Opinión Nacional

Valores, ética, gallinas y peces (parte II)

“Es para coger palco”, me escribió Amanda de Victoria, articulista puñal del centenario Impulso de Barquisimeto, por el título y el contenido del artículo anterior con este mismo título. Aclaro que la señora Amanda es una de las cuatro personas que lee estos entuertos.  Pero en fin, que no se ofendan las gallinas con el paralelismo, porque a pesar del cacareo exacerbado para poner un huevo, ellas son animales bastante complejos que hasta llegan a establecer jerarquías sociales, y sus hijos son su prioridad elemental.

  En Venezuela hoy día tenemos una oscura descomposición social, y para ser benévolo ni culpa del chavismo es, ese fue el detonante. Salió a flote una cantidad de elementos putrefactos que estaban escondidos en lo más profundo del ser, o sencillamente eran utilizados de manera encubierta en distintos ámbitos en que nos desenvolvemos. Odio y resentimiento son los más cultivados en esta década, desde ambos sectores, desde aquellos desposeídos que encuentran el medio para completar el real y que gritan improperios  al compas del son que les toquen a esos “oligarcas, escuálidos, apátridas, burgueses y sifrinos”, hasta los otros como diría la señora Amanda “su ego pretender ser el de más arriba aunque sea del de más abajo” y como lo diaria yo, los que intentan defecar más arriba del tiesto; estos que llaman “basura de gente” a los otros  si saber ni conocer que el hecho histórico sucede allí donde nace el sol, porque como diría el gran Víctor Hugo que la culpa de los hijos también de los padres es. Esa separación clasista, mentecata, absurda y desproporcionada ha sido caldo de cultivo para este hervidero que tenemos avivado, encausado por supuesto por un hombre y su combo, que dejaron los escrúpulos, donde también se les quedo el alma.

  Aquí cada quien sabe lo que es, siempre lo hemos sabido, el dinero y la elegancia no se esconden, como tampoco se esconde la sencillez, la humildad y el coraje. Todos estamos ubicados, el problema radica es que tanto uno como otro quiera ser el pillo. A nadie absolutamente a nadie le gusta que se le injurie, que se le llame por otro nombre el cual no es el suyo propio. A todos nos gusta que se nos reconozcan los logros, los éxitos, que deben ser recibidos con humildad. Aquí en este país todos estamos claros que cada uno contribuye en lo que mejor sabe hacer, pero mientras no reflexionemos y apelemos a nuestros valores fundamentales y construyamos la sociedad que queremos, ayudando al vecino, reconociendo el valor de nuestros hijos por encima de otro sentimiento, no solo vamos a terminar siendo carne de cañón o jineteras de los cubanos, sino más bien como lo dijo Bolívar, ese soñador imperfecto, instrumento ciego de nuestra propia destrucción, sin mañana ni futuro, cargando sobre nuestro hombros por siempre y para siempre  el estigma del pecado capital de la ira.

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