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Banalización del asombro

Ante tal número de situaciones perversas que en momentos recientes han acontecido en Venezuela, hasta el asombro dejó de causar la sorpresa que se esperaba de cada acontecimiento cursado. El asombro en el venezolano, dejó de ser un estado de exaltación emocional, resultado de un evento inadvertido o imprevisto. Ya poco o nada, es capaz de provocar sorpresa alguna toda vez que pareciera saber de antemano todo. Es como si todo estuviese previsto o presentido. Particularmente, es lo que ocurre en el ámbito político.

Los embates que generan los desórdenes, inconvenientes o problemas que tienen lugar a consecuencia del ejercicio de la política revuelta en su esencia y corrupta en su ocupación, ya no suscita las expectaciones que en otros tiempos ocasionaban. Al extremo, que originaban inmensas complicaciones que, a su vez, tramaban conflictos capitales. Que, incluso, enturbiaban al país entero.

Actualmente, toda circunstancia relevante se convirtió en algo de poca importancia. Su mediocridad hizo de cualquier coyuntura resonante, algo común y corriente. Sus impresiones cayeron en una vulgarización incapaz de revertir el efecto del acontecimiento objetado.

Por eso se habla de “banalización” para señalar la decadencia de una realidad. Y en lo que respecta a esta disertación, busca contextualizar lo que en la política ha sucedido. Y continúa ocurriendo. Pero que no sólo toca la política nacional. Igualmente, la internacional. 

Hablar de la banalización del asombro, es aludir al problema que ha significado la desmoralización del ejercicio de la política. Cabe acá explicar, cómo un sistema de poder político logra hacer que un suceso de impresionantes proporciones y deliberado comportamiento, sea otro. Otro de incidencia irrelevante, superflua, fútil o trivial. O sea, lo reduce a tal tamaño, que deja de ser advertido como en principio llegó a serlo. Y así sucede, toda vez que se atasca en procedimientos burocráticos que, en todo momento, persiguen minimizar su magnitud de manera que luego se muestre casi imperceptible.

Es así  como funciona un sistema político atrapado entre las fauces de la corrupción. Y que basa sus acciones en el engaño, las falsedades, el resentimiento y el odio. Condiciones éstas  que vulneran virtudes y escamotean valores. Pero que se prestan para jugar la partida que ordena el ejercicio de la política. Cabe reconocer tristemente, que según el Índice de Percepción de la Corrupción 2021, IPC, Venezuela se ubica entre los tres países más corruptos del mundo. Además, registra la peor disposición para combatir el flagelo.

Es el problema que padece Venezuela. Y que ha provocado un superlativo grado de indolencia, apatía e indiferencia. Así se explica cómo dicha situación ha incitado la anomia que hoy tiene al país soportando un obeso estado de desorganización social totalmente insuficiente para contener cualquier resistencia que, en algo, pueda impedir o reducir las fatales consecuencias que derivan de la banalización del asombro en cada venezolano.

Hasta allá llegó Venezuela. El crudo nivel de barbaridades que consiente el régimen opresor a fin de obtener el apoyo de un minúsculo sector de la población totalmente desacreditada por causa de violaciones y fechorías cometidas, explica todo lo que acontece. Peor aún, ante los ojos complacientes del repelido régimen. Y que en medio de tan retrógrado ejemplo, al venezolano común no le ha sido difícil verse insumido por actitudes favorecidas por todo lo que es caer atrapado por la banalización del asombro.

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