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Bienaventurados los limpios de corazón…

La sexta bienaventuranza nos expresa una cualidad intrínseca de Dios, una meta por la cual los que aman a Dios se esfuerzan cada día. La limpieza o pureza de nuestro corazón es un proceso que se lleva a cabo mediante una vida de comunión con Dios. Una vida que incluye la oración, el estudio profundo de las Sagradas escrituras y el ejercicio de las virtudes cristianas en nuestro caminar diario.

El corazón es, anatómica y fisiológicamente hablando, el órgano central de nuestro cuerpo. Mientras nuestro corazón late la vida fluye en forma de sangre por nuestro cuerpo. Cuando el corazón se detiene esta vida, la sangre, deja de llegar a todos los órganos del cuerpo y se detienen sus funciones. De la misma manera, en la vida espiritual el corazón es el centro de la vida de comunión con Dios y por ende, de relación con nuestro prójimo.

Según la Biblia el corazón es el lugar en el cual sentimos y guardamos nuestros sentimientos. Es allí donde se gestan las grandes batallas del ser humano. Por una parte, en el corazón sentimos lo que nos entristece y también lo que nos motiva hacia la alegría. Génesis dice: “Y al Señor le pesó haber hecho al hombre en la tierra, y sintió tristeza en Su corazón. Génesis 6:6. Además, en el corazón se concibe la maldad, como lo expresa hablando sobre el ser humano, el versículo anterior: “El Señor vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que toda intención de los pensamientos de su corazón era sólo hacer siempre el mal.” Génesis 6:5.

Por esa razón, cuando el Señor llama a su pueblo le insta a amarlo a Él con todo el corazón: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” Deuteronomio 6:5. Y otra vez les dice: “Por tanto, cuídate y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, y no se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; sino que las hagas saber a tus hijos y a tus nietos”. Deuteronomio 4:9.

Así pues, nuestro corazón es el lugar de almacenamiento de nuestra alma. Allí guardamos los buenos y malos recuerdos y los sentimientos. La mente genera miles de pensamientos y el corazón los selecciona y los convierte en semillas para el bien o para el mal; para la gracia o para la maldición; para la fe o para la duda. Es desde el corazón donde decidimos cuál es nuestro tesoro, lo que allí guardamos y más aún lo que allí atesoramos. Cuando buscamos dentro de nosotros y reconocemos que lo que hemos tenido como tesoros son aquellos que la polilla y el orín corrompen. Tesoros corruptibles que no trascienden este mundo. Entonces, solo entonces comprendemos: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”.Mateo 6:19-21.

Cuando el Maestro nos habla de un corazón limpio, en primer lugar nos habla de un corazón que se ha encontrado cara a cara con Dios, un corazón que ha sido doblegado con el quebrantamiento que procede al arrepentimiento; ese corazón que se contrista cuando se da cuenta de su altivez y su soberbia: “Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido”. Está sentencia la declaró Jesús al explicar la parábola del Fariseo y el publicano, dos hombres como cualquier otro. Uno, el fariseo, que se acerca a Dios recitándole su currículum, hablándole de sí mismo y enalteciéndose como superior a los otros; mientras que el otro, el publicano, se acerca a Dios reconociendo su condición de pecador.  

La palabra limpio proviene del latín limpidus que se originó en lymphatic que significa agua clara y cristalina. También proviene del griego Katharós cuyo significado es aún más profundo ya que significa puro. En el Antiguo testamento lo “puro” representa lo que permite la comunión con Dios; es decir la pureza es el puente entre el ser humano y Dios, mientras que lo impuro es aquello que impide la comunión con Dios. La limpieza es un proceso que nos conduce a la pureza o santidad. Cuando limpiamos la casa es muy importante llenarla con la verdad de Dios, con su Palabra; es necesario consagrarla al uso divino. 

Ya advertía Jesús acerca del regreso del espíritu maligno, que no era suficiente la limpieza sino también la consagración de nuestra casa, de nuestro corazón a Dios, llenándola de Él, de su conocimiento y de su amor para que permanezca limpia: “Cuando un espíritu maligno sale de una persona, pasa por lugares secos. Busca dónde quedarse a descansar, pero no encuentra nada. Entonces el espíritu dice: _Voy a volver a la casa de donde salí. Al llegar se da cuenta de que está desocupada, limpia y ordenada. Entonces va y trae a otros siete espíritus peores que él y se van a vivir allí. Al final, esa persona queda peor de lo que estaba antes. Lo mismo le pasará a esta perversa generación”. Mateo 12:43-45.

Tener un corazón limpio es un proceso que requiere constancia en la disciplina espiritual de conquistar nuestro corazón para Dios. Es el proceso de conocernos, de saber nuestras debilidades y traerlas delante de Dios, para que su poder se perfeccione en nuestra debilidad. Es profundizar en la Palabra de Dios: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti”. Salmo 119:11. Es esperar en Él en lo que anhelamos y pedimos; esperar en su juicio sobre la Tierra, esperar que en nuestra vida se haga Su voluntad, porque como dice el profeta Malaquías, esperar en Él es como fuego purificador y como jabón de lavadores. Malaquías 3:2-5. 

De la misma manera nos recuerda el apóstol Juan, el discípulo amado: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro”. I Juan 3:2-3. El instruirnos en la Palabra de Dios nos capacita, nos libera de un corazón oscuro y nos transforma. Porque la Palabra de Dios nos enseña a discernir nuestros pensamientos y nos revela las intenciones de nuestro corazón: Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. Hebreos 4:12.

La promesa de esta bienaventuranza es un regalo incalculable, lo más maravilloso que puede pasarnos en la vida: ¡ver a Dios! Ver a Dios cada día de nuestra vida, en lo que hacemos, en las personas que vemos, en el trabajo que hacemos, en las situaciones que vivimos, en las pruebas que atravesamos; en la tristeza que nos embarga, en la alegría que nos mueve. Ver a Dios en todo lo que nos rodea nos eleva a la dimensión espiritual de vivir en el espíritu, por medio de la guía preciosa y sabia del Espíritu Santo. Hasta que algún día lo veamos cara a cara cuando despertemos a su semejanza.

“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”.

Salmo 139:23-24.


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