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Hugo Chávez, aquel niño que soñaba con jugar al béisbol y con ser ingeniero

Se crió con su abuela en un pequeño pueblo. Y desde 1998 está en el poder.

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Barinas, en el centro de los llanos venezolanos, fue una de las ciudades heroicas de la Guerra de la Independencia. El historiador Hiram Bingham, famoso por haber descubierto el Camino del Inca y la ciudad de Machu Picchu, escribió (después de haber seguido palmo a palmo la ruta independentista de Bolívar) que, tras las batallas, a esta ciudad «fundada antes que Caracas, le quedaron apenas 600 de los 10.000 habitantes que tenía». Esta historia y la de a su bisabuelo, Pedro Pérez Delgado, llamado popularmente «Maisanta» —un aguerrido llanero que con sus jinetes participó de las guerras independentistas— forman parte de la mitología personal de Hugo Chávez y representan un fuerte pilar en su imaginario revolucionario.

Chávez nació el 28 de julio de 1954 en Sabaneta de Barinas. Fue el segundo de seis hijos varones. Por problemas económicos, él y Adán, el mayor, no fueron criados por la madre, Elena, sino por la abuela paterna, Rosa Inés Chávez de quien el presidente suele decir, heredó su espíritu de sacrificio y de quien aprendió a ser «humilde pero orgulloso».

Como en Sabaneta no había secundario, la familia dejó el campo y se mudó a Barinas capital, cuando Chávez tenía 12 años. Allí conoció a la persona que más influiría en sus lecturas políticas, el historiador comunista José Esteban Ruiz Guevara. «Era tan flaco y patón que mis hijos Vladimir (por Lenin) y Federico (por Engels), muy amigos de él, lo apodaban Tribilín. Yo le daba libros y él se los devoraba. Siempre tuvo preocupaciones políticas (además del béisbol y siempre mostró interés por Bolívar», dijo Ruiz Guevara a lo biógrafos de Chávez, Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka.

Con Ruiz Guevara, Chávez leyó, entre muchos otros a Rousseau, Marx, Machiavello y especialmente a dos venezolanos: a Ezequiel Zamora y a Napoleón Sebastián Arteaga, un hombre de Barinas ideólogo de la Revolución Federal de 1840.

Según él mismo dijo esta semana en la rueda de prensa con los corresponsales extranjeros, le hubiera gustado ser ingeniero. Y también soñaba jugar al béisbol en las Grandes Ligas. Pero un día llegó a la secundaria, un oficial de la Escuela Militar a dar una charla. Era el año 1971 y ahí mismo Chávez decidió inscribirse en el Ejército para viajar a Caracas (nunca había salido de Barinas ni conocía el mar), con la idea de pedir luego la baja y quedarse en la capital.

En el Ejército conoció los textos de Aníbal, Napoleón, Clausewitz, Bolívar y un libro que lo marcó: «El Ejército como agente de cambio social» de Claude Heller. En 1987, con el grado de mayor, Chávez fue transferido como ayudante de un general al Palacio de Miraflores, la sede presidencial. Allí estaba cuando asumió la presidencia Carlos Andrés Pérez (1988) y cuando estalló el Caracazo (1989), una imparable reacción popular contra las medidas de ajustes decretadas por Pérez. Años después, en 1992, él mismo lideró un golpe de Estado contra aquel presidente.

La insurrección fracasó y Chávez fue apresado en el Cuartel San Carlos. Pero inesperadamente —y tras una salida por TV en la que pidió a las tropas que dejaran las armas con la famosa frase «Me rindo por ahora»— se convirtió en líder popular. «La gente empezó a hacer largas filas delante de la cárcel para conocerlo», explican sus biógrafos.

Esta fue el inicio de su carrera política. Dos años después fue liberado y recorrió el país. En las elecciones del 6 de diciembre de 1998, un pueblo venezolano harto de los partidos políticos tradicionales lo llevaron al poder con más del 56%. Desde entonces, Venezuela lo ama y lo odia. El 11 de abril de 2002, liderado por el poderoso industrial Pedro Carmona de Fedecámaras, fue destituido y encarcelado en Fuerte Tiuna, la guarnición más importante del país. Chávez se negó a firmar la renuncia.

Este golpe también fracaso: por presión popular Chávez volvió el 13 de abril con un tono más moderado y conciliador. Pero la oposición retomó la embestida con una huelga general de casi tres meses en 2003. Chávez ganó la pulseada, se radicalizó y dejó hasta hoy casi pulverizada a la oposición.

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