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Argentina: la historia de una elección clave

La fórmula Fernández-Fernández se impuso en las primarias por un amplio margen y quedó a un paso de volver al poder. El recorrido de un resultado que impacta en toda la región.

Salvo que obre un milagro, el próximo 27 de octubre Alberto Fernández será electo como nuevo presidente de la Argentina. Las elecciones primarias lo dejaron en la puerta de un triunfo en primera vuelta, lo que generó reacciones de todo tipo. El país transita días de vaivenes económicos y políticos muy intensos que aumentan la incertidumbre de cara a los meses venideros.

Ahora, ante el estupor y la sorpresa que causó la diferencia de 15 puntos entre las principales fuerzas, cabe preguntarse: ¿por qué ganó la fórmula de Alberto Fernández y Cristina Kirchner? ¿Por qué motivo la ciudadanía se inclinó tan masivamente por este proyecto? ¿Pesó más la economía que la corrupción? Las preguntas no son sencillas de responder, pues el voto nunca se basa a una sola razón, pero sí hay algunas que quedaron expuestas luego del mazazo electoral que sufrió el oficialismo.

Sin dudas, hubo un clima de opinión sobre el espacio liderado por Mauricio Macri que ni las mejores encuestadoras supieron ver. Consignas implementadas por el oficialismo como pasado versus futuro y república versus autoritarismo marcaron la polarizada campaña, pero quedó claro que no fueron suficientes para convencer a un electorado descontento tras tres años y medio de gestión y una crisis económica profunda.

El Gobierno apostó durante toda su campaña a mostrar el autodenominado cambio: mejoras en materia de institucionalidad, más obra pública con nuevas autovías, rutas, aeropuertos, una recuperación energética y el impulso al sector agrícola, único de la economía argentina que produce dólares genuinos. La gran mayoría de estos cambios fueron de la puerta de la casa de los argentinos hacia afuera. Dentro de cada una de estas hubo un deterioro económico que fue largo e impactó en el bolsillo.

El esfuerzo que desde el oficialismo se le pidió a la ciudadanía fue alto y los resultados esperados no llegaron. Debido a esto, la distancia entre los dirigentes y los vecinos se fue haciendo cada vez más profunda y hubo poca empatía con su situación, lo que terminó de romper el círculo de confianza construido. Hasta ese entonces, había un vínculo activo con la ciudadanía a través de actividades territoriales y los distintos espacios que integran la coalición tenían su silla en la mesa de las decisiones. El triunfo oficialista de 2017 rompió con todo eso y mostró que un partido político puede funcionar mejor cuando tiene la necesidad de dialogar y consensuar con los diferentes actores que cuando no tiene esa necesidad. Las decisiones se centralizaron en la figura del jefe de Gabinete, Marcos Peña, y se marginó a dirigentes valiosos que habían sido claves para sacar más de cien leyes con minoría parlamentaria en el Congreso durante los primeros dos años de gestión.

Del otro lado de la grieta política leyeron este quiebre y, luego del 2018, cuando todos los indicadores económicos empeoraron, la oposición entendió que se podía ganar en 2019. Solo tenía dos problemas por resolver: Cristina Kirchner y la división dentro del espacio peronista. La dirigente con mejor imagen de la oposición, al mismo tiempo, cargaba con la peor negativa del país, y esto imposibilitaba su retorno a la Casa Rosada. En una misma jugada, la expresidenta, que había tomado pésimas decisiones políticas en la campaña de 2015, solucionó los dos problemas: se corrió de la fórmula y de la campaña y, al hacer eso, unificó al peronismo.

Esa decisión acercó a más de diez gobernadores que, hasta ese entonces, no veían con buenos ojos regresar al kirchnerismo. También hizo lo propio con Sergio Massa, ex jefe de gabinete de Cristina Kirchner en 2008, quien llevaba diez años sin hablar con la expresidenta. «Todos unidos triunfaremos» es un histórico cántico del partido más influyente de la Argentina que volvió a resonar. En esa reunificación apenas quedó fuera el economista Roberto Lavagna, quien finalmente cosechó un magro 8% de votos.

El Gobierno quiso contrarrestar la jugada de Cristina incorporando al senador peronista Miguel Ángel Pichetto, quien aportó tranquilidad en los mercados y aseguró una futura gobernabilidad, pero no impactó en los problemas cotidianos de la ciudadanía.

Con este escenario, el denominado Frente de Todos encabezado por Alberto Fernández y Cristina Kirchner apostó por una campaña de mayor cercanía y enfocada principalmente en la economía. Explotó de la mejor forma su base de apoyo en los barrios más vulnerables del país y —con su giro discursivo al centro— logró atraer al electorado medio que el gobierno de Cambiemos desilusionó.

De confirmarse estos resultados en octubre, la Argentina girará nuevamente a un gobierno de perfil populista y se generará un gran impacto en toda la región. Quedará por verse si el kirchnerismo regresará a una versión más radicalizada y parecida a lo que fue, o si apostará por un gobierno más conciliador, como el discurso que pronunció Alberto Fernández una vez conocidos los resultados.

Lo que sí está claro es que la política económica cambiará. Habrá un giro hacia el proteccionismo y la apertura al mundo con nuevos socios que impulsó Mauricio Macri será revisada. Se tratará, ni más ni menos, de un nuevo comienzo en el país de las eternas frustraciones. Llegará otro proyecto político que, tal como manda la historia argentina, probablemente borre todo lo hecho por el gobierno saliente e intente convencer a todos de que llegó la salvación.

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