Actualidad Internacional

La revolución televisada

Si en Colombia Simón Bolívar es un mito, en Venezuela roza la santidad. El presidente Hugo Chávez ha contribuido a potenciar la figura del libertador hasta el punto de que rebautizó al país con el nombre de República Bolivariana de Venezuela. Los historiadores antichavistas aseguran que todos los gobernantes del país convirtieron a Bolívar en un arma para legitimarse en el poder. Pero, a diferencia de la mayoría de ellos, Chávez cuenta con un arma insuperable: la televisión y su indiscutible telegenia.

Desde Santa Marta, la ciudad colombiana donde murió hace 177 años Simón Bolívar y donde nació hace 46 veranos Carlos Vives, el cantante de ballenatos que entonaba aquello de «Morales mienta a mi mama, solamente pa ofender, para que también se ofenda, ahora le miento la de él…» desde Santa Marta, decíamos, hasta Maracaibo, que es la segunda ciudad de Venezuela en número de habitantes, capital del Estado petrolífero del Zulia y feudo de los antichavistas, hay 12 horas en autobús.

Corriendo la cortinilla de la ventana se ve a los niños jugar en aquellos ríos de aguas diáfanas que describía Gabriel García Márquez al inicio de Cien años de soledad, esos ríos con piedras blancas, pulidas y enormes como huevos prehistóricos. Va entrando uno casi sin darse cuenta en Venezuela. A un lado y al otro de la frontera hay hombres que sacan un peine de algún bolsillo y se alisan el pelo antes de llamar a alguna puerta.

Al entrar en el país, el conductor anuncia con cierta sorna: «Estamos en la República Bolivariana de Venezuela». En efecto, Hugo Chávez decidió cambiar el nombre de la nación en 2001. Con la oposición de algunos historiadores insignes, pero con la aceptación del pueblo que aprobó la Constitución que avalaba el cambio.

«Lo que hizo Chávez fue resumir toda nuestra historia en un solo personaje y en una sola etapa del país, como si los mexicanos dijeran República Juarista y los franceses República Napoleónica», comenta el director de la Academia de Historia, Elías Pino Iturrieta. «Chávez me llamó analfabeto, de lo cual estoy muy orgulloso porque también le llamó así a Mario Vargas Llosa».

Elías Pino ha escrito El divino Bolívar, un libro en donde sostiene la tesis de que tanto los dirigentes de Venezuela como el propio pueblo han divinizado a Bolívar, lo han convertido en un santón. «En 1831, en San Fernando de Apure, en vez de sacar a Cristo para que bajase una crecida de agua sacaron la efigie de Bolívar. Eso es sólo un ejemplo. Otro más: en Venezuela hay mucha gente que venera a la diosa de la naturaleza, del amor y de la paz, María Lionza. Tú no te diriges a ella, sino a su corte. Y hay una corte de guerreros cuya figura principal es Simón Bolívar», señala Pino Iturrieta.

«En Venezuela siempre discurrieron de forma paralela el culto popular y el oficial hacia el Libertador. Pero lo que ha hecho Chávez es unir los dos ritos. Bolívar era un tótem letrado y Chávez lo ha echado a la calle y lo ha convertido en un regenerador que iba contra los ricos, en un ídolo plebeyo con sangre de esclavo, un discurso totalmente infundado que él se ha echado al hombro», señala Iturrieta.

Ya sea por el fervor del pueblo o por el interés de los dirigentes para legitimarse en el poder, el caso es que la figura del Libertador se ha ido agigantando con el paso de los años. «Bolívar era bajito, delgado, de calvicie pronunciada. Bueno, pues dígale a un venezolano normal que cómo era y le dirá que era un Carlomagno», afirma Ángel Lombardi, rector de la Universidad Católica Cecilio Acosta, de Maracaibo.

En Colombia también ocurre algo parecido con las dimensiones físicas del héroe. Daniel Castro, el director de la Casa Museo Quinta de Bolívar, en Bogotá, asegura que una de las cosas que más sigue sorprendiendo a los visitantes es que el Libertador midiera sólo entre 1,57 y 1,60 metros. Pero Venezuela supera a Colombia en la veneración por el padre de la patria.

«Hasta los años cincuenta, si no llevabas traje o ibas con una bolsa no podías cruzar una plaza en Venezuela donde estuviese la estatua de Bolívar; tenías que bordearla», añade Lombardi. «Aquí no hemos logrado la madurez para burlarnos de nuestros iconos. Un católico, ¿cómo va a criticar al Papa?».

