El Editorial

Tristeza

Podría ser también rabia, molestia; indudablemente, decepción y angustia. El espectáculo tan sorprendente como indignante de la sesión de este martes 13 de agosto en la Asamblea Nacional nos llena de estupor, de desconcierto, ¿qué clase de dirigencia tenemos? Reconocemos el derecho que tiene un diputado del partido de Gobierno a sentirse ofendido por una dura acusación del líder de la oposición. A lo que no tiene derecho es al lenguaje procaz en plena cámara y de cara a la televisión pública micrófono en mano.

Reconocemos que el presidente de la Asamblea Nacional tiene derecho a un pensamiento político propio, y a defenderlo. A lo que no tiene derecho es a dejar de lado que fue formado en la Academia Militar de Venezuela, que ha sido siempre una tradición respetable, que es el principal dirigente de un partido que respalda y representa a un Gobierno, pero también a hombres y mujeres de todos los niveles y regiones del país. Y que como presidente de la Asamblea Nacional, le guste o no, representa a todos los ciudadanos. No se le niega su pensamiento politico, pero sí se le niega que conduzca al Poder Legislativo sin el menor sentido de equilibrio y con constantes amenazas.

Aún más preocupante es concluir, dada la insistencia en tal estilo por parte del oficialismo y de algunos de sus principales dirigentes, que realmente creen que es ésa la manera de ganarse el afecto, las esperanzas y los votos de los ciudadanos de Venezuela.

Si eso es lo que creen de este pueblo, es mejor que se vayan de una vez

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