en conseguir otro espacio igual o mejor donde publiquen mis desvaríos.

Inspirado por sus palabras, le escribo un brevísimo correo al famosísimo director del periódico donde publica mi amigo, preguntándole a quién tengo que chupársela para que me publiquen.

Al instante me arrepiento, pues mis palabras pueden malinterpretarse. Traducción: que todos los escritores que han logrado ser publicados en el prestigioso periódico no lo han hecho gracias a sus conocimientos y arduos años de labor académica y periodística sino a sus dotes en el arte del fellatio.

Pese a pronóstico, el carismático director del periódico, más que escandalizarse por mi impertinente y desesperado correo, ríe y me conmina a tener paciencia pues hay una larga lista de aspirantes a ser publicados. Su breve y concisa respuesta más que entristecerme me alegra el día, pues siento haber obtenido un triunfo personal al lograr hacerlo reír, tal como el me hace reír cuando aparece en la televisión sacando de quicio a encumbrados y estirados periodistas todos los miércoles en la noche.

7.-

Otro amigo escritor me dice que no claudique en mis intentos de buscar trabajo en otro periódico. Me sugiere ir a hablar personalmente con todos los editores de los periódicos campechanos.

Le digo que sí, que eso haré. Sin embargo, a mi mente vienen todas esas infructuosas entrevistas que tuve en el pasado con cada uno de los editores campechanos.

Uno me citó en un café y luego de alabar mis escritos (mismos que llevaba tiempo publicando en su periódico) al llegar al tema de lo monetario, es decir, la tarifa que cobro por cada escrito publicado, dijo:
-Lo siento, en el periódico tenemos la política de no pagarle a nuestros colaboradores.

Otro editor me citó en su oficina.

-Un momentito, el licenciado está en una junta –dijo la secretaria-. En un minuto le atiende.

Pasada una hora en la recepción del periódico la secretaria me informó que el licenciado estaba ocupado, que dejara mis datos y que luego se comunicaría conmigo.

El último editor que visité también me recibió en su oficina. Muy amable dijo conocer mi trabajo.

-Muy divertidos escritos, de todos modos mándame a mi mail todos los que tengas, quiero revisarlos detalladamente con el director.

Nunca más volví a saber del editor, ni de él ni de ningún otro, sobre todo cuando publiqué un pasaje del borrador de la novela que prometí enviar a un gran y laureado amigo escritor conectado con una editorial internacional (novela que sospecho nunca terminaré) donde describía a los directores editoriales de todos los periódicos campechanos como alimañas rastreras de dedos entintados que viven de leer y censurar a periodistas y/o columnistas que no alaben al partido político en el poder.

8.-

-Hola bebé.

-Hola mamá.

-Oye, acabo de comprar el periódico y no veo tu columna.

-¿En serio?
-Sí, en serio.

-¿Revisaste bien?
-Sí, no aparece tu columna.

-Qué raro.

-Sí, rarísimo, ahora mismo voy a marcarles por teléfono para pedirles una explicación.

-No mamá, no es necesario, lo que pasa es que ahora van a publicarme todos los días, excepto los domingos.

-¿En verdad, mi vida?
-Sí.

-¡Felicidades bebé!
-Gracias.

-Siempre supe que triunfarías como escritor.

-Bueno mamá, te dejo, que México le acaba de meter otro gol a los gringos.

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