Opinión Nacional

Y Dios tuvo que intervenir…

 Esa furia asesinó, pateó, humilló y aterrorizó a los venezolanos que osaron oponerse a los designios perversos del castrocomunismo. Y fue tanta la maldad disuelta en el ambiente cotidiano de nuestra Venezuela, que Dios tuvo que intervenir y oponer su mano poderosa para detener la infamia que, bajo la égida diabólica del pavoroso “candanga”, se abatió sobre la república con la pobreza como excusa, aunque, mientras Lula da Silva alivió a 24 millones de brasileros en diez años, Chávez en trece la ha exponenciado, empujando hacia ella a la clase media, pero para un importante porcentaje de esa pobreza doliente, Chávez sigue siendo el ungido y parece decidida a pasar 50 años en el desierto, siguiéndolo en medio del hambre y las más terribles penurias hasta una tierra prometida que sólo existe en la retórica del desvarío ciego ante la evidencia histórica. Así que de nada sirve como discurso señalar las terribles fallas del gobierno en materia de seguridad social, que afectan también al pueblo chavista que sufre en llaga viva y demanda satisfacción, pero que es monolítico en su militancia mística, bajo el supuesto de que Chávez le tendrá algo mejor dispuesto… allá… en el distante tiempo -en el 2021: En la Kábala el Nº 21 (shin) significa Poder, es decir que su poder no estará consolidado hasta el 2021- porque hay que entender que las promesas místicas encierran una realidad virtual que parece tangible para la conmovedora ingenuidad de la ignorancia.
Por esto Dios tuvo que meter su mano Chávez se ha involucrado intensamente en el submundo del mal representado por Bael, una deidad de tercer nivel en la jerarquía infernal, pero de alto rango militar, que es un siniestro personaje de tres cabezas, de sapo, hombre y gato, comandante de 66 legiones del infierno. Son ya públicas sus sesiones de magia negra -“Miraflores hiede a animales muertos”, denunció el padre Palmar- y su entrega a la protección de santeros y babalaos cubanos lo ha separado del ritual religioso cristiano del bien común. La decapitación de imágenes religiosas hechas por sus fanáticos, también poseídos del espíritu del mal, por castración de la conciencia individual, fueron sugeridas por la fuerza comunicacional de Chávez, al burlarse frente a ellos de la invocación a María por sus adversarios, como una manera de aterrorizar porque anuncia la decapitación posible si no se someten a sus designios, porque si se destruyen con tanto desprecio las imágenes de la devoción, y se insulta y maldice a la jerarquía eclesiástica con tal desparpajo, todo el mal puede esperarse de los perpetradores.

La retórica oculta de los símbolos chavistas
En aquella primera hora del ascenso al poder y en busca de su perpetuidad el chavismo íntimo encontró que la esvástica nazi, desviada hacia la izquierda, era un símbolo del mal que atraía poderosamente las voluntades de los que estaban tocados por fuerzas ocultas -resentimiento, codicia, odio de clases y deseos de venganza- y los situaban en posición de ser controlados con facilidad por el magnetismo maléfico del líder. Así que tomaron los colores negro, amarillo y rojo -el color de las deidades infernales, símbolo del mal y la violencia- del partido nazi para su logo con las siglas representadas con una M inclinada hacia la izquierda (levógiro que remite a la destrucción, la involución) confesión de su relación con el mal, y una R inclinada hacia la derecha (dextrógiro) que define la afirmación de su compromiso con el mal, y en el centro, dentro de un círculo o aura dorada, que evoca el martirio de los primeros cristianos como símbolo de la expiación a la que debe ser sometido el país, una V ensangrentada, que supuestamente significa 5ª república, pero que en realidad es una lanza puntiaguda que evoca la lanza de Longinos, el arma con la que el centurión romano Cayo Casio perforó el costado de Jesús, y que supuestamente los nazis poseían y a la que atribuían la “invencibilidad” de Hitler. Pero como fue tan obvia la intención en aquella época, Fidel -otro discípulo de Bael y quien reclutó a Chávez- ordenó ocultar aquel altar tras un ropaje hipócrita -el PSUV- y Chávez ordenó más tarde -para seguir con el engaño- eliminar el rojo de las vestimentas, pero la sumisión al señor de las tinieblas se mantiene inalterable -la indiferencia con los ciento cincuenta mil muertos de su gobierno testifican como sacrificios humanos, así como las ofrendas en cautiverio.

Conclusión
Chávez, un discípulo de mal -golpear con el puño izquierdo la palma derecha es símbolo de la imposición del mal sobre el bien, de la violencia sobre la razón representada por la palma inerte- cuyo poder pivota en su supuesto amor a los desposeídos a los que contradictoriamente mantiene en precariedad vital, como Bael lo requiere para nutrir sus legiones, y que tiene un manual concebido para la dominación a través de la supervivencia por la sumisión, desestimó la inmensa fuerza espiritual de nuestra fe milenaria, la que ningún tirano ha podido destruir, y “por ahora” peregrina por los templos de la imaginería popular, que se mantienen sordos a sus falsas plegarias, porque Dios sólo escucha la voz del corazón y Bael silencia el corazón de sus siervos.
 

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