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Al final gana Santos Luzardo

Alfredo Maldonado 

Quienes hayan leído Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, deben recordar –si leyeron bien, más allá de sólo disfrutar de una muy buena narrativa- que el espíritu temático es el enfrentamiento entre la barbarie, encabezada y sostenida por Doña Bárbara, sus enamorados y sus sometidos, y la civilización del universitario Santos Luzardo.

Al final,  Doña Bárbara abandona derrotada y se la traga el llano, y Santos Luzardo el bien educado –y no por ello menos empeñoso y valiente- universitario citadino que permanece y se establece es el triunfador. Este sábado pasado 23 de febrero con su larga sucesión de eventos terribles, bárbaros, como incendiar cargamentos de medicinas y alimentos y agredir brutalmente a los ciudadanos, y grandiosos como la defensa que ciudadanos de todos los sectores socioeconómicos hicieron de los cargamentos humanitarios, el rescate por hombres y mujeres a riesgo físico de cajas de las gandolas incendiadas por salvajes enviados por un régimen que sacrificó la dignidad que hasta este 23 de febrero pudiese quedarle, el enfrentamiento de hombres y mujeres desarmados con colectivos, policías y militares armados y dispuestos a la más dura violencia, fue el llano estremecido por tan terrible combate.

En esta Venezuela devastada por la torpeza del castromadurismo, el mismo comunismo caribeño que ha convertido a Cuba en un país piltrafa y lo ha mantenido así desde 1959, la barbarie la han ejercido los chavistas –o maduristas, o castristas, o comunistas, o socialistas, llámelos usted como quiera- que han demostrado permanentemente que el rojo en Venezuela ya no es el simbólico de la bandera tricolor –“la sangre de nuestros libertadores”, nos enseñaban años ha en Educación Cívica- sino el pendón de la torpeza, la represión, la corrupción y la manera más estúpida de gobernar.

La civilización la encabeza el ingeniero Juan Guaidó, quien no sólo ha venido conquistando el fervor ciudadano a base de sencillez, seriedad y astucia frente a la brutalidad de las armas y la complicidad uniformada, sino que ese día se reunió con presidentes y actuó como Presidente de una democracia moderna y auténtica. Esa civilización se enfrentó a pecho descubierto y manos desnudas este sábado 23 de febrero a los instintos asesinos de los perros rabiosos del régimen, uniformados o no. No logró pasar los cargamentos de medicinas, alimentos e insumos humanitarios a los predios dominados por Doña Bárbara, pero tampoco se echó atrás. La civilización no le cede terreno a la barbarie, no importa cuánto cueste. Los ciudadanos desarmados le dieron lecciones de coraje y voluntad a militares, policías y bandas armadas oficialistas. Si captaron o no el mensaje y la ruta del destino con la civilización dispuesta a no dejarse echar por tierra, es problema de ellos.

Se los tragará el tremedal.

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