Opinión Nacional

¿Y ahora qué?

No encuentro personas que no se sientan víctimas o amenazadas por la barbarie presente en Venezuela: inseguridad y desprecio por la vida, pérdida de institucionalidad, anomia o carencia de sentido de ley, secuestros, insultos, basura que se va tragando la ciudad, empleo precario, falta de seguro social, en suma, calidad de vida cotidiana decreciente. Son hechos y realidades dramáticas y nadie puede desear (no importa su color político) que éste sea el futuro permanente de Venezuela, ni resignarse a aceptar que somos un país sin remedio.

La superación de este clima degradante y depresivo por uno nuevo de paz y de acuerdos nacionales es la condición básica para construir la Venezuela que necesitamos, pero llegamos a las elecciones con un panorama contrario: insultos, descalificaciones, amenazas de tanques, cárceles y eliminaciones, que ni en momentos de locura son deseables ni aceptables. Tampoco resulta alentadora la poca capacidad de presentar con fuerza ética alternativas que movilicen las convicciones y fuerzas creativas de los venezolanos.

Desde luego, hay que votar, hacerlo con conciencia y defender el voto; pero cualquier triunfo o derrota debe dar rápidamente paso a la recuperación de posibilidades para construir algo deseable. También debemos estar alerta sobre posibles intentos de radicalizar lo indeseable.

Cualquiera que sea el mapa nacional que resulte de las elecciones, Venezuela no puede continuar esta marcha alocada caminando en círculos viciosos en el desierto con el engaño de que vamos avanzando hacia la tierra prometida. El Gobierno deberá entender que cuatro años más así son insostenibles.

Pero hay más; en enero (¿o en diciembre?) nos despertarán otras noticias socioeconómicas graves que pedirán a gritos bajarse de las ilusiones y abrir un diálogo (a algunos hasta la palabra les molesta) serio sobre problemas concretos cuyo mejoramiento exige nuevo encuentro entre los diversos sectores y con el país, nuevas actitudes éticas y de colaboración en proyectos realizables. Eso no nos llevará a la tierra prometida, pero sí ayudará a asumir responsablemente en tiempos de vacas flacas las tareas que fueran desdeñadas en tiempos de las gordas. No es sólo problema del gobierno sino de la nación entera, pero es el gobierno quien tiene que iniciar el cambio constructivo, estimular propuestas y promover esfuerzos cuya libre circulación y discusión caracterizan a una democracia plural. No es una mera corrección política, sino un inmenso reto para los resortes éticos del país.

Nuestra independencia no nació como proyecto militar, sino como un proyecto civil basado en la razón, los derechos fundamentales de los pueblos y la dignidad humana para todos. Sus concreciones evolucionan a lo largo de 200 años, pero la ética y la dignidad humana es el alma permanente de la construcción republicana. Las armas y los soldados fueron un necesario mal menor contra las armas españolas, y el caudillismo demagógico su funesta consecuencia duradera. Lo nuevo y liberador de la República era la inspiración de soberanía para crear un modelo de sociedad, política y religión, ordenado hacia la libertad y dignidad, personal y social. No se puede invocar hoy al bolivarianismo para legitimar el envilecimiento, agresividad y degradación que vivimos, sino para mover los resortes éticos, la unión y la creatividad del país en estos momentos de grave naufragio.

Cualquiera que sea el resultado electoral del domingo, toda Venezuela está obligada a entrar en una nueva etapa constructiva, con menos armas, insultos, amenazas y muertes, y más verdad, respeto y creatividad solidaria para enfrentar la crisis entre todos y por todos. Se buscan nuevos liderazgos y actitudes ciudadanas para amortiguar las serias dificultades, defender la vida y elevar la calidad productiva y ciudadana de nuestro país hacia la Venezuela necesaria que todos queremos. Las diferencias pueden estar en el cómo y en el quiénes deben dirigir este camino de construcción, sin volver al pasado.

¿No sabremos aprovechar el vacío postelectoral (luego de las engañosas o legítimas celebraciones de triunfos electorales) y el golpe deprimente de la realidad nacional agravada, para llegar a algunos acuerdos constructivos hacia un país libre de miseria y de exclusión en cualquiera de sus formas?

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