El Editorial

Entre Keiko y Ollanta

Cuando finalizó la primera vuelta electoral en Perú, el sabor general de los observadores políticos de la región fue un tanto amargo, teniendo en cuenta que una nación hermana, de una rica historia y  pueblo batallador, se ha visto compelida a decidir entre dos polos que, aunque antagónicos en apariencia, resultan de un impresentable mayúsculo en cuando a lo que representan: por un lado, la personificación de un reciente pasado autoritario y signo de derecha neoliberal en Keiko Fujimori, y por otro, la encarnación del populismo de izquierdas con traje de corderito y discurso demagógico patriotero en el candidato Ollanta Humala.

Así será de negativo y pesado el lastre de Chávez en la región, que Humala evita a toda costa referir sus ineludibles nexos con el Comandante Presidente venezolano. Hace poco declaró que de llegar al Palacio de Fajardo, no es su intención incorporar a Perú en la Alternativa Bolivariana para las Américas, ALBA; que lidera Venezuela. Cada vez que puede se sacude todo lo que suene a Chávez y socialismo del siglo XXI.

Pero por más palabrería “diplomática” y posiciones aparentemente conciliadoras y de centro, la experiencia venezolana es demasiado cercana y audible, como para que los peruanos se coman el cuento de Ollanta, identificado ideológicamente y financiado por la revolución bolivariana y reciclado en Brasil por el Foro de Sao Paulo para hacerlo “potable” a las masas electorales.

Keiko Fujimori, por su parte, se mueve en sentido contrario. Apela a su conocimiento de la lengua quechua para acercarse a los sectores marginados de la escena política, hace “mea culpa” de los errores y excesos de su padre, a quien promete dejarlo en prisión en caso de ganar la Presidencia, y hace mutis de la corrupción grosera que en cabeza de Montesinos, colaborador cercano de Alberto Fujimori, pudrió el ejercicio de la política peruana.

Mientras la diferencia entre ambos candidatos tiende a estrecharse con el pasar de los días, vemos cómo el gran porcentaje de votantes que no se identificó con ninguno de los actuales contendores comienzan a decantar sus preferencias hacia “el mal menor”.

Una cosa parece estar más que clara: con Keiko Fujimori no hay absoluta garantía de que desarrollará un buen gobierno, pero su modelo no es el ataque a la propiedad privada, ni el sectarismo y la intolerancia políticas, ni la destrucción del aparato productivo nacional, ni el cierre de espacios para la disidencia y la crítica (incluidos radios y televisoras), ni la concentración del poder en una sola persona y la eternización en el ejercicio de la Presidencia. ¿Se podrá decir lo mismo de quien sí tiene un modelo similar?

Los peruanos saben los riesgos que se corren con ambas opciones. Ojalá y tengan la sabiduría necesaria para hacer la mejor elección.

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