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La maldad de las leyendas:Zamora y Chavez de Enrique Viloria

(%=Image(8934391,»L»)%) Si algún personaje ha dado vueltas en nuestra cabeza y nuestro corazón, ese es Ezequiel Zamora. Si algún personaje nos perturba el corazón y a veces la cabeza, ese es Hugo Chávez. Uno es leyenda. El otro aspira a serlo. Uno tiene su luz propia. El otro se la quiere robar para tener también la suya, por ahora un tanto fosca. Ambos reunidos por la misma tierra venezolana y en las vueltas y revueltas de su historia, nunca lineal, siempre sorprendente.

Desde esa perspectiva, Enrique Viloria Vera prosigue con su escritura infatigable para fijar los grandes rasgos del neocaudillo, usando como espejos a los caudillos más o menos prerrepublicanos y antedemocráticos (también, seguramente, antidemocráticos). Antes lo hizo con Cipriano Castro y ahora le toca el turno al belicoso de la Guerra Larga. En los dos casos, el acierto fundamental es el de precisar sus similares orígenes rurales, no sólo en términos de territorio sino en el más crucial de los sentidos, el de la cultura. Es decir, son personajes premodernos que suponen que el porvenir se esconde en alguna de las rendijas del pasado. Incapaces ellos mismos de dar ningún tipo de paso hacia delante, se empeñan en darlos hacia atrás y convertirnos en la manada que los siga solícita y sumisa. Tal es, en el fondo, la concordancia principal que implícitamente emerge de estas páginas que acabamos de leer.

Años atrás visité la ciudad de San Carlos (Cojedes) y me llevaron al sitio exacto, eso me dijeron, donde cayó abaleado Zamora. Se trataba de una esquina cualquiera en la cruceta de cuatro calles sin mayores merecimientos, solas a esa hora meridiana y chirriando en un solazo capaz de hacer temblar la piel de los quelonios. Lo juro, nada, nada permitía descubrir que en ese lugar, un poco más de un siglo atrás, rindió su vida un personaje de aconteceres contradictorios y de leyenda mucho más cerca del mito que de la verdad. Así, me dije, mueren estos hombres para convertirse en leyendas, sin rastro ni huellas, sin una sola pizca de su sangre manchando este asfalto para dar testimonio de sus hechos ante mis ojos.

Mucho de que hablar ha dado y mucho escrito se ha desplegado acerca de este general que comenzó siendo bodeguero. Y esa suerte de alter ego zamorano en que quiere convertirse Chávez, de igual manera da mucho que hablar y bastante ya se ha escrito sobre él, y supongo que mucho más está por hablarse y escribirse. Entre uno y otro, deducimos de los intersticios de este trabajo de Viloria Vera, el cordón umbilical que Chávez ha construido para unirse a Zamora y trocarlo en su placenta, es una terrible paradoja, un contrasentido casi horrendo: el del pasado engulléndose al presente (y no a la inversa como resulta de la racionalidad más o menos propia de la historia) y, de ese modo, fagocitando e impidiendo el porvenir posible. Es decir, Chávez también es culpable de que (parafraseando a Liv Ullman) el porvenir ya no es lo que era, es decir, ese que nos esperaría más adelante gracias a nuestros esfuerzos, sino el que nos aguarda a nuestras espaldas a causa de la gesta de uno que le tiene horror a todo aquello que no sea capaz de controlar.

Así, pues, en esta versión vernácula que emprende Enrique Viloria Vera, de nuestras particulares Vidas Paralelas, Zamora gustaba de los polvorientos caminos y de los resecos campos de batalla, de la federación como urdimbre nacional; en tanto que Chávez trasiega por los set televisivos con una voracidad demencial, su campo de batalla es la verborrea incansable, y su federación consiste en “todo el poder concentrado en su oficina” como acaba de afirmar Jimmy Carter.

Como en todas las personalidades paralelas, hay concordancias y discordancias, pero en este caso la discordancia es mayor pues como lo deja claramente establecido Viloria Vera, pues su estudio apunta a que el paralelismo no es natural, y mucho menos espontáneo, es el intento forzado, ripioso, de un personaje que se ha propuesto entrar como si fuese el novio al que sus padrinos, forzados a serlo por él mismo, llevan al altar de las luces votivas, las antorchas memoriosas y los matrimonios imposibles y sin redención.

Este nuevo libro de Enrique Viloria Vera, sirve sin duda como una vía para seguir difundiendo los hechos históricos, los personajes que los llevaron y llevan a cabo, de tal modo que se corrija (casi siempre es necesario) y refuerce nuestra memoria como una fuente que sea algo más que erudición, que se convierta en genética de nuestro comportamiento y de nuestra conciencia. Y este cometido se logra, lo ha comprobado el lector que llegó hasta aquí, con prosa clara, abundante bibliografía, contrastaciones como método y armazón de dos historias permite un seguimiento de todo el material tanto en paralelo como en oleajes sucesivos, continuados.

A un libro de este talante, y a su autor, se le agradece que nos ayude a decapitar la corona de leyendas y mitos que tan nocivas se muestran a la hora de entender un país, de razonar sus aspiraciones, de impedir que sus pasos se ofusquen “detrás de un hombre a caballo” como escribió Andrés Eloy Blanco en un verso que no por citado hasta la saciedad deja de ser un acierto absoluto.

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