Opinión Nacional

Volver a empezar

Después de lo ocurrido la semana pasada, no queda otra. Los errores se pagan y, como consecuencia de lo sucedido, el presidente de la República Bolivariana y su gobierno se han afianzado aún más. Aunque los asesinatos de la Baralt habían minado su credibilidad, el fracaso de la Carmonada les había permitido un respiro. Sin embargo, fue tal el efecto de la masacre a los ojos de los venezolanos que, aún después del triunfo indudable que significó el retorno de Chávez, su gobierno se sintió tan resentido que comenzó a vislumbrarse como probable el final del proceso. La mejor demostración fue la concentración del oficialismo en la Avenida Bolívar. Por más que obligaron a los gobernadores y alcaldes afectos al régimen a enviar contingentes numerosos bien remunerados, el número de personas apenas si llenó la arteria vial, lo que significó un total de no más de ochenta mil manifestantes. Si lo contrastamos con la marcha del 11 de Abril que sumó no menos de 400 mil personas, estaba visto que el proceso bolivariano había sufrido un revés de tal naturaleza que resultaba previsible un desenlace fatal. Ahora, la cosa es distinta.

El supremo sacrificio

La mejor demostración de que es así la constituye la decisión de dejar en libertad a los presuntos homicidas del puente Llaguno. Tan seguros se siente el oficialismo que se ha atrevido a mostrar su verdadera cara. Con lo cual se disipan las dudas. Sea culpa del tribunal, sea de los fiscales del Ministerio Público, la realidad es una sola: todos los poderes públicos tienen un único norte: defender el proceso a como dé lugar.

¿Por qué creen que Chávez renunció el 11-A? Pues, por una cuestión de percepción. Por la misma razón que hizo posible la Independencia. Cuando los venezolanos de 1811 le dijeron a los españoles que estaban dispuestos al supremo sacrificio, con tal de verse libres, la guerra ya estaba ganada. Lo mismo ocurre el 11 de Abril. La cuestión de Pdvsa lleva al paro indefinido; se caldean los ánimos de tal forma que se improvisa una marcha hacia Miraflores con el objetivo de sacar a Chávez. Eso, al menos, lo cree así el presidente. Si llegan a Miraflores me sacan y hasta me linchan. Por eso trae los tanques, para amedrentar. Por eso los asesinos comienzan a hacer fuego sobre los manifestantes. Éstos se repliegan, pero vuelven a cargar. El jefe del Estado y el Alto Mando Militar se dan cuenta de que tendrán que asesinar a por lo menos quinientas personas para disolver la marcha. Saben el repudio que causó la muerte de 400 personas durante el Caracazo. Esta vez, ni siquiera se trata de saqueadores. Son civiles desarmados, inermes que sólo intentan ejercer sus derechos. La única solución es la renuncia. Con ella, los manifestantes se dispersan. Vendrán luego los errores de la Carmonada y la disensión en las filas militares que determinan el regreso de Chávez. Pero eso es harina de otro costal.

Objetivo: Miraflores

Desde entonces la oposición ha continuado con su táctica de marchar como manera de quejarse y el gobierno se ha dedicado a demostrar con contramarchas que también cuenta con un buen número de seguidores. La fecha del 11 se transformó en emblemática para la oposición. Así, el 11 de mayo se dieron cita en el Parque del Este para conmemorar el asesinato a manos de los seguidores del gobierno de los 19 héroes de la jornada de abril y para exigir la constitución de una Comisión de la Verdad que dilucidara en un tiempo perentorio lo que ocurrió entonces. La lentitud de la Asamblea Nacional en aprobar la Ley respectiva volvió a caldear los ánimos. Y comenzó a popularizarse el sentimiento de que la presión debería ejercerse directamente sobre el palacio presidencial, que el objetivo de la marcha opositora del 11 de julio, aniversario de los tres meses de la masacre, debería ser Miraflores. Los líderes agrupados en la Coordinadora Democrática así lo dejaron entrever. Nos asiste la razón, decían y tenemos el derecho, como todo venezolano de demostrar pacíficamente y sin armas.

