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Miles de rusos protestan contra el plan de Putin de renovación de la vivienda

Miles de moscovitas protestaron hoy contra el ambicioso plan de renovación de la vivienda ordenado por el presidente ruso, Vladímir Putin, y que contempla el derribo de miles de edificios de cinco plantas de la época soviética.

«Contra la renovación, contra la deportación», «No a la demolición», «Mi casa es mi fortaleza» o «Defendamos la propiedad privada», fueron algunas de las pancartas desplegadas por los manifestantes en la céntrica avenida Académico Sájarov de la capital rusa.

Algunos de los manifestantes llevaban chapas en las que declaraban su amor a las casas prefabricadas de cinco plantas o «jruschovki», ya que fueron en su mayoría construidas en tiempos del líder soviético, Nikita Jruschov, para hacer frente al «boom» demográfico de la posguerra.

Otros llevaban pancartas con la dirección exacta de sus edificios, cuya demolición dependerá de una votación que comenzará mañana en toda Moscú y que necesita el apoyo de dos tercios de los inquilinos para su derribo.

La policía cifró a los manifestantes que acudieron a la convocatoria en unos 8.000, aunque el Ayuntamiento moscovita sólo había dado permiso para 5.000, mientras periodistas calcularon 20.000 participantes, y los organizadores, hasta 30.000, pero la acción transcurrió de manera pacífica.

El único incidente reseñable fue que el líder de la oposición al Kremlin, Alexéi Navalni, intentó tomar parte en la manifestación junto a su familia, pero se lo impidió la policía.

De poco sirvió que el alcalde, Serguéi Sobianin, hiciera en el último momento toda clase de promesas para calmar los ánimos y remitiera el sábado a la Duma o Cámara de diputados una ley sobre garantías para los afectados por las demoliciones.

Sobianin prometió excluir de la lista los edificios incluidos erróneamente, como aquellos que sean patrimonio arquitectónico, y aprobar compensaciones económicas para aquellos a los que no satisfagan los nuevos apartamentos que les cederá el Estado.

No obstante, muchos moscovitas no se fían y consideran que la ley, que fue aprobada en primera lectura en abril, viola el derecho a la propiedad y temen que el Estado les engañe, como ocurriera con la fraudulenta privatización postsoviética.

Putin, quien propuso el plan en febrero pasado, ya tuvo que recular una vez, devolver la ley a la Duma y convocar votaciones en los edificios afectados para decidir sobre las demoliciones.

«Espero que todo sea corregido en línea con los deseos de la gente. No firmaré nada que viole las leyes y los derechos de los ciudadanos», dijo, consciente de que los dueños de esas casas son en su mayoría pensionistas, su electorado más fiel.

Sobianin, quien insiste en que las nuevas viviendas serán edificios modernos con plazas de aparcamiento y escuelas, y que sus nuevos inquilinos no tendrán que pagar ni un solo rublo, aseguró hoy que tendrá en cuenta las opiniones de los manifestantes.

Más de veinte millones de rusos aún viven en esas casas -un millón y medio en Moscú-, que en su momento significaron una notable mejora en relación con los barracones de madera, sótanos húmedos y «komunalki» -pisos comunitarios- en los que vivía la mayoría de ciudadanos soviéticos.

En las «jruschovki», que los rusos gustan llamar «neveras» por el frío que se pasa en ellas, los apartamentos tienen unos 50 metros cuadrados, la cocina y el baño son minúsculos, y las paredes son de cartón piedra, por lo que tiemblan al paso de los camiones y, además, carecen de ascensor.

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