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Tan loco como van Gogh

(%=Image(4444181,»L»)%) Como su ídolo van Gogh, Artaud optó por la máxima autenticidad, un rechazo de lo generalizado y petrificado en otros. Ambos optaron por el ostracismo y la incomprensión sufrida por el innovador creativo, debido a que la importancia está en el proceso del arte, no en las recompensas materiales y sociales. Sin embargo, debido a que consideramos el arte un proceso de comunicación, aunque sólo con un alma parecida, al final de su vida Artaud dejó de ser un artista. Van Gogh no vendió ni una obra (quizás una) durante su vida, pero nunca dejó de buscar el diálogo -a través de su arte- con alguien que lo entendiera. Por lo contrario, Artaud invitaba a todo el que era alguien en la vida cultural de París para que viniera al teatro, y les aúllaba con chirridos sangrientos. Con este evento no comunicativo, se etiquetó a sí mismo como un lamentable loco que alguna vez fue alguien.

Artaud se mostró a sí mismo como un fenomenólogo existencialista al tratar de copar con la esencia de su ser y alcanzar el centro de su “yo puro” por reducción fenomenológica. Como su alter ego van Gogh, se veía a sí mismo como el Cristo sufriente, detestado por los demiurgos “otros”, los Wierdergeists, los hipócritas de doble careta. Dijo Artaud:

“Pero hay alguien que siempre me ha amado por lo bueno que hay en mí. No sólo en mi cuerpo sino también en mi alma. Este alguien es llamado Dios y Jesucristo. Todos los curas siempre han tenido una gran ternura por mi devoción y mi piedad. Yo no sabía esto pero despertó en mí que todas las masas del mundo han sido representadas por mi piedad.”

Bueno, cuando van Gogh se retrató a sí mismo en una de sus pinturas como San Lázaro y como el salvador, nadie vio sus pinturas. Pero cuando Artaud afirmó que las masas eran mantenidas en las iglesias de todo el mundo por su piedad, fue muy conocido, o notoriamente conocido, en París, y una declaración como esa le garantizó la etiqueta de demencia.

Artaud deploró la existencia solitaria del hombre. Escribió en una carta de 1928: “Mi soledad no tiene nombre ni sentido y pasa por el horror de pensar que siempre he estado solo y que mi vida nunca ha sido completa y siempre he sido un extraño para mí mismo.”

El hombre es un Tántalo que no puede ser salvado de su castigo: está destinado a nunca lograr lo que ansía. Más aún, mientras el zorro tiene su guarida y el ave su nido, el hombre no tiene lugar para reposar de su miseria. Como van Gogh, Artaud jamás deja de buscar -anhelar- un diálogo. Siempre estaba en sintonía con el otro, cualquier otro, que pudiera abrir una ventana hacia su alma. Nunca apuntó hacia una compenetración superficial con el exterior de otro; sólo un diálogo profundo con su ser interior le daba satisfacción.

La mayor parte del tiempo Artaud se frustraba y retraía expectantemente hacia su rincón solitario, o se sumergía en un estupor catatónico. Entendía que el teatro es un medio para estructurar “mitogenes” que le dan significado a las vidas tanto del intérprete como del espectador; al igual que las pinturas de van Gogh conectan mitogénicamente al artista y su audiencia en tiempo y espacio, revelando alguna importante penetración, a ambos. Artaud era un retractista, que cortejaba la aniquilación dentro de la historia. Poseía un interés de toda la vida en Unio Mystica; estudió las doctrinas de Ruysbroeck, San Juan de la Cruz y Jacob Boehme. Podemos adivinar que fue cuando no pudo contener más los horizontes cada vez más amplios de su ser que van Gogh se suicidó.

Pero para Artaud, el suicidio no era una alternativa para buscar la unión con la todopoderosa vida en circunstancias enteramente desconocidas, la aventura final de cara a lo insondable. Creía, y lo escribió a su amigo Riviére, que para capturar el significado del ser, uno debe aniquilar la propia cognición, las percepciones y la energía nerviosa.

