Opinión Internacional

El verdadero papel del gobierno

AIPE- La magnitud de la crisis exige soluciones radicales, no paliativos ni “más de lo mismo”. El problema no es la corrupción gubernamental sino el sistema mismo. Inclusive, la corrupción es consecuencia del mal aconsejado sistema que se ha adoptado en el afán de solucionar los problemas sociales. Se le ha encargado al gobierno resolver problemas que ningún gobierno está en capacidad de resolver, debido a la propia naturaleza de los problemas y de los gobiernos mismos. Se ha dotado de autoridad discrecional a funcionarios y eso explica tanto la corrupción como el fracaso económico y social. No hay que buscar muy lejos, pues donde los funcionarios no tienen discrecionalidad para afectar los patrimonios particulares, no puede haber corrupción ya que no surge la oportunidad ni se producen los desatinos típicos de cuando lo que se maneja no es lo propio.

Tampoco hay que buscar muy lejos la causa de los problemas. Donde no hay mercado libre tampoco puede lograrse una eficiente asignación de los recursos. Mercado libre en el fondo es otra forma de decir que las personas son dueñas de sí mismas porque la palabra “mercado” significa disponer de lo que es legítimamente propio, incluyendo nuestro mismo ser y el fruto de nuestro trabajo físico o intelectual. Pero como desconfiamos de lo que no entendemos y de lo que no ha sido deliberadamente planificado, desconfiamos del mercado. Desconfiamos del juicio personal de la gente, pensando infantilmente que si la motivación de la gente es su interés individual, va a actuar sin consideración hacia los demás. Eso es absurdo porque no se puede vivir en sociedad sin el concurso de los demás.

Jamás, ningún país ha tenido éxito bajo un gobierno intervensionista y por eso a lo ancho y largo de América Latina vemos la misma pobreza, con distintos grados de miseria: más pobreza donde hay menos libertad. Infructuosos han resultado todos los programas de ayuda extranjera y los consejos de las grandes entidades internacionales. El mal aconsejado intento de aumentar impuestos e intensificar la intervención gubernamental para componer la llamada macroeconomía ha tenido los mismos resultados negativos en todas partes y desde hace mucho tiempo.

Los gobiernos enfocan sus esfuerzos en la distribución de riqueza y no en su producción. Los pocos gobiernos exitosos han sido aquellos que abordaron los problemas donde corresponde: del lado de la eficiente producción de riqueza. Si queremos aumentar la riqueza nacional, hay que producirla, porque no cae del cielo, y la asignación de los recursos tiene que ser eficiente, lo cual es imposible lograr con todas las distorsiones causadas por la intervención política. El imperfecto mercado es más eficiente porque tiene los instrumentos -el sistema de precios libres- para guiar la acción y permite usar la muy dispersa información que jamás se podría centralizar, en forma oportuna, para poder dirigir el proceso desde una oficina de planificación económica. Los únicos que lo intentan son aquellos que no saben que no se puede. La crisis crónica que sufren nuestros países no puede componerse instando a “lograr consensos y ponernos de acuerdo para jalar juntos la carreta” y demás frases bonitas que a diario utilizan los políticos.

Lo que se necesita es la voluntad para sacar al gobierno de las actividades que no le corresponden, terminando así con la corrupción burocrática y permitiéndole a la gente enriquecerse. Hay que limitar la ingerencia del gobierno a la protección de los derechos de las personas particulares y, en el aspecto social, cuidar solamente al genuino menesteroso, sin fomentar la indigencia. Como todo cambio, esto tiene un costo social, pero el mayor costo social es quedarnos pobres, camino a miserables.

Manuel F. Ayau Cordón es ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.
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