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Controversia: Malestar y Crisis de la Política

Las postrimerías del siglo XX coinciden con la globalización de la economía, reestructuración de los modos de producción a gran escala, auge del capitalismo y, en paralelo, el desarrollo con éxito de procesos de transición y democratización de regímenes autoritarios a democráticos. Sin embargo, la democracia y la política no lucen a escala mundial plenas, si bien es cierto en Europa encontramos cimentada a la democracia y a la política democrática, no ocurre lo mismo en América Latina donde la política y la democracia siguen estando sumergidas en vaivenes y procesos ondulatorios definidos por avances y retrocesos. Ni hablar de Venezuela un régimen sui generis, incatalogable a veces, un laboratorio con abundantes fenómenos regresivos. (Véase El Desconcierto de la Política. Los Desafíos de la Política Democrática 2022 156 páginas en Amazon).

Si bien es cierto, la democracia se constituye como un anhelo, meta y valor en nuestras sociedades latinoamericanas, no es menos cierto que su éxito y consolidación en estos tiempos de coronavirus tendrá mucho que ver con la esencia de la política, sus agendas y actores en función de los ciudadanos. Mientras la política y sus actores no cumplan el papel de mediar, representar, canalizar expectativas y demandas en función y beneficio de los ciudadanos, la política y la democracia estarán en situaciones de crisis produciendo no soluciones sino problemas, y especialmente, malestares en el seno de las sociedades con profundos déficit y desigualdades pendientes por resolver.

Victoria Camps, con agudeza y acierto y tal vez adelantándose a lo que hoy vivimos, expresó que “a la política le corresponde tomar decisiones y ofrecer cauces que den cuerpo a la igualdad política, estimular la participación y movilizar al ciudadano. Para ello ha de empezar por identificar los signos más visibles de la debilidad democrática. En especial, de esa debilidad que acentúa la distancia y desprestigio de la política y que amenaza con convertirla en un formalismo sin sustancia ni credibilidad”.

La insatisfacción con la política en América Latina tiene mucho que ver con el funcionamiento de nuestras democracias y con el precario desempeño de sus instituciones, creemos que está relacionada con la percepción de los ciudadanos de que aún quedan muchas cosas por hacer. Por ello hemos insistido que la democracia sigue estando en deuda con los ciudadanos. Y en ese sentido, los ciudadanos esperan y desean que la política, al igual que la democracia, integre unos valores y contenidos mínimos que nunca deben estar ausentes y por supuesto deben concretarse.

Lo cierto del caso es que “el malestar de la política” es un fenómeno e indicador en incremento que deber ser traducido e interpretado por la ciencia política. De entrada, expresa desconcierto, cuestionamiento y hasta desarraigo con una política, con una forma, con unos actores, pero que tienen en común todas estas manifestaciones una reacción negativa hacia la política como tal por diversas razones. Se perciben sentimientos y juicios de que la política no es lo que fue, que la política es sinónimo de traición, que su capacidad como proyecto colectivo y de servicio al ciudadano ha sido sustraída y se ha venido, por tanto, a menos.

Tanto es así que unos cuantos autores han destacado que la crisis de la política ha traído consigo el debilitamiento de los sentidos compartidos y de los lazos de los ciudadanos para con la política, provocando una sensación y estado de vacío, de rechazo y hasta nihilismo. Tal vez encontremos que la presencia del nihilismo del cual nos hablan algunos autores, no es más que la expresión del desarraigo frente a la política y de la pérdida del sentido y valoración de la comunidad como sumatoria de las iniciativas y lazos ciudadanos.

El malestar de la política se presenta como una situación que va de la mano y es consecuencia al mismo tiempo de la perdida de sentidos, horizontes, certidumbre y, fundamentalmente, de una despolitización y exclusión que por momentos divorcia cada vez al ciudadano de la política como instancia que se torna incapaz de incidir favorablemente en la producción de órdenes y niveles de vida más dignos y consustanciados con una verdadera condición humana y ciudadana.

Ahora bien, precisando más, asumiríamos que la crisis de la política estaría básicamente focalizada a una situación altamente compleja, en la que intervienen una gama de factores y condicionantes, que denuncian perturbación, desequilibrios, discordancia, ausencia de propuestas y salidas, junto a estados de angustia, traición, ineptitud y desanimo. La crisis de la política y de representación se produce porque la política profesional ha dejado de cubrir todos los temas políticos y tiende a desatender y dejar en la orfandad al ciudadano común, quien termina disociado y más aun canalizando sus expectativas por otros actores y lógicas.

En un sentido estricto, hay quienes argumentan que –cabría hablar que la verdadera crisis se da cuando, para una colectividad, se ha cometido lo irreparable, cuando ha tocado fondo–. De todos modos, no necesitamos tocar fondo para darnos cuenta del sentimiento de inseguridad e incertidumbre que albergan los ciudadanos ante la política, la economía globalizada, la individualización sociológica y los padecimientos modernos (inflación, desempleo, stress, intolerancia, nuevas desigualdades, pandemias como el Covid-19, etc.).

(*) Profesor de la Universidad de Los Andes E-mail: [email protected]

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