Economía

Al borde del abismo

Ya resulta un lugar común mencionar el derrumbe dramático que sufrió la
economía venezolana en 1999. quinientos mil compatriotas pasaron a engrosar
las filas del desempleo y la actividad económica disminuyó en un monto
equivalente al tamaño de toda la economía de Paraguay. A comienzos de este
año, altos funcionarios del gobierno, citando fuentes internacionales y
cálculos propios, anunciaron que ahora si veríamos el comienzo de la
recuperación económica. Sin embargo han pasado los meses y todavía nadie
percibe el menor signo de reactivación. De hecho, todavía hoy, a comienzos
del mes de Mayo, no han sido publicadas las cifras oficiales de desempeño
del Producto Interno Bruto para el primer trimestre. Todo hace pensar que
las cifras no han sido publicadas porque se espera el momento oportuno para
darle otra mala noticia al país. Los cálculos de expertos del sector privado
arrojan cifras para el primer trimestre que harían imposible cumplir la meta
de crecimiento del 3% del PIB anunciada por el gobierno.

Para complicar más las cosas, el Ministro de Finanzas ha declarado
públicamente que el Estado tiene necesidades de financiamiento por el orden
de 5 puntos del PIB, a pesar de contar con la mayor renta petrolera en una
década. Al mismo tiempo voceros del sector privado han venido clamando por
un incremento del gasto público, siguiendo con la fracasada política, tantas
veces practicada en nuestro país, de intentar conseguir la reactivación de
la economía a través del mayor gasto gubernamental. Ante este panorama
muchos nos preguntamos ¿cómo vamos a incrementar el gasto cuando el gobierno
aumenta diariamente la deuda interna y no tiene crédito en el exterior?.

¿Qué pasará cuando bajen los precios del petróleo a niveles más cercanos al
promedio de los años ’90?. Para la mayoría de los inversionistas y analistas
del país, la situación actual nos llevará en corto plazo hacia una verdadera
catástrofe económica. En unos cuantos meses veremos que la economía continua
estancada y que los esfuerzos por reactivarla a través del gasto público
solo llevarán a un aumento de la inflación y de la carga financiera para el
Estado. El presupuesto del año 2001 se comerá buena parte de los recursos
acumulados en el Fondo de Estabilización, y el desempleo y la informalidad
habrán alcanzado casi las dos terceras partes de la fuerza laboral.

Evidentemente que una situación de esta naturaleza no puede ser enfrentada
con parches y remiendos. Solo a través de un giro de ciento ochenta grados
en la política económica que se ha ejecutado en los últimos quince meses
podría el país afrontar el reto del descalabro que tendremos en puertas para
el próximo año. La crisis venezolana es una crisis de confianza, una
verdadera «huelga de inversionistas» como dijera Ricardo Haussman hace
algunos meses. Si el gobierno no logra reactivar la inversión privada en muy
corto plazo, la suerte de la economía nacional ya estará echada para este
año y el próximo, con el agravante que para el 2001 no podremos contar con
los recursos extraordinarios del alza en los precios del petróleo. Todo hace
pensar, entonces, que este año, en el mejor de los casos, la economía tendrá
crecimiento cercano a cero (no decrecerá), y que el año que viene sufriremos
un nuevo episodio de la clásica crisis de inviabilidad fiscal de un Estado
latinoamericano: Macro devaluación, inflación desbordada, fuga de capitales,
intereses de tres dígitos, etc..

Si el gobierno que resulte de las elecciones del 28 de Mayo no comienza de
inmediato un programa agresivo para recuperar la credibilidad de la
comunidad internacional en la gerencia financiera del Estado, para
privatizar empresas, para acercarse a los países ricos en lugar de a los
países arruinados, para garantizar el Estado de Derecho a inversionistas
tanto nacionales como extranjeros, para ofrecer un ambiente tributario
competitivo con las naciones más modernas del continente, para retomar la
reforma comercial abandonada en 1992, entonces no solo llegaremos al borde
del abismo sino que en muy corto plazo estaremos al fondo del mismo,
sufriendo los embates de las calamidades descritas anteriormente. El Estado
no tiene los recursos ni monetarios ni humanos para intentar un salvamento
de la economía venezolana sin la concurrencia del sector privado. Si esto no
lo entienden nuestros gobernantes no hace falta ser oráculo para hacer estas
predicciones. El sector privado nacional y extranjero no invertirá jamás, en
magnitudes significativas para afectar la macroeconomía, en una nación donde
no existe un rumbo económico definido y donde reina la incertidumbre. Solo
con hechos y garantías concretas puede el gobierno cambiar la percepción que
de él tienen los inversionistas. Los discursos y las promesas, las buenas
intenciones y la cordialidad no bastan para revertir una situación que nos
ha llevado al borde del abismo.

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