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Segunda generación de hispanos: el nuevo rostro de EE.UU.

Este crecimiento se alimenta en parte de la nueva segunda generación: los hijos de quienes llegaron en una ola migratoria que comenzó en la década de los 70 desde México, Centroamérica y Sudamérica.

Estos niños y jóvenes se consideran como de segunda generación, pues nacieron en Estados Unidos pero sus padres –o uno de ellos- nacieron fuera del país.

Esta generación ahora constituye la mitad de la población hispana, en comparación con hace treinta años, cuando apenas eran un tercio y la mayoría de hispanos eran de primera generación.

Este cambio en las proporciones es significativo, porque muchas de las características sociales, económicas y demográficas de una población varían según la generación.

Y las consecuencias se podrán ver la próxima década, dice Rubén Rumbaut, un profesor de la Universidad de California en Irvine que se especializa en la segunda generación de inmigrantes en EE.UU.

«Ya podemos ver la influencia de esta generación en los sistemas de educación primaria y secundaria en estados con grandes concentraciones de inmigrantes, como California», dice Rumbaut, refiriéndose a debates como el de la educación bilingüe, que no cesa.

«Pero en los próximos diez años van a ser mucho más visibles en el mercado laboral, la cultura de consumo y el voto», agrega.

La clase del futuro

Esta segunda generación de hispanos es joven, pues la edad media es de 14 años. Uno de cada cinco niños en la escuela primaria y uno de cada cuatro recién nacidos es hispano.

Por lo tanto, una buen indicador de esta generación es su desempeño en la escuela.

Los jóvenes latinos tienen el mayor porcentaje de deserción escolar entre los grupos étnicos en Estados Unidos.

Sin embargo, este porcentaje representa sobre todo a la primera generación, en la que el 32.9% de los jóvenes abandona la escuela antes de graduarse. El porcentaje baja a 8.5% en la segunda generación, que es más alto que la población blanca, pero más bajo que la población negra.

«Desconexión»

Los jóvenes hispanos enfrentan muchas dificultades en la escuela, en parte debido a las diferencias culturales con sus padres inmigrantes.

Tony M. Brown dirige la organización Hola en Los Angeles, que les brinda apoyo académico a niños y jóvenes. El centro está ubicado en la intersección entre las calles Wilshire y Alvarado, un barrio que es el punto de partida de muchos inmigrantes mexicanos y centroamericanos.

«Muchos niños no cuentan con el apoyo de sus padres para hacer los deberes, ni se les refuerza lo que aprenden en la escuela cuando van a casa», explica Brown.

Gran parte de esta falta de apoyo tiene que ver con que los padres no hablan inglés.

«Los padres sienten que sus hijos no comprenden su propia cultura. Hay una desconexión entre las habilidades que Estados Unidos les pide a estos niños y las que los padres sienten que deben tener según su cultura», explica Brown.

Brown señala, además, que muchos padres desconocen las posibilidades de ayuda que les puede dar el gobierno.

José Acosta, quien dirige el programa para estudiantes de secundaria en Hola, dice que «en esta zona son muy comunes los padres o madres solteras que tienen dos trabajos para mantener el hogar y necesitan el dinero».

«Es difícil convencerlos de que los jóvenes tienen que ir a estudiar por cuatro años más en lugar de comenzar a trabajar de inmediato para ayudar a la familia», añade Acosta.

Formularios laberínticos

A la hora de ir a la universidad, los jovenes hispanos deben navegar solos por el complicado proceso de formularios de admisión y pruebas que necesitan para ingresar a la universidad.

Sus padres no pueden ayudarlos porque no han pasado por el mismo proceso y no saben cómo ayudarlos, como dice Jessica Hernández, una estudiante que ya está en el segundo año de universidad en Chicago.

«Yo sabía que quería ir a la universidad, pero no sabía cuáles eran los pasos necesarios. Mi madre pensaba que tenía que obtener buenas notas y ya, que la educación universitaria iba a caer del cielo. Yo no sabía qué poner en los formularios de admisión además de mi nombre y datos personales», dice.

Jessica recibió la ayuda de Hola, quien le asignó un mentor que la ayudó a escribir las cartas y a llenar los formularios.

El camino puede ser difícil, pero Christopher Cabrera, un joven en el último año de escuela, mantiene el optimismo.

«No debemos darnos por vencidos. Tenemos que probarle a la gente que no vamos a ser lo que la sociedad espera que seamos», dice Cabrera.

BBCMundo

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