El Editorial

Las pequeñeces de Bachelet, otra vez

Lo de Cuba no es cuestión de tomar ni defender posiciones, sino de simplemente entender lo que pasa. Dele usted la parte que quiera al embargo estadounidense que Raul Castro y Barack Obama trataron de agilizar y Donald Trump agravó. Pero debería sumar también la tradicional incapacidad del castrismo para hacer producir cualquier cosa al país cuyo gobierno tiránico se convirtió acomodaticiamente en beneficiario de los favores soviéticos, que pasó hambre cuando Rusia se liberó de esas cargas y nació una Europa del Este con criterios propios, y volvió a encontrar una fuente de beneficios en la Venezuela de un Chávez subyugado, con la diferencia de que en vez de ser seguidora de los intereses de Moscú, se hizo orientadora del embarracarse chavista venezolano.

Con el desplome venezolano a Cuba se le complican otra vez las cosas, aunque Maduro siga enviándole todo el poco petróleo que puede, se complica porque esta Venezuela ya no es la rica que Chávez conquistó.

La explosión ciudadana de Cuba es un problema político que nace de la miseria de una tiranía brutal e incapaz que ni siquiera tiene un adecuado relevo de mando, de un régimen que se acostumbró a unos pocos viviendo bien al mando de una inmensa mayoría viviendo cada vez peor y encadenada. Lo que no se entiende es que la Alta Comisionada de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas no se haya enterado. O no quiera reconocerlo. Nada parece motivarla en la cuestión cubana, tan miope del concepto “Patria y vida” como de las violaciones de derechos humanos del régimen venezolano. Debería estar enfurecida pero al menos está “un poquito preocupada”.

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2 comentarios

  1. Una de las preocupaciones durante muchos años ha sido cómo los pueblos pueden prevenir y destruir dictaduras. Esto ha sido fomentado en parte por la creencia de que los seres humanos no deben ser dominados y destruidos por esos regímenes. Esta creencia ha sido fortalecida leyendo sobre la importancia de la libertad humana, la naturaleza de las dictaduras (desde Aristóteles a analistas del totalitarismo), y la historia de las dictaduras, especialmente los sistemas nazistas.
    Las manifestaciones contra el régimen castrista que ocurrieron en varias ciudades y pueblos de Cuba los días 11 y, más diluidas, el 12 de julio, no acabarán con la Revolución cubana, pero sí constituyen un avance considerable sobre su deterioro y final destitución. Luego de 62 años de progresivo empobrecimiento, el pueblo cubano, estimulado por el caos en que se encuentra la isla.
    La crítica al proyecto cubano en los últimos años se ha concentrado en el tema de las limitaciones o de las ausencias de la democracia y, vinculado a ella, el tema de las violaciones en el campo de las libertades civiles.
    Este perfil crítico no es casual y puede ser explicado a partir de tres presupuestos, referidos a los espacios clásicos de satanización del socialismo cubano, en trance de extinción. Cuba no puede presentarse ya como la avanzada del comunismo mundial en el traspatio de Estados Unidos, ni como el peligroso exportador de Revoluciones del continente; tampoco como la pequeña potencia capaz de interceder frente a políticas norteamericanas y europeas en los destinos africanos.
    La satanización debe buscar otro rostro.

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