“¡No contaban con mi astucia!”, diría Chávez parodiando al Chapulín. Vamos a ver si de verdad tienen tabaco en la vejiga. Yo les voy a atravesar un cordón policial y de la Guardia Nacional y sacaré a relucir un Decreto de Carlos Andrés, a ver si se atreven a cruzar. Y aquí vino de nuevo a jugar su papel la percepción. “Si cruzan, me jodo”, diría el de Sabaneta, “porque habrá aporreos, contusiones y hasta algún muerto y esto puede llevarme a la misma situación del 11-A. Pero si todo es puro aguaje; si los oligarcas se corren, gano la partida. Después ya no podrán convocar más marchas cuyo objetivo sea Miraflores. Nadie les va a creer. Es el cuento del lobo.”

La unidad de doctrina

Y así fue. Los líderes no quisieron asumir la responsabilidad de los muertos. No supieron asumir la responsabilidad de los generales. Actuaron como subalternos. Después de La Pelota, el gobierno jugó la misma con la oposición. No quedó otra cosa que la anarquía. Tomar la autopista; llegarse hasta la base aérea; entregar un papel. El fracaso más absoluto. La respuesta del gobierno no se hizo esperar. Soltaron a los presuntos asesinos.

Un ejército no funciona sin unidad de doctrina y sin unidad de mando. Mientras el pensamiento de la oposición continúe disperso, Chávez tiene todas las de ganar. Porque quizás sin darse cuenta, la oposición le hace el juego al gobierno. Actúa como una verdadera oposición de un gobierno democrático y éste, convénzanse, no lo es. A veces parecen dos grupos de copeyanos: la oposición, los aceptados en el Opus y el gobierno, los resentidos que los rechazaron. Cuando realmente no son dos campos de una misma ideología. Son dos ideologías contrapuestas que no se pueden dar cuartel y en cuyo conflicto vale cualquier arma. No entiendo, no logro entender, por qué a la oposición les molesta que los llamen golpistas. Si ésa es la única manera en que se puede salir de Chávez. Por la fuerza. La consecuencia de los sucesos de Llaguno han demostrado hasta la saciedad que una salida constitucional no puede haber, porque las instituciones todas obedecen a un solo proyecto de país. En tales circunstancias no hay diálogo posible; únicamente dos monólogos de sordos.

Carter

Esta semanita fue pródiga en errores. Invitado por el gobierno, el expresidente Jimmy Carter llegó a Caracas, para buscarle salida a la llamada crisis de gobernabilidad. Luego de conversar con los poderes del Estado y reunirse también con las distintas agrupaciones de la sociedad civil organizada y de la oposición, el expresidente los invitó a reunirse unos con otros, en una mesa redonda dirigida por él. La respuesta de la oposición fue negativa. Tenían entre manos la marcha y pensaron que la misma sería de una importancia tan decisiva que haría innecesario el diálogo, porque después de ocurrida, la situación habría cambiado irremisiblemente en su favor.

Fue indudablemente una grosería. Con los legados de ningún imperio se puede actuar de esa manera. Máxime cuando esa potencia fue la única es mostrar alguna simpatía en momentos difíciles. Dicen que la ingratitud es el peor pecado y, si le añadimos la flaqueza demostrada en La Pelota, el jalón de orejas de Otto Reich era de esperarse.

A la Oposición le queda una última baza. La economía sigue postrada y los principales agentes económicos tanto nacionales como internacionales o multilaterales continúan dándole la espalda al desgobierno bolivariano. Nadie le tiene confianza. Quizás una huelga general indefinida finalmente convenza a los militares a retirarle el apoyo.

Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera, politólogo y periodista. Fue Embajador de Venezuela en Austria, Canadá, Jamaica, Paraguay, San Vicente y las Granadinas, El Salvador y Barbados.
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