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Un trasplante por una vida

La situación hospitalaria en Venezuela es grave y a diario está cobrando la vida de adultos, niños y adolescentes que no cuentan con los recursos económicos para poder pagar un servicio de salud privado.

El Hospital José Manuel de los Ríos, ubicado en Caracas, ha estado en el ojo del huracán en los últimos años por la cantidad de menores de edad que han fallecido a causa de la falta de medicamentos y profesionales en distintas áreas.

Uno de los casos más resaltantes en lo que va de 2019 es el de los pacientes del servicio de Hematología de este centro de salud.

El pasado 9 de abril, las madres de 30 de los niños allí recluidos, en conjunto con la organización Prepara Familia denunciaron que sus hijos están en riesgo de morir porque necesitan un trasplante de médula que no pueden costear.

Los infantes allí hospitalizados presentan diversas patologías como: talasemia mayor, leucemia linfoblástica aguda, aplasia medular, anemia drepanocítica severa, leucemias mieloides de alto riesgo, linfomas de Hodgkin y no Hodgkin.

Estaba previsto que estos niños viajaran a Italia por un convenio de Petróleos de Venezuela con la Asociación para el Trasplante de Médula Ósea (Atmo), que fue obtenido a través de la Fundación Simón Bolívar de Citgo pero por una deuda que ya alcanza los 11 millones de euros, el viaje se canceló.

Solo en mayo fallecieron cuatro de los niños que formaban parte de esta lista: Giovanni Figuera (6 años), Robert Redondo (7), Yeiderberth Requena (8) y Érick Altuve (11), todos porque sus complicaciones no pudieron ser atendidas y por la falta de medicamento.

Un trasplante para Cristina

Cristina, de 17 años de edad, y su papá, Mario Barro, participaron el pasado miércoles en una misa en la iglesia La Chiquinquirá, de La Florida, para orar por la salud de ella y de todos los niños y adolescentes que padecen de alguna enfermedad crónica en el país.

Salud, Trasplante
Cristina Barro, paciente de 17 años del servicio de Hematología del Hospital J.M. de los Ríos. Foto: Lisandro Casaña

La joven está incluida en la lista de 26 pacientes del J.M. de los Ríos que necesitan recibir un trasplante de médula para poder sobrevivir. «Ella fue diagnosticada a los seis meses de nacida con talasemia mayor, por lo que cada tres semanas debe recibir una transfusión», cuenta su padre.

Esta es una enfermedad que destruye de manera intensa y progresiva los glóbulos rojos. Las transfusiones de sangre evitan que quienes padecen talacemia mayor, estén débiles y que su corazón se descompense.

El tipo de sangre de Cristina es A+ y para recibir las transfusiones debe asistir al Banco Municipal de Sangre de Caracas, adonde debe llevar entre dos y tres donantes sin importar su tipo de sangre.

«Si dentro de todos los donantes del día aparece uno que es compatible con ella, entonces nos cambian la sangre pero a veces tenemos que esperar entre 3, 4 o hasta 5 días», asegura Mario.

Como estos niños ameritan recibir tantas transfusiones durante toda su vida, comienzan a requerir un tipo de sangre con una nomenclatura especial pero en Venezuela ésta ya no existe.

«Hasta octubre del año pasado funcionó un laboratorio que nos ayudaba a conseguirla pero cerró. Quedaba una fundación apoyándonos pero el 15 de diciembre cesaron sus funciones. Estos niños están siendo trasfundidos con sangre regular», asegura Barro.

La gran cantidad de transfusiones que recibe hacen que los niveles de hierro en su organismo se eleven y esto le causa fuertes dolores que deben ser controlados con un quelante (sustancia química que evita los efectos negativos del mineral en el cuerpo) llamado Exjade, pero los pacientes tampoco tienen acceso al mismo.

«Era traído al país por un reconocido laboratorio que se lo vendía al Gobierno a través del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (IVSS) y su Farmacia de Alto Costo, y luego era suministrada a nosotros. Desde septiembre del año pasado no lo reciben y los niveles de hierro siguen aumentando», asegura el padre de la joven.

Otra de las consecuencias de trasfundirse constantemente es que Cristina y la mayoría de sus compañeros del servicio de Hematología contrajeron Hepatitis C.

Además de ello, la adolescente tiene litiasis vesicular, una acumulación de cálculos en el interior de la vesícula biliar, por la que también espera cirugía «desde hace más de seis años».

«Al momento del diagnóstico, el problema era que no había quirófano ni había anestesiólogo en el J.M., hoy seguimos esperando», señala Barro. Un hecho que es común en la gran mayoría de las áreas del hospital que ya no son aptas para las cirugías.

Luego de unos meses Cristina empezó a presentar otros síntoma que no eran propios de las dos enfermedades que ya tenía. «Le hicieron una biopsia y el resultado fue que tiene lupus», detalló Mario.

La única alternativa que tiene Cristina para poder llevar una vida regular en la que logre desarrollarse como profesional y hacer todos sus sueños realidad, es el trasplante de médula ósea.

«En Venezuela había un solo hospital en Valencia que hacía este tipo de operaciones pero teníamos que llevar todo y cuando digo todo, me refiero hasta el traje que usan los médicos cuando operan que, en aquel entonces, costaba una pelota de real», cuenta el padre de la joven.

Mario y su esposa ganan ambos salario mínimo que no les alcanza para poder cubrir con todas las necesidades que tiene su hija, al menos en lo que se refiere a su salud.

«Cuando a ella la ingresaron en 2016, nosotros lo poquito que teníamos, nuestras prestaciones sociales, los aguinaldos, fideicomiso, todo se nos fue en pagar exámenes médicos, en consultas», manifestó.

Los padres de Cristina hacen un esfuerzo sobrehumano por su hija que es movido por el amor que le tienen. Viven en las afueras de la ciudad y pasan por todo un viacrucis cuando deben traerla a sus consultas en Caracas ya que tampoco poseen un vehículo particular.

La falta de medicamentos ha hecho que la debilidad de Cristina le imposibilite movilizarse de manera independiente, por lo que debe utilizar una andadera y cuando se trata de subir escalones o distancias largas, sus progenitores deben cargarla.

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