Entretenimiento

Las tripas del alacrán

Gelita tendría veintidós o veintitrés años y por razones laborales tuvo que irse de “tierra firme” a trabajar como enfermera auxiliar al Caño de Araguaito, cerca de la Boca de Sacoroco, adentro de la intrincada selva orinoquense.

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Cuando el señor Cotúa, motorista y pagador de los servicios cooperativos de salud pública, la fue a dejar en el Ambulatorio Rural, ella nunca imaginó que el palafito que serviría de aposento y medicatura a la vez, era prácticamente un nido de corales venenosas y de unas arañitas terriblemente mortales conocidas con el nombre de 24 por tener justamente veinticuatro patas. Todos los alrededores del Caño Sacoroco eran criaderos de alacranes. Eran las cuatro de la tarde de un 24 de octubre cuando el motorista encendió de nuevo los motores Evinrude de aquella curiara que trabajaba para los servicios cooperativos de salud pública del Estado Fluvial. Cuando llegamos a Araguaito advertimos que no había alumbrado público; las siete u ocho casitas-palafitos que conformaban el caserío se alumbraban con mechurrios a gasoil. Las lamparitas eran encendidas todos los días a las seis de la tarde y dependiendo de la cantidad de gasoil que se le colocara al envase, los mismos duraban encendidos hasta las cuatro o cinco de la madrugada; justo cuando el Gran Vapor transatlántico pasaba rugiendo frente a la Medicatura cargado de materias primas (hierro, aluminio, bauxita) con destino a “la tierra prometida” del american way of life.

La Medicatura era lo que se llama monte y culebra, sin metáforas porque en derredor crecía democráticamente el Orinoco cada año por los meses de junio y julio y comenzaba a bajar el río; a “retirarse” decía el viejito Eusebio, una biblioteca viva que almacenaba tesoros invaluables en su portentosa e infalible memoria de prodigios inauditos. Eusebio era un anciano que dominaba con asombrosa maestría insuperable el arte de remar en curiaras celosísimas los caprichosos meandros infinitos que formaban los improvisados laberintos de agua que se multiplicaban a su antojo como por arte de magia de la noche a la mañana. Eusebio recorría velozmente miles de kilómetros diarios en su consentida curiara y de regreso de sus faenas diarias pasaba obsequiando a los pocos vecinos del caserío vituallas y verduras diversas que él mismo cultivaba en su lar. Con igual fruición Eusebio se aplicaba al cultivo de plantas medicinales y yerbas curativas y por ello las pocas familias de Araguao y Sacoroco le tributaban un respeto singular y una admiración rayana en la reverencia. Gelita era la enfermera recién llegada de la capital del Estado Fluvial pero el viejito Eusebio tenía no sé cuántas lunas curando y ensalmando a los que enfermaban en el caserío. Eusebio era el curandero, el etnosiquiatra y el fitoterapeuta de esos inmensos y desolados predios fluviales.

Una tarde lluviosa sorprendió a Gelita limpiando y ordenando los estantes donde se colocaban los medicamentos que se le prescribían a los pacientes que eran atendidos en la Medicatura Rural, cuando de dentro de una caja desvencijada de medicinas apareció un alacrán y le hincó su venenoso aguijón a Gelita en el brazo izquierdo. Afortunadamente el viejito Eusebio recién acababa de llegar del conuco y se encontraba amarrando el guaral de la curiara a uno de los pilotines de madera que sostenía la Medicatura y cuando anudaba una guayitrinca del pilotín escuchó un fuerte grito proveniente del interior de la Medicatura. Cuando Eusebio subió la escalera que comunicaba hasta el pasillo principal de la Medicatura vio a Gelita desmayada y a su lado yacía una pequeña luna de vómito que Gelita había expelido por efecto del veneno del ponzoñoso animal. Eusebio atisbó al animal y alcanzó a darle un fuerte golpe con el palo macizo de un escobillón que estaba en un rincón del pasillo. De inmediato el viejito Eusebio abrió el animal con una navajita de acero inoxidable que llevaba en el bolsillo del pantalón como un inseparable adminículo, y lo destripó; colocó las tripas en una ollita pequeña que Gelita tenía para hacer café y le humedeció los labios a Gelita con la infusión espesa que había resultado del hervido de las tripas del animal. Eusebio le rezó un ensalme a Gelita y no cesaba de untarle saliva de tabaco a Gelita en la parte del brazo que tenía la marca del aguijón. Los efectos del tabaco masticado, las pelladas de la planta milenaria untadas en la zona de la punzada y los sorbos de “tripas del alacrán” no tardaron en hacerse notar y Gelita comenzó a reanimarse lentamente, como a “volver en sí”. El área rojiza de la picadura aún permanecía anestesiada por el veneno pero la conciencia de Gelita comenzaba a emerger a la superficie del discernimiento. Gelita, entre aturdida y semidespierta acertó a preguntar únicamente: ¿qué pasó?

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