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Batalla cultural y política

Buena parte de la sociedad occidental está impregnada por un materialismo asfixiante, un hedonismo promiscuo y un egoísmo despiadado. Se trata de una sociedad caracterizada por el consumismo. Una cultura que identifica a la persona con lo que está en capacidad de procurarse para conseguir placer. Se está formando una humanidad “novólatra y cuantofrénica” que, como el hombre necio de Antonio Machado, confunde valor y precio. Una sociedad vulgarmente conformista, que está pendiente de la última imbecilidad, que sale de la boca de algún “influencer” o “tiktoker”. Giovanni Sartori nos dice que el “homo sapiens” se está transformando aceleradamente en el “homo videns”, que lee poco y mal, ve muchas imágenes, pero maneja escasos conceptos. Una verdadera “videocracia” que se enriquece por la infinita (Einstein dixit) estupidez humana.

Las guerras civiles junto con el desastre socioeconómico, el caos y la anarquía en buena parte del Medio Oriente y el Norte de África han fomentado una ola inmigratoria en Europa de magnitud y “ritmo” sin precedentes. También en América, la ola emigratoria hacia EEUU se ha incrementado considerablemente, en particular por el fracaso socioeconómico y la represión en Venezuela, Cuba y Nicaragua. La reacción frente a la inmigración, especialmente entre los sectores perdedores en el proceso de globalización y este materialismo “videocrata” han creado un caldo de cultivo para una reacción conservadora y está a la base del surgimiento de líderes como Putin, Trump, los hermanos Kaczynski en Polonia y Orban en Hungría, entre otros, que se aprovechan, oportunista e hipócritamente, de esta reacción y proyectan un mensaje nacionalista que defiende los valores de la familia tradicional y la religión frente al globalismo, que fomenta en cambio una “corrección política”, llevada a veces a excesos francamente ridículos, como identificar a la mujer como “ser menstruante” y utilizar el término “ser procreador”, para evitar la palabra madre. También los excesos grotescos de las fiestas del “orgullo gay”, con niños disfrazados de condones y el feminismo más extremista de las llamadas “feminazis”, han fomentado esta reacción.

Afortunadamente, en este conservadurismo, hay muchas diferencias. Giorgia Meloni se ha caracterizado por una conducta sensata y moderada, su defensa de los valores tradicionales y el patriotismo, se combinan con una clara oposición a la autocracia y a la invasión rusa a Ucrania. Mantiene una sólida posición a favor de la Unión Europea y la alianza atlántica. Su conservadurismo se parece bastante al de un demócrata cristiano a la De Gasperi y Andreotti, de los años ‘50 y ’60. A diferencia de Orban, los hermanos Kaczynski son clara y contundentemente anti Putin. Gert Wilders en Holanda es anti inmigración (particularmente la islámica) pero bastante liberal en materia de orientaciones sexuales. El nuevo conservadurismo nórdico también es atlanticista y anti Putin.

Las democracias deben saber y poder incorporar a sus mensajes y programas varios de estos temas, que preocupan vastos sectores de la población mundial. La inmigración ilegal debe ser regulada y controlada. Un sano patriotismo debe tener su espacio y no abandonado como bandera en manos del nacionalismo extremista.

@sadiocaracas

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