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El museo de la inocencia:Orhan Pamuk y la felicidad incomprensible

Los objetos sólo dejan de ser tales cuando la emoción, los sentimientos, la memoria, el intelecto, los convierten en experiencia, cotidianidad viva, recuerdo palpable, tiempo recobrado. En El libro Negro un hombre recorre y redacta su historia amorosa –aunque debería decir cuento, relato- a partir de la desaparición de su esposa, figura cotidiana que de manera alternada revela y escamotea sus encantos, dones y dotes de seducción. En Me llamo Rojo dos amantes velan y develan, cada quien por su cuenta, es decir, cada quien a su modo, los entretelones de una aventura amorosa que, fiel a la naturaleza infiel del amor, se solaza en avanzar y retroceder, fugarse y entregarse.

En ambas novelas los colores representan una gama de sensaciones, sensibilidades, estados de ánimo, deseos, ideas que deambulan por los entresijos de la trama y que se traslucen y difuminan en el cuerpo de los objetos, las cosas, los animales y las personas que pueblan el relato: sentires y pensares que se corporeizan, negros nítidos y rojos ocres, atmósferas opacas y terrosidades escarlatas.

Color y forma, espacio y volumen signan la novelística de Orhan Pamuk (Turquía, 1952), que no por nada el Premio Nobel de Literatura 2006 fue estudiante de arquitectura y es todavía hoy un apasionado de la misma. En la narrativa de Pamuk importan el trazo y el equilibrio arquitectónicos tanto como la caracterización de los personajes y la historia, al grado de que a veces sus descripciones literalmente delinean escenografías para una puesta en escena teatral o un filme.

Quizá, sobre todo, para una filmación, porque Pamuk gusta de vistas panorámicas, zooms, secuencias contrapuntísticas, planos medios y close-ups, como si se tratara de un cineasta en busca de adecuar el lenguaje de la calle, de la vida común, a su lenguaje íntimo, visual. Búsquedas de adecuación que no entrañan inocencia, porque como bien lo sabe Pamuk, el espacio arquitectónico, como el espacio artístico, no es inocente, sino que está saturado de referentes y señales que condicionan la acción y la actuación de quienes se mueven, transitan, viven y mueren en dichos espacios.

Íntimo y visual, un libro de memorias como Estambul. Ciudad y recuerdos es una rara avis porque el discurso, preciso y creativo, introspectivo y abierto, recupera la memoria del escritor y al tiempo a la ciudad y sus otras memorias: las de los escritores europeos decimonónicos que la visitaron e idealizaron, las de los cronistas estambulíes que la padecieron y gozaron en el siglo XX, las de la Historia con mayúscula, que la ha sacralizado y desacralizado a través de los siglos. Una ciudad deliberadamente viva, despojada de inocencia, revestida por lo mismo de ingenio, malicia, seducción.

A su modo, El Museo de la Inocencia (Masumiyet Müzesi. Traducción de Rafael Carpintero. Random House Mondadori. México, 2009. 641 pp.) continúa la recuperación de la milenaria capital que comenzara Pamuk en Estambul. Ciudad y recuerdos. Como en el libro de memorias, en esta novela las calles, los edificios, las estancias, se transforman en presencias vivas y activas que afectan para bien y para mal el curso de la trama y los actos y pensamientos de los protagonistas. Sin embargo, a diferencia del libro testimonial, donde memoria y ciudad se entrelazaban, en El Museo de la Inocencia las emociones e impresiones de la ciudad se distancian de las emociones e impresiones de los personajes, como si hubiera un sesgo que las deslindara.

Estambul, ciudad mítica, es sin embargo un espacio finito, exterior, en el que los personajes se dispersan, se mezclan, se exilian y se agrupan de manera constante. En cambio, los personajes, seres efímeros, encuentran en sus sentimientos y pensamientos representan un espacio infinito, interior, en el que se refugian y se extravían de los otros, e incluso de sí mismos. La ciudad es su escenario, no su vivencia, de ahí que “Las calles de Estambul. Puentes, cuestas, plazas” hablan en realidad de los altibajos del deseo sexual y de los celos, y que “Los cines de Beyoglu” metaforizan los íntimos silencios de la soledad y la nostalgia. La ciudad milenaria, infinita para la macro historia, es finita, delimitable en tiempo y espacio para la micro historia de quienes la habitan

Como ocurre en las mejores novelas de Pamuk, en El Museo de la Inocencia el lector se confronta y es confrontado por un juego de espejos en los que se enseñorea la multiplicación –forma encubierta de la desaparición- de significantes y significados. Si en Nieve la “epidemia” de suicidios entre las jóvenes adolescentes de una ciudad se desata a partir de la prohibición de portar la burka, “epidemia” detrás de la que se esconde un último y desesperado ensayo femenino por tomar las riendas de su vida en una sociedad de basamento misógino, en El Museo de la Inocencia los encuentros y desencuentros amorosos remiten a novelas y películas rosas, a tradiciones familiares y ritos de sacrificio, detrás de los que se esconde un mundo inconcreto de frustraciones silentes y deseos inconfesados que proliferan en el alma y la conciencia de los personajes del melodrama. Películas, tradiciones y ritos como mascaradas del deseo que se escamotea y que únicamente se presenta de cuerpo entero, a nos y a los otros, en la dudosa inocencia de los museos.

No es casual que la portada de Luz de la Mora para la edición en español de Mondadori sea una fotografía familiar con el Bósforo y Estambul al fondo, fotografía a la que se le ha sobrepuesto el costado derecho de un exagerado descapotable Chevrolet color rosa. Los elementos, personas, río y ciudad, a la vez unidos y divorciados, entremezclados y aislados. Distancias impalpables entre el deseo y la vida diaria, entre el mundo interior, agitado por los demonios de anhelos no manifiestos, y el mundo exterior, inmovilizado por los ángeles de la moralidad y la normalidad.

El enlace entre deseo y vida diaria es el kitsch, desproporcionado e invasor, que aun así funciona, no tan paradójicamente, como elemento de equilibrio: cuando los apetitos sentimentales y emocionales son cohibidos y no pueden enunciarse en su justa dimensión, deben recurrir al despropósito, la exageración, para exteriorizarse.

El mundo color rosa de la moral y la norma, y el mundo difuso y nunca del todo conocido de la ciudad, sus barrios, parques, avenidas y callejuelas entrelazándose y desenlazándose en una acción imperceptible pero bulliciosa y constante. Dos mundos, el de la ciudad y el de sus pobladores, en pugna por encontrar caminos alternos, vías de escape, formas de expresión privadas, que podrían o no ser, a la vez, colectivas.

Antes había apuntado que El Museo de la Inocencia continúa en cierta forma a Estambul. Ciudad y recuerdos, sin embargo, hace falta precisar que, mientras en el libro de memorias la ciudad abre sus espacios íntimos y sus secretos para que conozcamos su hüzüm, es decir, su amargura, en la novela la ciudad abre las antesalas y cocinas y recámaras de los personajes para que los veamos debatirse en su amargura, su hüzüm particular, que como toda amargura es mezcla de arrebato y cansancio, de exaltación y decaimiento. El amor verdadero no es aquel fuego perenne que quiere el enamoramiento, sino la brasa en calma, que arde sólo cuando nos refugiamos en nuestro museo de la inocencia, en nuestra propia ciudad interior. Tal es la salvación del amor para Kemal y Füsum, los amantes no gratos de El Museo de la Inocencia; tal es la salvación de Orhan Pamuk, en su vivido y vívido refugio literario.

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