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Aquiles Nazoa, el poeta de «las cosas más sencillas»

Fue escritor, ensayista, periodista, poeta y humorista, pero sobretodo enamorado de las costumbres venezolanas y “las cosas más sencillas”. Hablamos de Aquiles Nazoa, poeta del pueblo y referencia ineludible de todo aquel que en décadas siguientes se aventurara al oficio de hacer sonreír con palabras al público venezolano.

En 2019 se cumplen 43 años de su temprana partida en un accidente de tránsito, aquel fatídico 25 de abril de 1976 … Sin embargo, su “Humor y Amor”, nutrido inventario de anécdotas y obras de teatro hermosamente puestas en palabras fragantes y cotidianas, se convirtió para siempre en legado de cada habitante de la llamada “tierra de gracia”.

Primeras letras

Considerado uno de los máximos exponentes del costumbrismo criollo, este hombre de humor y letras nació en la popular barriada El Guarataro, en el oeste de Caracas, el 17 mayo de 1920, origen del que siempre se mostró muy orgulloso. Hijo de un jardinero y una ama de casa, tuvo una infancia «pobre, pero nunca triste» –según su propio relato- y fue el sostén de sus hermanos menores: Elba, Aída, Haydee y Aníbal, tras la muerte de su padre, cuando solo el tenía solo 18 años.

En cuanto a su formación: «He estudiado muchas cosas -entre ellas un atropellado bachillerato- sin llegar a graduarme en ninguna», decía el mismo Nazoa en su autobiografía.

«He ejercido diversos oficios, algunos muy desagradables, otros muy pintorescos y curiosos, pero ninguno muy productivo, para ganarme la vida. A los doce años fui aprendiz en una carpintería; a los trece, telefonista y botones del Hotel Majestic; y luego domiciliero en una bodega de la esquina de San Juan, cuando esta esquina -que ya no existe- era el foco más importante de la prostitución en la ciudad», describía Nazoa con ese don para hacer de la palabra una imagen llena de detalles sencillos que lo llevaron a ser considerado uno de los máximos exponente de la cultura popular contemporánea de Venezuela.

Prontuario periodístico y literario

En 1935 entró al Diario El Universal como empaquetador, de ahí pasó al archivo de reproducción y luego se desempeñó como corrector de pruebas. En 1940, dio los primeros pasos en el periodismo como director del diario El Verbo Democrático, de Puerto Cabello, estado Carabobo, donde logró publicar sus primeros versos.

Años después en Caracas retomó el periodismo de la mano de Juan Beroes, en el recién fundado Últimas Noticias. Tiempo después lanzó su columna A Punta de Lanza, publicó sus primeros poemas en el diario El Nacional y participó con sus poemas «Teatro para Leer» en el semanario humorístico El Morrocoy Azul. Fueron estas las primeras ventanas que dieron luz a los versos, genialidades humorísticas y textos agudos de este caraqueño.

Tras un breve período de exilio, entre 1955 y 1958, durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, fundó junto a su hermano Aníbal la publicación humorística Una Señora en Apuros, y en 1960 dirigió la revista El Fósforo.

Ya para la fecha tenía en su haber las primeras publicaciones con alta influencia de la cotidianidad caraqueña. En 1945 lanzó El transeúnte sonreído y en 1950 El ruiseñor de Catuche. Y apenas iniciando la década de los 70´s sale su obra de máxima exaltación literaria: «Humor y Amor» . Títulos -todos- de gran arraigo popular, con una fórmula perfecta entre el humor y su prosa particular, convierten a Nazoa en un insigne comprometido con la conciencia crítica y defensor de las libertades del pueblo.

En conmemoración a este nuevo aniversario de su partida, les dejamos de cierre este poema en el que el mismo poeta se burla y se ríe de la muerte, dejando a sus lectores con una ineludible sonrisa nostálgica, que sin duda es el mejor tributo a su ingenio, humor… y también amor.

 

Amor, cuando yo muera

Amor, cuando yo muera no te vistas de viuda,
ni llores sacudiéndote como quien estornuda,
ni sufras «pataletas» que al vecindario alarmen,
ni para prevenirlas compres gotas del Carmen.

No te sientes al lado de mi cajón mortuorio
usando a tus cuñadas como reclinatorio;
y cuando alguien, amada, se acerque a darte el pésame,
no te le abras de brazos en actitud de ¡bésame!

Hazte, amada, la sorda cuando algún güelefrito
dictamine, observándome, que he quedado igualito.
Y hazte la que no oye ni comprende ni mira
cuando alguno comente que parece mentira.

Amor, cuando yo muera no te vistas de viuda:
Yo quiero ser un muerto como los de Neruda;
y por lo tanto, amada, no te enlutes ni llores:
¡Eso es para los muertos estilo Julio Florez!

No se te ocurra, amada, formar la gran «llorona»
cada vez que te anuncien que llegó una corona;
pero tampoco vayas a salir de indiscreta
a curiosear el nombre que viene la tarjeta.

No grites, amada, que te lleve conmigo
y que sin mí te quedas como en «Tomo y obligo»,
ni vayas a ponerte, con la voz desgarrada,
a divulgar detalles de mi vida privada.

Amor, cuando yo muera no hagas lo que hacen todas;
no copies sus estilos, no repitas sus modas:
Que aunque en nieblas de olvido quede mi nombre extinto,
¡sepa al menos el mundo que fui un muerto distinto!

Aquíles Nazoa

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