Opinión Nacional

Una sola sangre

Tres hermanos y el señor que trabajaba de chofer para ellos fueron hallados muertos esta semana pasada luego de pasar más de un mes secuestrados. Uno de los hermanos, de doce años, sufría de un tipo de parálisis cerebral. Se hallaban agarrados de la mano cuando les dieron los tiros en la nuca que los desfiguraron. Se supo que habían sido objeto de tortura sin motivo otro que el sadismo. Días más tarde un reportero gráfico es asesinado cubriendo las manifestaciones de dolor.

¿Qué se puede decir sobre esto una vez pasada la impresión, la tristeza y la indignación? No se puede decir más sino que uno se suma al dolor de las familias de los niños, el conductor y el fotógrafo, familias Faddoul, Rivas y Aguirre, quienes quedaron para siempre con una herida que no sanará.

Igual a las heridas abiertas y sin cerrar de miles de familias venezolanas que han sufrido desde siempre la única democracia verdadera hasta ahora, la que ha sobrevivido dos repúblicas: la democracia de la muerte en manos de la delincuencia, que no discrimina, que acepta a todo el mundo por igual porque la sangre de todos es roja, indistinguible entre unos y otros, y que se hace una sola cuando es tanta.

Ambos bandos políticos han procedido a usar estas muertes en su provecho. Y en medio olvidado han dejado el dolor en carne viva de la gente que salió a protestar al saberse la noticia, porque hasta cuándo. Venezuela es una sola, señores. La sangre de este país es una sola y eso es algo que la gente sabe a pesar del ruido politiquero. Hay diferencias, hay prejuicios, lo que ustedes quieran, pero la gente es gente, viva donde viva y tenga o no tenga. Todos sangramos igualito si nos pegan un tiro.

Reclamar el derecho a la vida no es una cuestión de politiquería, es una cuestión de principios. De principios que nos confiere esa cualidad de ser humanos y que nos diferencia de seres tergiversados, alejados hasta de la ética de la supervivencia animal, capaces de asesinar sin que les quede nada por dentro porque dentro no tienen nada.

El reclamo a respetar el derecho a la vida se convierte en cuestión política porque la política toda se basa en principios. Pero es una política sin color. Es la política de exigir que se respete un derecho básico. Y si el gobierno es consciente sabrá distinguir entre el oportunismo político y el reclamo de su pueblo, dándole la importancia a este último haciendo oídos y tomando medidas drásticas y perdurables en nuestro sistema policial y de justicia.

Siempre se sabe. Se sabe quién se aprovecha y quién no, del dolor y la indignación de la gente, sin ninguna decencia. Y en ese filo de navaja caminan ambos bandos.

Estas muertes y las de todos los días en la prensa, la de mujeres embarazadas, niños, jóvenes y adultos atrapados en medio de la balacera interminable de nuestros barrios, la de los asesinados por sus zapatos o la quincena, por relojes o los carros, la de los que son “exterminados” por policías regionales, la de los dirigentes campesinos,… son tantas las muertes que ya son tan sólo una. Una sola es la sangre de este país.

Esta muerte de todos los días, es para exigir a gritos, para reclamar sin dar tregua la seguridad que todos anhelamos y venimos anhelando y pidiendo en nuestro país desde hace largos años, sin distingo de gobiernos, repúblicas o revoluciones.

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