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Ruptura, cambio y transformación

¿Qué decir de la educación? Entrado el siglo XXI, luego de haber trascendido sobre coyunturas, escisiones y roturas de toda índole, género y carácter, no es mucho lo que de la importancia de la educación podría decirse. Aunque pudiera intentarse desde la perspectiva de la complejidad. O desde los enfoques de la transdisciplinariedad, de la incertidumbre histórica y hasta de la dialógica democrática.

No cabría duda de que podría inferirse un concepto de educación que justifique los cambios, exigencias y nuevas realidades que pausan la dinámica del conocimiento. Y por lo tanto, de la educación en cuanto a la pedagogía y la didáctica de las ciencias que moldean y ordenan sus consideraciones.

Los tiempos actuales son distintos de los que signaron la vida del siglo XX. Para entonces, la educación se valió de conceptos y aplicaciones de tecnologías educacionales que, desde los enfoques que fundamentan las actuales realidades, perdieron buena parte de la racionalidad que sirvió de sustento de las razones que le insuflaron su fuerza explicativa.

De manera que la formación de los educadores que hoy forman las generaciones del futuro, se preparan con base en otros paradigmas. Sobre todo, de aquellos que afianzaron los principios del conocimiento pertinente. Por supuesto, partiendo de todo lo que asentó la filosofía y sociología de la educación. Particularmente, luego de aceptar que la educación se halla sujeta al hecho de comprender que su naturaleza está anclada a valores morales y éticos.  

Del educador actual

El educador del siglo XXI sabe responder a exigencias derivadas de las controversias que fecundan las premuras que han venido incrustándose en la piel de los múltiples problemas, caos y crisis del mundo vigente. Su manejo de la gnoseología, lo lleva a conocer las nuevas dimensiones de la cognición y de la filosofía del conocimiento.

De ahí que un educador, formado tal y como hoy es demandado, no es el remedo de cuanto problema redunda en un individuo, groseramente absorbido por la degradación imperante. Es la visión que la universidad y los pedagógicos le imprime a lo que denota la preparación del educador de estos tiempos, según las exigencias de las realidades.

Este educador, representado en la figura de maestro o profesor, debe tener la capacidad suficiente para encarar los nuevos pluralismos que hoy actúan desde los sitiales del poder político, económico y social. Por eso, el educador actual es la expresión de un mundo para el cual, el conocimiento es la estructura a la cual se fija el futuro. Ello, en virtud de lo que compromete su discurrir posible y viable.

Sin embargo, la descomposición embutida como razón de atraso político y social en países atrofiados por modelos de desarrollo obsoletos y deformados en su genética sociopolítica, ha hecho mella en la educación. Asimismo, en el magisterio.

De ahí que las realidades se complicaron en términos de lo que las ofertas electorales se aventuraron a prometer como factores de cambio, promesas de desarrollo que se embrollaron en su interpretación. En consecuencia, sus realidades se han visto entramadas por problemas que van desde la paralización de la institución educativa, hasta la protesta multitudinaria de educadores reclamando las carencias que el desarrollo de su profesión adolece.  

La educación incomprendida y apaleada

El desdibujo que lucen países atrapados por revoluciones de discurso y de cartón, además desvergonzadamente desarticuladas de la democracia entendida como campo de ejercicio de libertades, hizo que la profesión docente se desnaturalizara. Esta situación incitó a que muchas personas equivocaran el concepto de magisterio. En consecuencia, confundieron la praxis del educador. Desfiguraron la significación de la educación.

De manera que mermaron el valor de la educación. Esos individuos, incultos por vocación, no tienen la menor idea de que el educador es la persona que no sólo suple la función del hogar en cuanto a moralizar al educando y motivar su desarrollo. No entienden que el aula es el espacio en donde el educador aplica su conocimiento y demuestra su talante. Pero no sólo es en el aula física.

El concepto de aula ahora es diferente. Es el ambiente en que el educando alberga y desarrolla su anhelo de crecer. En su ámbito, el educador reposa su humanidad y espiritualidad pues así logra integrarse al mundo interno del educando. Y tal hecho lleva a que el magisterio pueda escribir el prólogo de la libertad. Asimismo, el prefacio que afianza los valores trascendentales del hombre.

El hecho de sensibilizar al educando en función de lo que todo ser humano tiene para sí, es una tarea que nadie, sin la convicción, vocación y formación del educador, es capaz de lograr. Decía José Miguel Monagas, excelso maestro y profesor, que “un maestro es un trozo del alma de un pueblo”. Su labor y presencia, “implica un mensaje. En él, su esencia se halla en el sentimiento y la idea”.

Razón esa para haber escrito que la destreza del maestro en el dominio de las estrategias didácticas o de las teorías pedagógicas, “(…) constituye en definitiva, la obra del maestro”.

Así pues, son innumerables las razones para valorar la pedagogía y al magisterio como las armas que mejor atinan a reducir la ignorancia como expresión de atraso, servilismo y adulancia. Más, si se comprende que la educación es la vida misma. Es la calidez que templa el alma para la vida.

Por eso, vale justificar cada instante de lucha que hoy afronta porque mientras el educador está reclamando sus derechos, está igualmente enseñando. Enseñando respeto, dignidad y equidad. Al fin, son formas de dar cuenta al mundo que la lucha del magisterio, son exigencias para construir un mundo partiendo de necesidades clamadas con el propósito de postular para realidades oscurecidas, modelos de ruptura, cambio y transformación.

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