En los programas de la tele estatal, en los murales de las paredes, en los colegios, en las carreteras… el rostro de Bolívar es omnipresente en Venezuela.

«Chávez ha elevado la autoestima de los venezolanos haciéndoles reencontrarse con la historia, con el Libertador». Quien dice esto es ni más ni menos que Teodoro Petkoff, uno de los más encarnizados enemigos de Chávez, miembro de la oposición, izquierdista de toda la vida y director del diario Tal Cual. Petkoff reconoce, en efecto, que Chávez ha elevado la autoestima de los venezolanos, pero inmediatamente afirma que lo ha hecho manipulando la historia, tergiversándola, fundiendo y confundiendo su figura con la de Bolívar.

Chávez no ha sido el primero en ensalzar al Libertador. La izquierda y la derecha siempre lo buscaron y lo encontraron. En Bolívar hay textos para todos. Ya lo decía en 1946 el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco: «Bolívar es oceánico (…). El que quiera una cruz para clavar a alguien, allí tiene a Bolívar con sus ramas cruzadas; el que quiera una flor para adornar la frente de la patria, allí está Bolívar florecido, y el que quiera una sombra para esconderse y ocultar una trampa o disparar un perdigón sobre algún incauto pájaro electoral, allí está Bolívar frondoso».

Nada más morir, el Libertador fue ensalzado por los dirigentes de la época. «Pero la apoteosis del culto a Bolívar llegó con el presidente Antonio Guzmán Blanco (1829-1899)», recuerda Teodoro Petkoff. Guzmán Blanco era masón, como Bolívar, y fue quien llenó Venezuela de estatuas y plazas dedicadas al héroe y el que creó la moneda nacional moderna y le puso el nombre de bolívar.

«Desde entonces, no ha habido gobernante venezolano que no se haya amparado en Bolívar para mantenerse en el poder. Pero la modernidad le ofrece a Chávez instrumentos de los que no disfrutaron los anteriores gobernantes, como son la tele y su telegenia», añade Petkoff.

El director del diario Tal Cual, periódico de referencia del antichavismo en Venezuela, admite que la figura de Bolívar es realmente admirable: «Y para colmo tuvo todos los elementos del mito. Murió joven, enfermo, pobre no, pero con una camisa prestada… No sé cómo coño produjimos en este país un tipo así».

Si a Bolívar lo venera todo el mundo y Chávez ha potenciado como nunca el recuerdo de Bolívar, los antichavistas parecen tener un grave problema. El balón lo lleva Chávez y no deja de marcar goles. «El principal partido de la oposición me ha pedido que yo les seleccionara frases de Bolívar para refutar a Chávez», señala el director de la Academia de Historia, Elías Pino Iturrieta. «Y me he negado, por supuesto. Bolívar era un hombre de su tiempo, y lo que dijo no me sirve. El venezolano cree en los milagros de san Simón. ¿Qué discurso puedes oponerle a la Biblia?», se pregunta Pino Iturrieta.

«Entonces la oposición buscó una figura para oponerla a Bolívar y sacó en procesión a una virgen que es la Virgen de la Rosa Mística. Con lo cual, esto de Venezuela es ya de manicomio», añade el director de la Academia Nacional de la Historia.

El historiador Germán Carrera, declarado antichavista, autor del libro El culto a Bolívar, muy respetado entre los eruditos, cree que rescatar a Bolívar para combatir a Chávez sería como estudiar el espacio sideral con el telescopio de Galileo. «Yo soy un gran admirador de Bolívar, pero lo admiro en su nivel porque fue un hombre extraordinario, pero pretender que me dicte el conocimiento del mundo de hoy es una imbecilidad».

El autobús llega por fin a Maracaibo y los taxistas previenen al viajero de que el gran problema de la ciudad es la seguridad. La diferencia respecto a Colombia es que allí, si uno anda despistado en según qué zonas, te pueden secuestrar. En Maracaibo, sin embargo, lo que está en boga es el secuestro de automóviles.

«Te lo roban y te llaman y te piden tres millones de bolívares (720 euros). Si no les da el dinero, te lo pican, es decir, agarran las piezas y las venden. Y son puros carajitos, puros niños de 15 años, que lo hacen para pagarse el vicio de la droga», comenta un taxista de Maracaibo.

