Opinión Nacional

Sobre el peso del mal

El fin de la revolución romántica norteamericana no pudo tener mejor símbolo que la aparición de Herman Melville (1819-1891). Podría decirse sin mucha duda que cuando murió poca gente reconocía el significado de su obra.

Sólo su primer libro, «Typee» (1846) obtuvo popularidad, pero cada obra subsiguiente encontró menos y menos receptividad, hasta que el escritor fue obligado a abandonar la carrera literaria por los monótonos deberes de un inspector de aduanas.

Sólo fue entre la segunda y tercera década del siglo 20 cuando se comenzó a descubrir a Melville, cuando se dijo que «comparte con Walt Whitman la distinción de ser el más grande escritor imaginativo que América ha producido: su épica ‘Moby Dick’ es uno de los supremos monumentos de la lengua inglesa». Otra evaluación coloca a «Moby Dick» junto a » La Divina Comedia «, «Hamlet», «Los Hermanos Karamazov» y «La Guerra y la Paz «.

Es fácil adivinar por qué Melville no agradó a la mayoría de los lectores americanos: el novelista, a menudo y frontalmente, manifestaba su desprecio por la sociedad y la civilización; algo similar a Thoreau.

En libro tras libro Melville repudiaba a la sociedad, criticando mordazmente los frutos de las instituciones reverenciadas. En su copia de Schopenhauer, el filósofo del pesimismo, estaba esta frase subrayada: «Cuando dos o tres hombres se juntan, el diablo está entre ellos». Tal era el sentimiento de Melville.

En una de sus representaciones aparece en «Moby Dick» como Ismael, el peregrino, y cuando los hombres se alejan de la sociedad, crean una tierra sin las plagas de la vida terrenal; tal hicieron Jacques Rousseau y Edgar Allan Poe.

Melville también tenía su utopía, su tierra del olvido; eran los Mares del Sur, donde pasó un tiempo en el trópico de Typee, que sólo le creó un insuperable deseo de escape; ahí todas las utopías recibieron las críticas escépticas de Melville: la sociedad simplemente no servía, y no había escape de la compañía del hombre.

También sucedía que Melville estaba bajo el peso del problema del mal, sus orígenes, su significado, y su destino final; cuestión que es prominente en «Moby Dick».

Y Melville hablaba de esto en términos de la civilización contemporánea, con caliente sátira que chamuscaba respetabilidades incuestionables. Estas y otras cosas hicieron que Melville fuera calificado de «oscuro».

Melville provenía de una familia neoyorkina distinguida; no recibió educación universitaria; su vida temprana se atisba en los primeros capítulos de «Redburn», el tercer libro del autor, que rinde cuenta de su primer viaje, de Nueva York a Liverpool, en 1837.

En 1841 zarpó como marinero de Massachussets en el ballenero inmortalizado como «Pequod» en «Moby Dick». Las múltiples aventuras están en «Typee» y «Omoo»; regresó a Boston en 1844, y la historia de este viaje está en «White Jacket».

Melville descubrió a los Mares del Sur para la literatura, y le siguieron Robert Louis Stevenson, Pierre Loti, Somerset Maugham y Rupert Brooke. Lo curioso de «Typee» y «Omoo» es que cada cual contiene numerosas y específicas denuncias de la civilización, y cada acusación es fortalecida por evidencias concretas de los males objetivos debidos a la influencia de la sociedad.

El punto de vista es el de un científico, hostil y crítico, no engendrado por melancolía romántica, objetando vagamente las cosas presentes y conocidas. La vida atractiva del valle de Typee eleva la estimación de Melville por la raza humana, cosa que bajó precipitadamente cuando volvió entre los hombres supuestamente civilizados.

El acertijo en torno a Melville está en la búsqueda de las razones de su ira contra la civilización, y por qué dejó la isla paradisíaca; odiaba las amargas aguas de la civilización y las fuentes dulces de Typee no le trajeron el olvido.

Toda su vida estuvo torturado por los recuerdos, esperanzas y aspiraciones, pero nunca encontrando la paz, como si la felicidad no fuera para él. «No puede creer ni estar cómodo con su incredulidad, y es demasiado honesto y valiente para no tratar de ser lo uno o lo otro», dijo Hawthorne.

«Moby Dick» es en la superficie un libro sobre una ballena; todo lo que se sabe del leviatán está aquí escrito, anatomía, hábitos, variedades, importancia económica, captura y transformación en aceite; cazar ballenas era la ocupación que luego sustituiría la búsqueda de oro, y luego la construcción de ferrocarriles y luego la construcción de aviones.

La historia llana de la novela es simple: el narrador, Ismael, deja a Nantucket en el ballenero Pequod, comandado por el Capitán Ahab, quien ha perdido una pierna en un combate con una inmensa ballena blanca; la ballena escapó; rumiar sobre su mala fortuna y su sed de venganza hacen de Ahab un monomaniático: su único deseo es matar a la ballena blanca, y la historia es la ansiosa e indetenible búsqueda de Moby Dick por un capitán enloquecido a la cabeza de una salvaje tripulación.

Pero los hechos llanos y la narrativa simple no es todo; hasta puede leerse sin ver nada más. Pero el lector agudo no avanza mucho antes de sentir que hay más en la historia que lo que las meras palabras indican.

El simbolismo aparece, hay episodios alegóricos; Moby Dick representa el mal; el océano la vida; y el Capitán Ahab el alma inconquistable del hombre.

La larga búsqueda de Moby Dick, el contraste y la catástrofe final son la representación alegórica del espíritu del hombre luchando cuerpo a cuerpo con el vasto problema del mal.

Melville dice: «La Ballena Blanca nadó ante él como la monomaníaca encarnación de todas aquellas agencias maliciosas que algunos hombres profundos sienten que se los comen».

En todo caso, aunque el análisis simbólico exacto sea imposible, el significado de «Moby Dick» no es más claro que el significado final de Hamlet.

Sea lo que sea que signifique la novela para diferentes personas –un viaje marino, un tratado sobre las ballenas o un estudio de psicología anormal- su lectura más sabia es como sinfonía o una épica del mar; más que prosa, es poesía con majestad y poder de gran verso; los personajes hablan con una fuerza y belleza rítmica no igualada desde los días de Shakespeare. Más que un libro, «Moby Dick» es una experiencia, grande, que se aprecia más en la fascinación de su lectura.

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