Opinión Nacional

Voluntarios

¿Por qué un muchacho decide presentarse como voluntario al Ejército? Es algo curioso que un joven decida dejar sus juegos, amigos y novias para entrar en un mundo que recibe con hostilidad a quien se atreve a traspasar sus portones. Donde ser “nuevo” implica recibir los peores tratos porque se está a merced de cualquier superior.

Quienes cumplen servicio militar obligatorio en Venezuela provienen casi en exclusiva de los estratos más desfavorecidos y son reclutados todavía con métodos primitivos y/o bajo engaño. Es una desventaja más para quienes viven en los ranchos de las ciudades o las casas humildes de los pueblos y campos apartados. Debería ser natural, como lo hacen quienes pertenecen a los sectores medios y altos, evadir las dianas madrugadoras, el encierro, la incomunicación, las guardias, las órdenes a gritos, los uniformes y los desfiles. Y, sin embargo, hay jóvenes que quieren entrar en los cuarteles.

Una de las explicaciones que más se arguye es el intento de escapar de la miseria originada en la ya crónica crisis económica (a pesar del extraordinario “boom” petrolero). El sueldo que se instituyó para los reclutas hace pocos años (antes del ascenso de “la revolución”) serviría de estímulo a muchachos sin mayores expectativas de trabajo o de estudio.

Esa razón no es la única, pues en las mentes de algunos voluntarios ha crecido un verdadero entusiasmo por formar parte de un colectivo que llene sus aspiraciones de pertenencia. Y no hay que descartar los sentimientos patrióticos. Es así como su temperamento romántico, propio de la edad, puede ser blanco fácil de la propaganda que habla de la Fuerza Armada como el sitio ideal para “servir a la Patria”.

También la publicidad muestra los cuarteles como escuelas para la formación técnica. Entonces, puede que ocurra una combinación de estas dos últimas motivaciones. Al afán de pertenecer a una organización es posible que se una la muy legítima aspiración de “tener un futuro”, como ha dicho Alcides Martínez, uno de los soldados quemados que sobrevivió a la celda de castigo de Fuerte Mara, quien exige una indemnización para –en parte- cubrir los gastos de las secuelas de las quemaduras.

Con seguridad habrá otras razones que impulsen a sumarse a la milicia, pero lo cierto es que los voluntarios y los forzosamente reclutados son “disciplinados” con los mismos métodos. Y a pesar de todas las críticas hechas en el pasado por quines hoy gobiernan, los actuales altos oficiales siguen cometiendo abusos con sus subalternos. No sólo se violan elementales derechos humanos, sino que continúa la práctica vergonzosa de usar a la tropa como servicio doméstico. Tampoco es extraño ver al transporte militar haciendo la mudanza de generales que han comprado su nueva casa.

A la muerte de los soldados quemados en Cumaná se suma un elemento de cruel ironía: eran voluntarios. La organización militar les pagó con el peor castigo sus ganas de formarse dentro de ella y de contribuir ingenuamente a la construcción del país.

El mundo militar siempre será una esfera llena de misterios. Pero en estos años de tanto cacareo de unidad cívico-militar que intenta cerrar la brecha, el telón de niebla se ha espesado. En este nuevo episodio, de soldados quemados hasta morir, ha resurgido el rumor de que en las guarniciones venezolanas hay elementos cubanos del llamado G-2, que realizan esa amedrentante piromanía para eliminar cualquier expresión de descontento. Esto debe ser totalmente aclarado.

Pero surge otra inquietud. ¿Cómo imparte las órdenes Chávez? Si le creemos que había prohibido las celdas de castigo en los cuarteles, parece que allí nadie le hizo caso. Y si no fue cumplida esa orden, ¿por qué no hay nadie destituido de su cargo? Ni siquiera ha habido una renuncia de quita y pon como la de Jesse Chacón cuando asumió la responsabilidad de hacerle decir a Chávez que las quemaduras de los soldados de Fuerte Mara “eran leves”.

El ministro de la Defensa debería decir algo más que repetir el libreto de Fuerte Mara, al igual que el general Baduel (si es que éste no está entretenido en un viaje astral a la Alemania del siglo XV). Ambos deberían renunciar a sus cargos porque no han tomado las previsiones para impedir otro asesinato de soldados a consecuencia de la aplicación de castigos en los cuarteles. Pero, como siempre, el mecate estallará por lo más angosto: parece que el único culpable será otro soldadito a quien, según dicen sus padres, lo obligaron a firmar una confesión sin permitirle su lectura.

No sabían Romer José Luján y Raúl Royett aquella mañana que con entusiasmo adolescente se presentaron en la oficina de conscripción militar, que les esperaba una muerte tan temprana. Muchachos que ya no pueden sonreír, ni fantasear, ni enamorarse; tampoco acercarse a sus sueños de una vida mejor; ni siquiera morir en una acción de defensa del suelo patrio, porque fueron encerrados y quemados en una celda de castigo que supuestamente (¡cuántas veces habrá que usar esta palabra en los días de sospecha e incertidumbre que vivimos!) había prohibido el comandante en jefe.

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