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Vuelvo y repito…

Sigo con lo mismo de la semana pasada: este es un Estado fallido.  Y, lamentablemente, los venezolanos tenemos demostraciones abundantísimas de este aserto.  El régimen es el culpable, por no haber sido capaz, en largos veinte años —contando con mayores cantidades de dinero que la suma de todos los presupuestos públicos de la vida republicana—de proveer las más primarias condiciones para la vida civilizada en grupo.  La vida en la etapa robolucionaria nos está llevando a cosas que estaban superadas en Venezuela desde los principios del siglo XX.  Hoy la gente ha vuelto a verse en la necesidad de alumbrarse con velas, cocinar con leña, curarse con bebedizos, recurrir a curanderos, emplear el trueque en los intercambios económicos.  En muchas personas impera un egoísmo atroz, viven en un constante “sálvese-quien-pueda”; la caridad, siempre tan presente en los venezolanos, ya no es cual solía.  La rapiña comienza por quienes debieran evitarla.  Es ya habitual, corriente, hablar de lo venales que son los que fungen como agentes de la autoridad.  Pero sucede que estos ven hacia arriba en el escalafón y lo que notan es que sus jefes son inmorales, deshonestos, corrompidos.  Y siguen el ejemplo…

Esos jefes, a su vez, no hacen nada distinto a lo que acostumbran los ministros de sus respectivas adscripciones.  Ladronazos, los muy malditos.  Pareciera que no les duele su patria.  También estos miran para arriba y lo que ven es podredumbre, saqueo, usurpación.  No obstante, al más alto nivel es comprensible (que no justificable): el tipo no nació aquí, su infancia y pubertad los pasó en Cúcuta, y desde su llegada a la adolescencia vivió en Cuba, reclutado por los cubanos para lavarle el poco cerebro que tiene.  Desde su regreso de la isla, no ha sido sino un fiel servidor del castrismo.  O sea, no tiene por qué dolerle esta tierra.  Que él sea lacayo de una dinastía dictatorial es su problema.  Pero que sus compañeros de correrías sean sus cómplices en entregar a Venezuela como colonia de un país que no es más grande, ni más populoso, ni más rico que el nuestro, no tiene perdón porque SÍ son venezolanos.  Muchos de esos secuaces, copartícipes en el delito, no están en el gobierno sino en otras “instituciones”: Poder Judicial, Fuerzas Armadas, Contraloría, Ministerio Público, Consejo Nacional Electoral, etc. —¡cómo provoca escribirlos a todos en minúscula!  Incluida esa entelequia que es dizque constituyente y que no es sino una cuerda de copartidarios rojos, meros ganapanes que asienten a todo lo que les mandan a decir desde La Habana vía Miraflores.  Y hasta unos cuantos Judas que fueron elegidos para la Asamblea Nacional en el 2015 pero que se vendieron bien caro; y no por unas pocas monedas de plata, como el de Iscariote.

Por eso es que se puede afirmar que lo que ha fallado no es únicamente el gobierno; es todo el Estado.  En razón de eso, no es aceptable lo que proponen algunos (con la ponzoña oculta) de acudir a elecciones.  Tiene que arrancarse desde más atrás.  Primero, tiene que cesar la usurpación —si es por renuncia de los manganzones, muy bueno; si es por la fuerza, ¿qué se hace?, cuando toca, toca… Luego debe establecerse un gobierno provisional que inicie tanto el encarrilamiento institucional como las medidas heroicas de salvación nacional, y que — en seguida de las ingratas tareas de pacificar el país y comenzar a sanear la economía— llame a elecciones generales creíbles, serias, escrupulosas, con observación internacional también verosímil, prudente, respetable.  Solo así se logrará el regreso de Venezuela a la vida civilizada, a la paz entre paisanos y al progreso económico.  Y a nuestro reingreso a la comunidad de naciones evolucionadas, sin arreboles en la cara.  Debiéndole a todo el mundo, es verdad, porque fue mucho lo que se dilapidó en estos veinte largos años, pero mientras se cumpla con los compromisos, por duros que estos sean, no hay motivo de vergüenza.

También, en razón de lo anterior, es que hay que mirar con ojo zahorí todas esas “iniciativas” que tienden a dividir a la oposición en estos momentos, a disminuir la estatura de Guaidó.  Todas ellas son el producto de agendas secretas, de afanes egoístas de poder, que no tienen cabida en la circunstancia actual.  No es ilegítimo tener aspiraciones.  Pero en otro momento de la vida nacional.  Ahora lo que toca es arar con los bueyes que tenemos.  ¡Ojo!, en el caso actual, no son bueyes —solo empleo esa palabra porque es la que viene con el refrán— sino unos verdaderos toros de Miura.  Guaidó le ha echado un camión.  A pesar de todas las trabas (y trampas) que le pone el régimen, ha recorrido buena parte de Venezuela con su mensaje, se ha dejado ver con los mandatarios de otros países y, contrariando a los bocas-de-sapo, no se quedó en el exilio sino que regresó a seguir con la prédica y las convocatorias. ¿Qué hay mejores líderes? Probablemente, no lo dudo.  Pero es quien ha aglutinado las masas, es quien no tiene rabo de paja.  ¿Qué llegó por casualidad a esa posición?  También es verdad, pero solo parcialmente.  Quienes tienen (tenían) más jerarquía en su partido están presos o en el exilio.  Pero eso no quiere decir que no haya llevado la carga de responsabilidades que han adornado a bastantes líderes de la alternativa democrática; que no haya estado presente en las luchas en la calle.  Las fotos con perdigonazos en la espalda lo demuestran.

Entonces, este primero de mayo, ¡todos a la calle!, tal y como él nos ha invitado.  Que no faltemos ni los carcamales de la cuarta edad, ni los que están en la flor de la juventud.  Y todos, de manera pacífica, sin caer en las bravatas ni incitaciones de los tarifados del régimen.  Pero sin que nos vean la oreja blanca (como decíamos antes).  Si ellos pasan a las vías de hecho, ¡que nos encuentren!

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