Inseguridad por un lado, y corrupción por otro. Ésas son dos de las grandes lacras de la Venezuela actual. «El tipo [Chávez] tiene un nivel de convencimiento arrecho», explica el citado taxista. «Dice que es malo ser rico, pero sus ministros son los que tienen las mejores fincas y el mejor ganado. Los hijos de los dirigentes chavistas son los que cierran todas las noches los mejores sitios de parranda en Caracas».

«Nadie dice que Chávez roba», indica María Inés Delgado, subdirectora de edición en el diario Panorama de Maracaibo, «pero la gente está convencida de que los que están detrás de él roban. Es cierto que también hay gente eficaz en el Gobierno, pero suelen durar poco en el cargo. Y te preguntas por qué».

El Estado del Zulia es el menos chavista de Venezuela. Allí reina como gobernador Manuel Rosales, líder de la oposición, derrotado por Chávez en las elecciones de 2006 por un irrefutable 62% frente al 36%.

El pasado junio, Maracaibo fue la sede de la Copa de América, que ganó Brasil frente a Argentina. En uno de los partidos que jugó la selección venezolana y difundió un canal estatal, se oía al público corear algo. El locutor le preguntó al periodista que estaba sobre el terreno: «¿Qué es lo que están diciendo?». Y el otro respondió: «RCTV». Se acabó la vaina. Ninguno de los dos periodistas dijo una sola palabra más al respecto. Pero el público siguió coreando: «¡Libertad, libertad…!».

RCTV son las siglas de Radio Caracas Televisión, el canal de difusión general al que Chávez decidió no renovar la concesión el pasado mayo. Una de las principales razones esgrimidas por el Gobierno para no renovarle la licencia fue la de la participación, el tratamiento informativo o desinformativo, según se mire, del golpe que sufrió Chávez el 11 de abril de 2002. Pero esa decisión sacó a miles de estudiantes a las calles con las manos en blanco pidiendo libertad.

«Si yo hubiera sido presidente de este país, el 13 de abril todos los canales de televisión hubiesen amanecido cerrados», señala Lolimar Suárez Ayala, subdirectora de información de Panorama. «Lo que hicieron los medios es faltarle al respeto a la población. Incluso los periódicos no salieron al día siguiente del golpe. El único que salió fue Panorama. Aquí ser periodista es como tener un carné para ser inmune».

A la entrada de Panorama, el diario más vendido de Maracaibo, con 93 años de historia, se lee una cita de Bolívar: «La primera de todas las fuerzas es la opinión pública». Y Chávez parece saberlo muy bien. Su dedicación a los medios es absoluta. Se pasa media vida ante las cámaras. El récord lo batió el pasado 5 de agosto en su programa Aló, presidente, con 7 horas y 43 minutos sin cortes publicitarios. Uno puede preguntarse: ¿y este hombre, cuándo gobierna? Sus partidarios afirman que gobierna en directo, sin trampa ni cartón. Sus ministros asisten a sus discursos, algunos con lápiz y papel, y toman nota de sus órdenes. A veces halaga a alguien y a veces reprende. Y todo en directo.

El abogado caraqueño Juan Martorano valora la necesidad de la tele como elemento revolucionario: «Simón Bolívar y Hugo Chávez, como estrategas militares y estadistas, comprendieron la importancia de los medios como instrumentos de divulgación de los propósitos y metas de sus revoluciones y, así como el Libertador los utilizó como arma de disuasión para neutralizar la distorsión y manipulación de las noticias por parte del Imperio español, hoy el presidente venezolano las usa contra las mentiras que propala el Imperio yanqui y sus lacayos».

El autobús que va desde Maracaibo a Caracas tarda unas diez horas en llegar. Antes de partir, un empleado de la compañía filma con una cámara de vídeo a todos los viajeros. «Por razones de seguridad». Llegados a Caracas, el enfrentamiento entre chavistas y miembros de la oposición es más enconado que en cualquier parte del país. En el centro histórico de la ciudad, donde se encuentra el museo bolivariano, con un mechón de su cabello enmarcado en un cuadro dorado o la gualdrapa de su caballo, los ánimos siempre están calientes. De hecho, hay una esquina de constante movilización social a la que se conoce como la esquina caliente. Vestir un polo rojo puede ser visto como una manera de identificarse con Chávez, que suele ir de rojo en muchas comparecencias.

Pero en medio de tanta tensión hay un rasgo que suele salvar a los venezolanos en los peores momentos, una especie de bálsamo milagroso que apenas se encuentra entre las toneladas de estudios sobre Bolívar: el humor. Y es una delicia sentirlo.

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