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Uruguay: el día después

El domingo 24 de noviembre, con una cuota de suspenso mucho mayor a lo previsto, se concretó el desenlace que la votación del 27 de octubre permitía anticipar: Luis Lacalle Pou fue electo presidente de Uruguay.

De este modo, llegó a su fin el extenso ciclo político de predominio del Frente Amplio, iniciado con la victoria de Tabaré Vázquez en la primera vuelta de la elección nacional de 2004. La derrota del partido de gobierno es un testimonio de cansancio respecto al elenco gobernante frenteamplista, frustración ante los problemas acumulados y anhelo de cambio (caras nuevas, políticas públicas diferentes).

El nuevo equipo gobernante tendrá que lidiar con asuntos delicados: entre otros desafíos, hereda un déficit fiscal alto, una economía con problemas de rentabilidad, una sociedad muy preocupada por el avance de la criminalidad, un sistema educativo con serios problemas de cobertura y equidad en la enseñanza media. Sin embargo, cuando se haga el balance del legado de estos tres lustros habrá que decir con toda claridad que el pasaje del FA por el gobierno fue positivo. El país creció, combatió la pobreza y la desigualdad, avanzó decididamente en la agenda de derechos y construyó nuevas instituciones valiosas, desde la Institución Nacional de Derechos Humanos a la Universidad Tecnológica, pasando por la reforma de la Fiscalía y el nuevo Código de Proceso Penal.

Ya habrá oportunidad de hacer un balance cuidadoso de lo actuado por el Frente Amplio en tanto partido de gobierno. En este momento es más importante aportar algunas reflexiones sobre los desafíos que habrá de enfrentar la coalición que tomará las riendas a partir del año que viene. En primer lugar, el gobierno que presidirá Lacalle Pou deberá cumplir con las expectativas generadas durante la campaña electoral en materia de políticas públicas. La coalición multicolor no ha ahorrado en promesas. Le ha ofrecido a la ciudadanía ocuparse de un amplio conjunto de temas que van desde la cuestión de cómo relanzar el crecimiento económico (mejorando el clima de negocios) hasta la atención a los desafíos del medioambiente, pasando por redoblar el combate al crimen y la reforma educativa, para mencionar solamente los principales puntos de la agenda. La agenda del nuevo gobierno está lejos de ser anodina. En verdad, luce más ambiciosa de lo factible.

El elenco político liderado por Lacalle Pou no solamente tendrá que cumplir con expectativas generadas respecto a cambios en políticas públicas. También ha generado una fuerte expectativa sobre su propio desempeño político. Esto nos conduce directamente al análisis de la segunda dimensión relevante a la hora de pensar en el día después: me refiero al funcionamiento y estabilidad de la nueva coalición gubernativa.

El Partido Colorado y el Partido Nacional han acumulado, a lo largo de la historia, múltiples aprendizajes respecto a cómo negociar entre sí. En el siglo XIX aprendieron a repartirse zonas de influencia política mediante la práctica de la coparticipación. En el siglo XX, una vez institucionalizada la democracia, aprendieron a pactar en el Poder Legislativo y a compartir tareas en el Ejecutivo. Desde la restauración de la democracia en 1985 hasta que el Frente Amplio los desplazó del poder, colorados y nacionalistas gobernaron en distintos formatos de coalición durante el 65% del tiempo. No debería sorprender a nadie, tomando nota de estos antecedentes, que se propongan gobernar juntos ahora. De todos modos, no contamos con suficientes elementos de juicio para anticipar hasta qué punto y durante cuánto tiempo Ernesto Talvi, el nuevo líder del Partido Colorado, estará dispuesto a permanecer en la coalición. Tenemos menos elementos de juicio respecto al general Guido Manini Ríos, líder de Cabido Abierto, la gran sorpresa de este ciclo electoral. Lacalle Pou logró construir la coalición electoral. Habrá que ver si consigue que funcione bien como coalición de gobierno.

La suerte de un gobierno, de todos modos, no es función solamente del acierto de sus políticas públicas y de la capacidad de cooperación de sus principales actores. También depende de cómo se relacione con la oposición. América Latina, tanto cuando se repasa su historia como cuando se revisa su trayectoria más reciente, aporta abundante evidencia respecto a la importancia de esta dimensión actitudinal. No hay democracia que resista oposiciones desleales. No hay oposiciones leales sin gobiernos que demuestren, en los hechos, que son capaces de respetar a quienes no forman parte de sus apoyos políticos y sociales. Desde luego, no hay que esperar que la oposición acompañe las políticas del gobierno. Es posible, en algunas circunstancias, en algunos temas específicos, construir acuerdos multipartidarios. Hay que esperar que la oposición discrepe en la mayoría de los asuntos con las orientaciones y decisiones del elenco de gobierno. Pero no es lo mismo construir una frontera que cavar una grieta. Las fronteras son necesarias. Las grietas son peligrosas. Las fronteras no deben convertirse en grietas. Esto no depende solamente de la madurez de la oposición. También depende de la lucidez del gobierno.

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