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Cómo acabar un país (fugazmente)

Antonio José Monagas

La vida en cualquiera de sus manifestaciones, recomienda manejarse con alguna metodología que bien conduzca la realización de los procesos que habrán de determinar el término a cabalidad de lo emprendido. Así es en todo. Las ciencias exactas, tanto como las ciencias blandas, igual lo instan. Sobre todo, al momento de demostrar una hipótesis en cualquier contexto donde la misma tenga cabida.

Las ciencias políticas, no escapan de tales consideraciones. Particularmente, las ciencias de gobierno. Sobre todo, cuando se trata de pautar decisiones capaces de prodigarle sentido, dimensión y dirección a todo trazado de políticas. O  que mejor se conoce como “políticas públicas”. Sólo que a la hora de acudir a la metodología necesaria, se sobreponen intereses o conveniencias que solapan cualquier actuación dirigida a ordenar las realidades en cuestión.

Estos intereses o conveniencias, repetidamente, obedecen a coyunturas que imponen su fuerza en aras de torcer o definir ejecutorias que riñen con la normalidad o el mejor desenvolvimiento de la situación. Es cuando, las realidades comienzan a lucir “descocidos” que, en el ejercicio de la política, terminan condicionándolas a razones maltrechas.

Quizás, el caso que más claramente retrata lo anteriormente explicado, es Venezuela. Tristemente hay que reconocerlo. Pero no significa que su reconocimiento, exima al venezolano a aceptar que la gravedad que reviste la realidad venezolana es producto de la incompetencia o del desgano de los gobernantes que han usurpado el poder en los últimos años.

El proyecto ideológico de gobierno por el cual se guió la gestión gubernamental iniciada en enero de 1999, debía sumar un contenido cuyos descriptores estarían apostándole a arribar al país que actualmente es Venezuela. Desde entonces, indudablemente, muchos de sus aspectos fueron recargándose de pérfidas intenciones que, a su vez, en el curso de los años y con las experiencias recogidas por la manida “revolución bolivariana”, devinieron en causales y proposiciones que batieron record de perversidad. La ignominia y la crueldad fueron elementos que adornaban la realización de cada tarea con la excusa de que su realidad colmaría de éxitos el avance socialista venezolano.

Y así, tal cual, fue. Es lo que puede fácilmente inferirse de cualquier diagnóstico hecho con el fin de sopesar y comparar fines con medios. Tanto, como medios con fines. Dos respuestas que evidencian la alevosía con la fue impregnado los objetivos del vociferado Plan de la Patria. Y cuyos resultados, dan cuenta de que el método utilizado para destruir a Venezuela, estuvo bien elaborado, documentado y probado.

Hoy, Venezuela, es apenas un recuerdo. Sin recursos, pues los robaron. A pesar del esfuerzo legislativo de la Asamblea Nacional por anular todo procedimiento tendente a usufructuar divisas que no corresponden al manejo del actual régimen usurpador. Así que, si algo ha concretado lo esperado, ha sido la metodología empleada para desangrar al país en nombre de cuanto apresurado invento, cual populista acto de magia barata, estos socialistas del siglo XXI han sacado de la manga. Es la demostración más fidedigna de cómo acabar un país (fugazmente)

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