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Tienda argentina sorprende desde sus escaparates con el espíritu de Navidad

En una época donde los comerciantes echan mano de todo tipo de estrategias para atraer compradores, una tienda de Buenos Aires sorprende al retirar de sus escaparates lo que habitualmente vende para llenarlos de los verdaderos protagonistas de la Navidad.

Desde hace unos quince años, las vidrieras de Decor Bell’z, un comercio de artículos para la decoración del hogar, se convierten en diciembre en un foco de atracción para vecinos y transeúntes ocasionales, que se detienen a observar las decenas de belenes allí exhibidos.

«Los pesebres no están a la venta», aclara con varios carteles la tienda, ubicada en el barrio capitalino de Congreso.

Los nacimientos, de diversos estilos, materiales, tamaños y procedencia, forman parte de la colección de la dueña del comercio, Adela Oviedo Gutiérrez Báez, una paraguaya que a los 5 años dejó su país natal para radicarse con su familia en Argentina, donde se casó y tuvo cuatro hijos.

«Todos los años voy agregando más y no me desprendo de ninguno», dice a Efe Oviedo, de 68 años, con vivaz entusiasmo a la hora de hablar y mostrar orgullosa el casi centenar de belenes de su propiedad.

Comenzó a armar su colección cuando tenía cerca de 30 años, en buena parte motivada por la añoranza de aquellos nacimientos artesanales que de muy niña había visto en su Paraguay natal.

La vida le permitió viajar y así, de cada sitio visitado, comenzó a traer belenes, a veces con esos locos malabares -como viajar varias horas en avión con un pesebre sobre la falda- que solo otro coleccionista puede comprender.

A los nacimientos traídos de Italia, España, Colombia, Chile, Uruguay, Paraguay y varios puntos de Argentina pronto comenzaron a sumarse otros regalados por conocidos y no tanto.

Tras lograr una colección considerable en número, Adela decidió que, de algún modo, tenía que compartir sus tesoros y se le ocurrió que era buena idea exhibirlos en los escaparates de su negocio.

«Al principio ponía tres vidrieras con Papá Noel y otras tres con pesebres. Pero Papá Noel no es nuestro, ese gordinflón es del norte. Entonces empecé a usar todas mis vidrieras para los pesebres», cuenta Adela.

Desde que dio ese paso para compartir su amor por los belenes, lo que ha resignado en ventas navideñas lo ha ganado en entrañables anécdotas con los vecinos, los clientes y los transeúntes de ocasión.

Una día una mujer cayó a la tienda con una caja, le contó que dentro estaba el belén que su abuela había traído consigo al escapar de la guerra civil española y que quería que de allí en más el pesebre fuera armado cada año en una de las vidrieras de Adela.

Otros pesebres llegan a la tienda en «préstamo», como uno que el Papa Francisco le regaló a una vecina del comercio y esta pensó que sería buena idea compartirlo a través de los escaparates.

«Hay vecinos que están esperando el mes de diciembre para ver los pesebres», señala Adela, quien también cuenta que hay pacientes de la contigua Fundación Favaloro, un sanatorio de alta complejidad de Buenos Aires, que programan sus estudios médicos para esta época para poder ver los pesebres.

Hace unos años, un día vio que una mujer se paraba ante uno de los escaparates, se santiguaba y rezaba ante los pesebres.

Adela sintió que debía llamar a un sacerdote para que bendijera sus nacimientos para que aquella mujer, cuando regresara, rezara ante imágenes bendecidas.

«Con ojos llorando, me dijo que su hijo se estaba muriendo, esperando un trasplante que no llegaba. Finalmente su hijo falleció. Ella todos los años me llamaba y me decía lo bien que le hacían mis pesebres cuando venía a rezar», recuerda Adela sobre aquella experiencia que la emocionó.

Hasta ahora Adela ha regalado solo uno de sus pesebres, uno realizado por dos artistas alemanas que donó a la iglesia de la localidad bonaerense de Glew, donde conservan el nacimiento como un verdadero tesoro, dentro de una gruta especialmente construida para el belén.

Hace unos días, de refilón, escuchó que dos señoras, paradas frente al comercio, criticaban como una actitud «egoísta» el hecho de que los pesebres no estuvieran a la venta.

«No les dije nada, pero me sentí muy mal y pensé que tenían razón: pero no los voy a vender, los voy a regalar», pensó.

Le contó esta idea a una vecina, quien le hizo desistir de ese plan de empezar a regalar los nacimientos. Lejos de ser egoísta, le dijo, «los estás compartiendo con todos».

Entonces recuperó la satisfacción de ver el bien que de un modo tan simple se puede hacer a otros recordándoles quiénes son los verdaderos protagonistas de la Navidad.

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