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¡Eso no lo acepto!

(%=Image(3235644,»L»)%) Yo me sentí herida por tus palabras. ¡A mí no me vuelvas a hablar así de Venezuela!»

Voy a hablarte como le hablaría a una de mis hijas. Empiezo por decirte que porque te quiero no puedo quedarme callada ante lo que te escuché decir el otro día: que el nuestro es «un ‘piazo’ de país»…

No puedo aceptar que digas eso. No puedo aceptar que pienses eso. Menos aún puedo aceptar que sientas eso¿ Que no te gusten quienes nos gobiernan, ¡eso no tienes que explicármelo! Pero la situación que hoy vivimos, enfrentamos y sufrimos, es coyuntural, ¡cómo vas a creer que es permanente! Lo más importante es que ni siquiera toca la esencia del ser de nuestra patria.

«Este ‘piazo’ de país», como tú lo llamas de manera tan desenfadada e irresponsable, le abrió las puertas a tus antepasados, que como los míos y los de muchos otros, llegaron aquí en busca de lo que la vida les negaba en otras partes y lo encontraron como no lo hubieran encontrado en ningún otro lugar. En «este ‘piazo’ de país», pudieron trabajar, pudieron soñar, pudieron amar. «Este ‘piazo’ de país» les dio el regalo de sentirse seres humanos, ni inferiores ni superiores a nadie. ¿Y sabes por qué?… Porque en «este ‘piazo’ de país», gracias al mestizaje, somos parejeros, simpáticos, solidarios. ¿Por qué crees que les gusta tanto a los extranjeros que vienen, a pesar del desgobierno, la inseguridad y la frágil situación de la economía?…

Este «piazo de país» acogió a un número importante de judíos que no recibieron en otras partes del mundo por miedo a Hitler. Nosotros preferimos asumir las consecuencias ¡Pregúntale a cualquier extranjero! Que te cuenten cómo los recibió este «piazo de país». Que te digan lo que sienten por este «piazo de país».

Vamos a suponer, por un segundo, que este fuera, como dices, «un ‘piazo’ de país»: si eso fuera verdad, tú tendrías el deber de hacer algo para que dejara de serlo. Tú que tanto has recibido, tienes la responsabilidad de dar en retribución lo mejor de ti.

Piensa en los momentos más felices de tu vida y verás que las alegrías y las cosas bellas, el amor y la generosidad tienen tierra y esa tierra tiene nombre: se llama Venezuela. Piensa en lo que dices, cómo lo dices y a quién se lo dices. Yo me sentí herida por tus palabras. ¡A mí no me vuelvas a hablar así de Venezuela! Yo te quiero, pero como también quiero a Venezuela, ¡eso no te lo acepto!

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