El Editorial

¿Hemos perdido el norte?

Hay momentos en que las sociedades organizadas parecen perder momentáneamente el norte, ya no saben dónde están y mucho menos hacia dónde van. Eso es lo que se suele llamar fin de régimen.

En la Venezuela de hoy vivimos esa etapa de enorme confusión, porque se han combinado diversos factores que siembran en las mentes de los habitantes de este país un gran caos.

El primero de esos factores, y tal vez el principal generador de desconcierto, es el proceso sistemático de destrucción que ha acometido desde hace 20 años el actual régimen, lo que ha impactado la mente colectiva de los venezolanos.

En efecto, este desgobierno ha socavado todas las bases de la institucionalidad forjada a partir de 1958, fecha en la que se presumía que la era de las dictaduras militares era una etapa histórica superada.

Con el cuento de que Venezuela era de todos, no solo se sacó de raíz lo que había construido la Constitución de 1961, sino que, gracias a la bonanza producida inicialmente por los aumentos de los precios del petróleo, caímos en un estado de borrachera colectiva, en la que se disparó a niveles colectivos una sed irrefrenable e irresponsable de consumo al que todos teníamos acceso.

Con esto perdimos el norte y comenzó, bajo la sombra del todopoderoso Estado, un afán de enriquecimiento sin límites, que no era producto del trabajo, sino del maná caído del cielo y repartido alegremente por el nuevo demiurgo.

Pero, cuando los precios del petróleo se derrumbaron, esa riqueza súbita de pronto desapareció y entonces ya Venezuela dejó de ser de todos, para convertirse en la de los que formaban parte -o se acomodaban- con los que tenían en sus manos las redes del poder.

A partir de allí surgió la más deleznable y voraz corrupción que enriqueció a niveles inimaginables a los miembros de la nomenclatura y sus adláteres, mientras que el resto del país se empobrecía aceleradamente hasta llegar al estado de postración en el que hoy se encuentra.

El segundo factor, no menos importante, es el confinamiento impuesto por una de las peores epidemias que hayan azotado, no solo a nuestro país, sino al mundo entero, que ha agravado aún más las precarias condiciones económicas de la mayoría de la población.

Es normal que en la mente de muchos haya incertidumbre y desconcierto sobre el futuro de Venezuela, y esté en el aire la pregunta de cómo volver a un estado de normalidad democrática en el que seamos de alguna manera dueños de nuestro destino.

Por eso los venezolanos andamos dando bandazos entre la perpetuación de un régimen que ha destruido, no sólo la economía, sino los valores éticos y morales de nuestra sociedad, y la lucha de muchos por reconstruir una institucionalidad que permita el funcionamiento de un régimen democrático.

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