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¿Por Qué Sigo Teniendo Esperanza? (8)

Me había sentado a escribir sobre la experiencia que había tenido la noche anterior y había hecho de todo menos eso.  Ya tenía que irme y decidí sentarme nuevamente ante mi laptop solamente para escribir unas palabras que me recordaran mi objetivo cuando la volviera a abrir nuevamente.  Escribiría sobre Javier…Ese era su segundo nombre.  No lograba recordar el primero.  Creía que comenzaba por D…Era uno de esos nombres típicos en Venezuela que sonaban a un nombre en inglés pero que se escribía como si se estuviera leyendo en castellano…A lo mejor también había un trabajo creativo de por medio donde se habían conjugado el nombre de la madre y del padre, o del abuelo…En fin, me referiría a Javier.

Esa noche había entrado en una tienda para acompañar a alguien a comprar algo.  Como es típico también en Venezuela, nada es exactamente como uno esperaría que debe ser …Le encantaba su país…Le hacían gracia cosas como el primer nombre de Javier, aunque no lo recordara, y como el hecho de entrar a una farmacia pensando que estaba acompañando a alguien a a comprar medicinas y viéndolo comprarse unos helados…Había estado viajando y había tenido experiencias maravillosas pero sentía que su hogar era Venezuela, aunque la pasara muy bien en cualquier otro lugar también.  Nada como el clima de Caracas y como la calidez de su gente, independientemente de las circunstancias.  Nada como la espontaneidad, el humor, la creatividad y la risa del venezolano…

Cuando iba entrando a la farmacia, un muchacho que estaba parado cerca de la entrada me dijo algo.  Tenía una franela blanca sin mangas, como las que se usan debajo de las camisas.  Creía haberle escuchado diciendo que por favor le comprara algo de comer pero quería confirmarlo.  Me detuve, me acerqué a él, lo miré y le pedí que por favor me repitiera lo que me había dicho porque no le había entendido.  Efectivamente, el muchacho me estaba pidiendo que le comprara algo de comer. Le dije que le compraría algo y le pedí que entrara conmigo a la farmacia.  Él dudó un instante pero accedió a acompañarme.

Le pedí que escogiera él mismo lo que quería. El muchacho conscientemente miró los precios que eran inalcanzables para él y tomó lo más barato que logró conseguir. Era un paquete con varios bizcochos.  Comentó que vivía con su mamá y que tenía hermanos.  Sabía que podía estar mintiéndome. Me había pasado en numerosas oportunidades que menores que pedían dinero o comida le mentían descaradamente.  Como ella seguía indagando, quedaba evidenciada la mentira.  Ya en ocasiones anteriores me había impresionado la capacidad que algunos de ellos tenían de mentir mirando de frente a los ojos, sin ningún problema y sin ningún sentimiento de culpa. Seguí conversando con Javier ya haciendo la cola para pagar y le pregunté si sabía leer.  Era una de las preguntas que solía hacerle a los menores a quienes les compraba comida.  Javier contestó que sí.  Tenía 13 años.  Le puse el paquete que tenía en la mano y le señalé una parte del empaque pidiéndole que leyera.  Me sorprendí gratamente cuando escuché cómo leía exactamente lo que estaba escrito en una voz clara y segura.  Lo felicité y él me contestó sonriendo satisfecho: “También me sé las tablas!”. “¿Las tablas de multiplicar?”, le pregunté.  “Sí”, respondió enfáticamente. Inmediatamente le dije sin pensarlo:  “A ver, ¿cuánto es 7 por 8?”.  Me arrepentí apenas hice la pregunta. ¿Por qué le había preguntado de la tabla del 7 que era una de las más difíciles?… Mi mente no había podido terminar de formularse la pregunta internamente cuando llegó la acertada respuesta: “56”.  Sonreí y Javier también sonrió.  Seguimos con las tablas mientras avanzábamos en la cola y Javier seguía contestando rápidamente, sin esfuerzo. Lo felicité y le dije que era muy inteligente y que tenía mucho que aportar a la sociedad si utilizaba adecuadamente sus talentos. Mi amigo médico, con los helados en la mano, le dio unos consejos para que se curara una alergia que tenía en la piel.  Javier lo escuchó con atención.

Me despedí de Javier con cariño, sabiendo que algo de lo que habíamos compartido en esos momentos había sido positivo tanto para él como para mi.  Le pedí a Dios que lo protegiera y que lo amparara en su camino. Se fue comiéndose uno de los bizcochos, llevándose los demás para compartirlos con su familia, junto con un litro de leche que también le ofrecí.

A pesar de la dura situación que atraviesa el país, a pesar de las circunstancias que nos rodean, a pesar de la necesidad extrema diaria que afecta a tantos, todavía existen muchachos como Javier, amables, educados, y con un potencial increíble que pueden aportar mucho a Venezuela. Tenemos una excelente materia prima…La gran pregunta es qué vamos a hacer con ella.  Por muchachos como Javier, y por muchas otras razones, sigo teniendo esperanza…

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