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¿Cómo suena Venezuela?

¿Cómo se expresa una emoción? La respuesta la han dado durante siglos los artistas. De hecho, la respuesta de los artistas es mucho más eficaz que la de los psicólogos, filósofos o neurólogos. Lo que comunican los artistas viene de la profundidad de la emoción, mientras que los llamados “expertos” tratan de racionalizarlo con explicaciones, modelos y teorías.

El neurobiólogo Antonio Damasio afirma que la actividad cultural (en su sentido más amplio, desde la creación artística hasta los códigos de leyes y las formas de gobierno) empezó y continúa profundamente enraizada en los sentimientos. “La interacción favorable y desfavorable entre sentimiento y razón debe ser reconocida si queremos entender los conflictos y contradicciones de la condición humana”, escribe Damasio.

Los venezolanos hemos vivido en los últimos veinte años una montaña rusa emocional que seguramente ha tenido un impacto en nuestras mentes, nuestros cuerpos y nuestra sociedad. Y no es para menos. La constante agresión de la propaganda chavista, los insultos, la degradación de la palabra, las grotescas celebraciones en vivo y directo mientras las fuerzas represivas mataban a la gente, la apertura del sarcófago con los restos de Simón Bolívar urbi et orbi, las otras profanaciones de tumbas, los millones de migrantes, los presos políticos, el crimen desatado, los torturados. Pero también las esperanzas de un cambio, las grandes movilizaciones, las protestas, la breve caída de Chávez, los múltiples referanda y elecciones, el gobierno interino de Guaidó, solo por nombrar algunos de los picos en este valle de lágrimas.

La pianista Gabriela Montero, con su virtuosismo de siempre, sintetizó muchas de las emociones que sentimos los venezolanos en su interpretación del Gloria al Bravo Pueblo que llamó Himno Moribundo. Transformó nuestra canción de cuna patria en una marcha fúnebre (algo parecido hizo Gustav Mahler con la melodía infantil Frère Jacques en el tercer movimiento de su Sinfonía no. 1). En ExPatria, compuesta en 2011, Montero expresa también el dolor de los venezolanos ante tanto despropósito y destrucción. 

Virtud musical

La música tiene una gran virtud. Sin la figuración de las imágenes, sin las palabras de la poesía (cuando se trata de música instrumental), tiene un poder de evocación de recuerdos, sensaciones y emociones. Los venezolanos asociamos generalmente la música con el gozo y la alegría. Pensemos en las gaitas del Zulia, la salsa, los tambores, el joropo, los valses, nuestro pop, rock, ska o la Onda Nueva. Todo muy “chévere”, “fino”, “cool”, “sabroso”, “rítmico”.

Me decía mi amigo Néstor Garrido, melómano educado, que la apreciación de la música del  terruño cambia con la experiencia de la emigración. Por eso los portugueses escuchan con saudade (esa alegría triste) las canciones de su tierra, incluyendo los desgarradores fados. Y por eso los judíos sefardíes escuchamos con extraña nostalgia los romances de la España medieval que cantaban nuestras abuelas, descendientes de los expulsados de la “Madre Patria” en 1492.  

Y ahora nos ha tocado a los venezolanos sentir la morriña (como dicen los gallegos) que significa estar lejos de casa y de los seres queridos. La emigración masiva ha contribuido a una escucha distinta de nuestra música con esa mezcla de emociones tan propia de los que añoran otros tiempos y otro país, el que dejaron atrás y que nunca volverá, al menos no volverá al ser el mismo.

¿Cómo podría expresar la música la trágica situación del país? Gabriela Montero ya lo hizo con maestría. Yo propongo un ejercicio similar basado en dos melodías que muchos hemos escuchado en distintas interpretaciones (una de las canciones la cantaba de maravilla Jesús Sevillano). He llamado al ejercicio Two Venezuelan Broken Melodies (Dos melodías venezolanas rotas).

El título está en inglés con la idea de llegar a otras audiencias más allá del mundo hispanohablante. En estas versiones poco ortodoxas de un vals y una tonada oriental quiero evocar sentimientos y expresar un punto de vista, o para ser más precisos, una perspectiva sonora sobre nuestra situación como venezolanos, dentro y fuera del país. Claro que toda apreciación está abierta a interpretación. Las emociones que estas melodías interpretadas de forma heterodoxa pudieran suscitar pueden ser muy diferentes (incluyendo el rechazo). Abrir los oídos es tan necesario como abrir los ojos.

@narrativaoral

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