Artaud era sin duda excéntrico, desviado, bizarro, y lo que comúnmente se llama “loco”, pero deseamos determinar qué efecto tuvo todo esto en él y a qué penetraciones y dominios creativos lo llevaron. Admisiblemente, estar loco le reveló el significado de la palabra. De ahí que la demencia para él delineara los límites de la comprensión, pero para los “estigmatizantes otros” tal aspiración hacia las fronteras normativas de la comprensión constituían la locura, ya que las agencias del control social toman el comportamiento desviado y antisocial como un indicativo principal de la demencia. Los escritos de Artaud son tan explosivos como las pinturas de van Gogh. Aún así, la obra de van Gogh estaba estructurada y era muy comunicativa, mientras que Artaud optó por la anarquía intelectual, que en el análisis final no puede ser comunicativa, y por lo tanto no llega a ser arte.

Artaud se identificaba con van Gogh y sentía una afinidad íntima con él. Escribía esencialmente para sí mismo, ya que su experiencia con la demencia era muy similar a la de van Gogh, y ambos consideraban a la psiquiatría y el asilo mental como herramientas de control social, y no de terapia. En su ensayo Van Gogh: le suicidé de la societé, Artaud proyectó sus propias experiencias y anhelos -así como sus mitogenes- sobre van Gogh y su arte, de forma que los mitogenes fueran de Artaud, aunque relacionados con van Gogh y su común Weltauschauungen. Como van Gogh, Artaud se veía a sí mismo como un mártir de su arte, que no era apreciado por las no refinadas instituciones artísticas.

Artaud llamó a van Gogh organista de una tormenta cerrada, metáfora poética apta y forzada, pero que describe a Artaud mismo y su contenida no comunicación más que al expresivo torrente de la obra de van Gogh. Artaud también estaba convencido de que su sufrimiento estaba sublimado hacia el arte, como medio de trascendencia. En su estilo surrealista poético, Artaud señalaba las pinturas de van Gogh como “viejos pecados, que aún no han sido absueltos.” Su absolución sería aparentemente afectada por su éxtasis de la historia, por su Auténtico Dominiosincrónico en la trascendencia. Artaud proyectaba sobre van Gogh sus propias experiencias de estigma, ostracismo, y el agotamiento de su excelencia durante los años de su encarcelación en instituciones mentales. Es como si las autoridades le hubieran dicho, como pudieron haberle dicho a van Gogh, lo siguiente: «Aquello que le dijeron un día: y ahora, basta contigo van Gogh, a la tumba, hemos tenido suficiente de tu genio, y en cuanto a la eternidad, para nosotros es eternidad.”

Trae a la mente a los ostracizadores en el Ágora de Atenas, cuando estaban en el proceso de votar por la expulsión de Arístides, que deambulaba entre ellos de incógnito en el mercado de la polis, harto de escuchar todo el tiempo cuán listo, bueno, correcto y talentoso era Arístides. Por lo tanto, tanto van Gogh como Artaud “preferían” volverse locos en vez de abandonar su concepción superior de la dignidad humana. No querían conformarse con las reglas del asilo para ser declarados “curados” y liberados. Prefirieron quedarse dentro de la institución en vez de fingir aceptación de las rutinas draconianas, petrificadas y humillantes del hospital mental. El peligro ofrecido por “locos” como van Gogh y Artaud a la mediocridad y a las “instituciones totales” fue su más grande lucidez, su habilidad para ver más allá, para sentir más profundamente que el común.

Artaud, sin embargo, utilizó la explosiva metáfora de que el arte de van Gogh era como una bomba atómica artística, incontenible para las elites del poder; consecuentemente, la manera de defenderse a sí mismos era declarar a van Gogh loco. Esta es la afirmación anti-siquiátrica que utiliza el estigma de la demencia como medio de control social. Como van Gogh, los asuntos amorosos de Artaud fueron total y absolutamente imposibles. También consideraba el arte como una meta en sí misma y no un medio hacia cualquier fin.

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