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Santos, la catástrofe y la opinión

Tras la cobarde matanza de 11 militares en Timba, Cauca, realizada hace unas semanas por las Farc, llegó lo del soldado Edward Ávila Ramírez quien perdió sus dos piernas por una mina antipersona del Eln, luego de lo cual los terroristas exhibieron una de sus piernas como macabro trofeo en la reja de un colegio cerca del lugar de la explosión, en Norte de Santander.

Una onda de emoción y de rechazo sacudió al país, una vez más. El país está en cólera y con el corazón roto por ese doble acto de barbarie de la guerrilla castrista, y por lo que está ocurriendo, además, en el escenario político. Tras la atrocidad de la mina y de la grotesca exhibición, el Eln agredió de nuevo a su víctima al decir que no habían sido ellos los autores de esa exhibición escandalosa.  Apelaron, como siempre, a la mentira para desorientar a la opinión. Solo que esta vez  la indignación de los colombianos ante la mentira, en lugar de menguarse, aumentó. La respuesta de los terroristas fue seguir matando. Ultimaron a dos soldados más en Cubará, Boyacá, lo que fue completado por dos emboscadas de las Farc en Caquetá que terminaron con la vida de dos soldados. Prólogo de lo que ocurriría horas más tarde en La Uribe, Meta, donde un helicóptero militar fue «accidentado». Balance: cuatro militares muertos y dos más heridos.

El país sufre, y su sufrimiento va hasta lo más hondo del espíritu pues ve que las atrocidades repetidas del terrorismo comunista no conmueven a los dirigentes políticos en el poder. El presidente Santos condenó en un twitter de 14 palabras la salvajada cometida contra el sub oficial Ávila y prometió «redoblar los esfuerzos contra de esa organización criminal [el Eln]». Sin embargo, los autores del atentado no han sido capturados y Santos continúa en su línea de abrir una negociación política con el Eln, siguiendo el modelo de concesiones adoptado ante las Farc.

Santos insiste en continuar las transacciones con esos monstruos  como si nada hubiera pasado. Peor: Santos y sus ministros explotan el acto abyecto del Eln para reforzar su estrategia de capitulación ante el narco terrorismo. La prensa adicta corre a decir que no hay alternativa a lo que hace Santos y que entre las Farc y el Eln las actitudes son diferentes. Como si entre las Farc y el Eln no hubiera una política de coordinación de agresiones en estos momentos, como si la naturaleza de esos dos aparatos de muerte no fuera idéntica, por ser idénticos sus orígenes, sus métodos y sus objetivos. Como si lo ganado por uno de ellos no fuera a beneficiar inmediatamente al otro.

Lo que acaba de hacer el Eln en Norte de Santander debe ser visto en su real dimensión.  ¿Qué significa que ellos hayan escogido un colegio para exhibir, como trofeo, la pierna de un soldado mutilado? ¿Qué están diciéndole al país y al mundo?

Que el clima de negociaciones y el falso «desescalamiento del conflicto» les abrieron brechas para cometer las peores fechorías. Que el odio de ellos por el ser humano, sobre todo por los más necesitados, como son los jóvenes y niños campesinos, y no sólo por la fuerza pública y la sociedad democrática, es sin fondo. Que su deseo de crimen es indomable y gratuito. Que son capaces de construir el infierno, aquí y ahora.

El acto cometido en Convención, Norte de Santander, muestra dos campos enfrentados y diferentes: el del bien, encarnado por  Edward Ávila Ramírez, un soldado de 26 años que desde un hospital de Bucaramanga dice que está «orgulloso de haberse sacrificado y de haber evitado posiblemente la muerte de muchos niños». Edward, padre de una niña de 8 años, declara que él intentó desminar ese lote por su Patria aunque eso le haya costado casi la vida. El país se inclina ante la nobleza y generosidad de ese joven militar, Edward Ávila Ramírez. La solidaridad con él y su familia, la solidaridad de todos, de la sociedad y del Estado, debe ser tangible y pronta.

Del otro lado está el campo del facho-comunismo, del mal absoluto, el de los criminales sin remedio que son capaces de esconder minas antipersona en un platanal donde iba a ser edificado un parque infantil. Ellos querían matar campesinos y mutilar niños campesinos. Como no lo lograron montaron el cuadro macabro en un colegio tras herir al cabo Ávila y reforzaron eso con la mentira. Con ese gesto horripilante dijeron lo que le espera a Colombia si los dejamos llegar al poder, o si se comparte con ellos el poder.

Esa gente, el Eln y las Farc, mata y mutila sin reato alguno de conciencia y Santos sigue en la lógica de hacerles concesiones enormes. Santos envía así su propio mensaje: no hay dos campos contrapuestos, hay un solo campo, el de la capitulación. Y los sufrimientos de los militares, de sus familias y del país no lo harán cambiar de ruta. Ante eso no queda sino una salida. Si Santos no quiere renunciar al suicidio colectivo de la nación, los colombianos debemos cambiarlo a él.

La fuerte caída de popularidad que sufre Santos y el aumento de la desconfianza de la ciudadanía ante el falso proceso de paz muestran una cosa: la brecha que siempre existió entre el presidente y el país se agranda y el mismo campo de Santos se resquebraja. El país quiere salir de la pesadilla que se inventó Santos.

Santos aplica una política de jugar con la vida de todos. Suspendió el uso de la Fuerza Aérea contra las Farc (dice haber dado una contraorden luego de la masacre de Timba), suspendió las extradiciones de narcoterroristas a Estados Unidos, suspendió las fumigaciones aéreas de los cultivos ilícitos, anuncia que lo que está tramando en secreto con las Farc en La Habana será validado por una asamblea de origen dudoso, que tendría poderes constituyentes. Intriga con la Fiscalía para encarcelar a los líderes del único partido de oposición, el Centro Democrático. Intriga para que el Procurador General que lo critica sea destituido. Intriga para que el parlamento le sirva los platillos legislativos que el pide. Intriga para que Bogotá siga en manos de un alcalde que destruye la ciudad. El país no respira. Las libertades, la separación de poderes y las garantías judiciales se esfuman.

Un sentimiento de impotencia cunde en todas partes. Al insistir en esos métodos revolucionarios, basados en una maquinaria institucional que debe aplastar toda voz disidente, toda crítica antisubversiva, Santos rompe el vínculo de solidaridad y confianza que nació del voto ciudadano y que debe existir entre gobernante y gobernados. Esa política para salvarle la cara a las Farc y al Eln, y a quien sabe qué otros intereses, lo invalida para seguir al frente del Estado.

Hay una vía jurídica para deshacerse de un presidente que ha perdido el norte, que ha perdido el resorte moral e intelectual que requiere todo buen jefe de Estado y que lleva, por eso, su país a un abismo. Las democracias no son impotentes, hacen uso de las vías de derecho para sacar del poder al líder que se puso, él mismo, al margen de la legalidad con sus actos irresponsables. Como le ocurrió a Richard Nixon, a Fernando Collor de Mello, a Abdalá Bucaram, a Fernando de la Rúa y a Manuel Zelaya, entre otros.  A grandes males, grandes soluciones.

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